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Lo que esta a la vista, no necesita un candil

LO QUE ESTA A LA VISTA, NO NECESITA UN CANDIL.

Hoy os traigo un cuento de Nati, mi cuñada, un gran relato que creo que os gustara a todos.

Podéis animaros los que estéis interesados en que publiquemos aquí sus relatos, cuentos y demás escritos que tengáis. Así que animo a todos y ¡A empezar a escribir!

LO QUE ESTA A LA VISTA, NO NECESITA UN CANDIL.

La culpa fue de aquel maldito pajarraco, si aquel bicho no hubiese chocado contra su parabrisas, él, no se habría visto obligado a dar un fuerte volantazo y salirse de la carretera chocando de bruces contra aquel enorme platanero del final del arcén.


Sabido es, que el árbol no cedió ni un solo milímetro, que para eso los árboles son muy suyos, y estaba allí plantado antes que el coche llegase.


El hombre, junto con el auto, se llevó la peor parte. Claro está, que en aquel caso el coche daba igual, no dejaba de ser un objeto reemplazable, lo que era complicado era su estado de salud; ni tan siquiera los nuevos sistemas de seguridad del vehículo habían podido amortiguar el tremendo impacto que sufrió. Se rompió muchos huesos, pero la peor parte se la llevo la cara. Trasladado inmediatamente al hospital más cercano, fue operado con muchísima urgencia y allí en el quirófano frío, sobre una bandeja, quedaron expuestos como dos canicas abandonadas por un niño lo que hasta hace poco fueron unos ojos funcionales y llenos de vida. ¡Con lo que aquellos ojos habían visto! Y ahora irían a parar a una incineradora como un despojo más.


Pasados bastantes días del tremendo accidente, el hombre, ya se encontraba en una de las plantas del hospital. Su mujer, angustiada, le acariciaba la mano y le ofrecía palabras de consuelo a un hombre que no podía hacerse a la idea de perder un bien tan preciado como es de la vista. El desánimo pesaba sobre el infortunado hombre y ni tan siquiera el cariño de su mujer y de su hijo le hacía salir de aquel estado depresivo.


Una mañana, se presentó un hombre en la habitación del accidentado. El hombre, era de mediana edad y pelo gris, con una bata blanca. Les explicó al matrimonio: «Que él, no era médico, sino investigador de una prestigiosa universidad, y que habían conseguido construir un prototipo de amplificador de sensibilidad, que implantado en una zona muy localizada del cerebro le darían al hombre tal amplitud de percepción, que en un breve espacio de tiempo la vista perdida quedaría suplida por los demás sentidos, dándole la oportunidad de llevar una vida prácticamente normal. También tenía para él, un par de ojos fabricados de un nuevo material, que imitaban en tamaño y color a los perdidos, tan perfeccionados y logrados estaban, que quien desconociera tal percance no lograría diferenciar unos de otros. Esos ojos artificiales irían dotados de unas cámaras, que conectadas a otra zona diferente del cerebro mandarían unas imágenes carentes de nitidez y resolución, pero que le otorgarían una idea de volumen y profundidad en todas las dimensiones. Les explicó los riesgos propios de una operación tan delicada, que posiblemente una vez implantado el artilugio, se tuviese que volver a regular, ya que serían tantas las sensaciones nuevas, que el encéfalo, difícilmente podría procesar tanta información. El científico les siguió aclarando que todo era un ensayo, que había que probar muchos amplificadores para cotejar con datos que el nuevo invento pudiese salir al mercado con garantías, y ofrecer una nueva vida a los que como él habían perdido la vista. Le proponía formar parte de ese experimento, que por supuesto no habría ningún coste por parte del paciente, a lo único que se debía comprometer, era a pasar periódicamente informes sobre su progreso o retroceso».


Una vez se marchó el investigador, el hombre se mostró muy esperanzado y le comentó a su mujer su deseo de someterse a la operación. La mujer, algo incrédula, trató de disuadirlo y de hacerle comprender los peligros que conllevaba una intervención tan delicada. Pero el hombre, había tomado su decisión y nada ni nadie le harían cambiar de opinión.


Pasaron cuatro meses, y el hombre se encontraba en su casa, de la ruptura de huesos se había recuperado, pero aún estaba convaleciente de la imponente ejecución de neurocirugía y el implante de sus ojos biónicos. Estaba encamado, mareado y perturbado ante tantas sensaciones nuevas que nunca creyó pudiesen existir. Se dormía tras largas jornadas de insomnio, ya que cualquier ruido por pequeño que fuese lo ponía en alerta, escuchaba conversaciones susurradas a media voz mantenidas en la distancia por gente que no conocía, el ruido de coches y transeúntes de las calles, el ligero vuelo de los insectos y el taconeo pesado de la vecina que vivía a cinco alturas por encima de él, casi lo vuelven loco. También, notaba como nuevo, el sentido del tacto, como si le hubiesen enfundado una segunda piel, sus epidermis parecía dotada de nuevos sensores que le hacían sentir placer y dolor por igual, pero quizás lo peor de todo fuese el olfato, tenía la sensación de husmearlo todo, incluso lo que no se puede oler, como es el miedo, el rencor, la vanidad, la bondad… se encontraba tan perdido que empezaba a dudar del implante, aunque a decir verdad, todos elogiaban sus nuevos ojos, tan idénticos a los de antes y que habían llenado aquellas cuencas vacías.


