Relatos

30 AÑOS NO ES NADA

Yo adivino el parpadeo
De las luces que a lo lejos,
Van marcando mi retorno.
Son las mismas que alumbraron,
Con sus pálidos reflejos,
Hondas horas de dolor.

Sonaba esta canción mientras recordaba con febril memoria, lo lejos que quedaron aquellos días interminables en mi recuerdo, en los que a pesar de la juventud nos faltaban horas, tratábamos de alargar el tiempo, estirarlo como si de un chicle se tratara, para que no terminaran los días, mirábamos el reloj que con su incansable caminar nos avisaba del inexorable paso del tiempo, aun así, lo observábamos cada pocos minutos tratando quizás que por algún instante se detuviera, con la esperanza de que aquel día no llegara a su consumación.

La felicidad era un síntoma más que un estado, no podíamos dejar de darle vueltas a la cabeza, solo la necesidad, la incomprensible urgencia, que producía el malestar en la boca del estómago, por estar juntos, agarrados, sujetándonos el uno al otro, con el calor que nos proporcionábamos a pesar del verano sofocante y caluroso de aquel año. Era la necesidad misma que tiene el océano por el agua, por los peces, el uno sin el otro no son nada, ese mismo apremio, era nuestro día a día.

Con prontitud le encontramos una solución, que no podía ser otra más que, no separarnos y estar juntos como dicen: “hasta que la muerte nos separe”

No lo conseguimos con la celeridad que nos apremiaba, aun así no pasaron más de 10 meses y ya éramos una pareja oficialmente casada. Todo esto nos hizo comprender que realmente no estábamos equivocados y que era muy real, cierto, necesario, el estar juntos, el amarnos, era el aire que se necesitaba para respirar cada día de la semana, pero por fin estábamos juntos unidos en un mismo techo con unas mismas pretensiones, que no eran otras más que continuar así “hasta que la muerte nos separe”.

Por eso trato de recordar, atesorar, mantener en mí, esos recuerdos vividos, esa relación que perdurara por siempre, que como comenzó mirando el reloj, tratando de parar el tiempo, pidiendo que los días sean eternos. Ya, 35 años después, juntos, unidos sin separarnos, con la misma necesidad del otro, como el primer día, nos damos cuenta de que tenemos un enemigo inexorable, traicionero, zaino, que trata de borrarnos la memoria, la retentiva, el recuerdo, esta maldita enfermedad me está ganando y ha comenzado a borrar esas huellas en la memoria, lo vivido juntos, los fracasos que nos hicieron mucho más fuertes, y sobre todo, los éxitos, eso sí que nos originó grandes alegrías y bienestar.

Por eso recuerdo y lo cuento, para que no se olvide lo mucho, mucho que te quiero, necesito mantener ese recuerdo imborrable en mi menoría, grabarlo a fuego, y tal y como dice la canción que sonaba aquel día en una de sus frases:

Vivir,
Con el alma aferrada
A un dulce recuerdo,
Que lloro otra vez.

Amor recuerda por mí, mi alma está aferrada a ti, pero el olvido está entrando en mi cabeza y no sé si lo podré retener por mucho más tiempo estos recuerdos.

Recuerdo que tú eres mi amor. Un beso.

Carlos Nieto

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