Pasados otros dos meses, el hombre empezó a normalizar en su cerebro todas aquellas sensaciones y las hace suyas. Ya se defiende en su hogar, se atreve a dar paseos por calles y parques sin necesitar ningún bastón que lo guie. Las cámaras en sus ojos le ayudan a evitar obstáculos que encuentre en su camino. Su estómago endurecido ante los estímulos nasales resiste el asco de oler la comida en proceso de digestión en los estómagos de otros, los ruidos se aminoran y ahora regula la frecuencia con que llegan a su oído.


Un día, se encontraba en casa descansando de su habitual paseo cuando llegó su hijo, lo nota nervioso, en su voz había una vibración de angustia, le puso la mano en su pecho y notó el corazón galopando a ritmo frenético, toco el sudor frío que recorría la piel del muchacho y sobre todo lo olió y lo olió por dentro, sabe que por la sangre de su hijo trota algo nocivo, algo que el hijo no le quiere contar, pero que él tarde o temprano averiguara.


Al día siguiente, en la calle, el hombre, ante su propio asombro se da cuenta de que muchas personas huelen como su hijo, se decide a seguir a un hombre que por su torrente sanguíneo circula el mismo aroma que por el de su vástago. Va tras él hasta una cafetería; allí el hombre de la sangre contaminada entra en el excusado, él entra también, disimula mientras orina, percibe como el hombre del tufo raro no ha entrado para evacuar, sino que ha sacado un poco de cocaína y sobre el mármol de la pila la corta con una tarjeta y la esnifa, el hombre huele el polvo blanco dentro del organismo del otro. Ahora sabe que le ocurre a su hijo, tal vez fuese la primera vez que tomó la droga y que nunca más volvería a hacerlo. Él, de todas maneras lo sabría. Se siente triste y decepcionado, su querido hijo, ese chico que crio con tanto mimo, ese al que quiso proteger de todos los males del mundo, ahora parecía precipitarse en el mundo sórdido y despiadado de los narcóticos, pero en fin, habría que esperar, tal vez solo fuese un leve coqueteo con el diablo. Pero no, no fue así, día tras día llegó con más ponzoña en su sangre, notó como su hijo se iba marchitando, entrando en la locura y la decrepitud, de poco sirvieron consejos o amenazas, ternura o ira, el hijo, ya había escogido su camino, un viaje sin retorno que lo llevara pendiente abajo y sin frenos, un día aquel tierno muchacho se fue para siempre, lo encontraron en un barrio marginal cosido a puñaladas.


Aquella no fue la única puñalada que se dio en el corazón del pobre ciego, que sin vista, veía más que nunca. Pasados unos años su mujer pareció ir reponiéndose de la muerte del hijo, no es que lo hubiese olvidado, pero sí parecía que aquel tremendo dolor empezaba a pasar, notaba en su mujer un nuevo tono de voz más dulce y apaciguado, hasta incluso alegre y esperanzado, sabía que no lo podía ver, pero intuía que el rostro de su mujer tenía un brillo especial, también su mirada, el olor de su perfume se confundía con el de sus hormonas, siempre aceleradas en ciertas ocasiones en que la mujer salía por su cuenta.


La noche que la mujer volvió más tarde, no hizo falta pedir ninguna explicación, ni tan siquiera ella se tuvo que justificar. Antes de que entrase por la puerta de casa, el hombre ya había percibido aquel olor tan conocido que tenían en común todos los hombres de mundo, olio también los efluvios de la mujer que se habían macerado junto con los de un varón desconocido, pero que había dejado tal impronta que ni siquiera el agua y el jabón de una ducha exhaustiva habían conseguido borrar del cuerpo de la mujer.


El hombre, se sintió solo, mortalmente solo, sabía que había llegado el momento de marcharse, de dejar aquella casa, de abandonar a su mujer y empezar una vida en solitario, sin esperar compasión de ningún ser humano, sin dar ni recibir amor, ahora sabía que el mundo se componía de mentiras, de pequeños y grandes engaños, porque aquello que percibe el ojo humano no siempre es dogma de verdad absoluta y él siendo ciego veía más que antes ¡Ya no hacía falta un candil, ni vista, para lo que era evidente! Salió de casa con una pequeña maleta, tampoco necesitaba más, todo lo que él había sido allí se quedaba.

LO QUE ESTA A LA VISTA, NO NECESITA UN CANDIL.


Cansado de dar vueltas toda la mañana, se sentó en un banco del parque, al rato percibió los pasos ligeros de un perrito que asustado buscó su compañía, el hombre alargó la mano y lo acaricio, tocó su pelo hirsuto, su hocico frío y su cola nerviosa, en su cerebro recreo la imagen de un perrito pequeño de varios colores, lo olió y aparte del tufillo perruno, el can olía a lealtad, a empatía, a amor desinteresado y sincero, supo que aquella sí sería una gran compañía de por vida, el hombre dio un chasquido con los dedos y el perro de un salto subió a sus piernas, el hombre lo abrazo y lloro. El perro lo olfateo, olio su miedo, su soledad, sus defectos y debilidades, pero aun así, el perro pensó que aquel humano sería el mejor compañero que jamás podría encontrar y decidió quedarse para siempre con él.

Nati Ballesteros Novella.

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