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El Cazador

La mañana era fría, se frotó las manos con fuerza, tratando de calentarlas, antes de coger su escopeta y dirigirse a su vehículo. Era muy temprano, no podía evitar el haber madrugado, estaba ansioso de salir a cazar, hoy era el primer día que se levantaba la veda, estaba realmente nervioso por su primer día, tenía ya muchas ganas de volver a disparar. Esa sensación de poder y grandeza que le proporcionaba su escopeta no lo podía suplir con nada más.

Esta vez lo había pensado durante mucho tiempo y se dirigiría a un bosque, que según había oído noticias, podía encontrarse con unas buenas piezas para cazar, no avisó a ninguno de los compañeros habituales, quería ir solo, no deseaba que nadie supiera donde iba, para de esta manera mantenerlo en secreto y quedarse él, con toda la caza que encontrara en dicho lugar.

Una vez en el bosque, aparcó su vehículo, estaba comenzando a amanecer, ya se vislumbraban unos pequeños rayos de sol por encima de las copas de los árboles, la visión entre luces y sombras que provocaba el amanecer en el bosque era abrumadora, se sonrió al volver a oler el bosque de madrugada, su nerviosismo por comenzar le hizo ir con prisa, cogió todo lo necesario cargó con su escopeta y se introdujo en el bosque a paso acelerado, tenía ansias de cobrarse su primera pieza.

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El cazador

Pasados unos 20 minutos vio a un corzo a lo lejos, el tembleque de piernas le pudo y se agachó rápidamente, se volvió a asomar lentamente tratando de asegurar la posición de su presa, apuntó con su mira y disparó, el estruendo resonó en el bosque, trató de ver si le había alcanzado, pero el corzo marchó más adentro del bosque. Se levantó, y caminó en dirección a su presa, el frío era cada vez más intenso, pero estaba cegado por cazar a ese corzo que había visto, vio un rastro de sangre, convino de seguir el rastro, anduvo durante más de 30 minutos, sin encontrarlo, poco a poco comenzó a bajar una niebla cada vez más espesa, y el frío empezó a ser casi insoportable, trató de calentarse frotándose las manos una con la otra, y siguió tras su presa. Al cabo de una hora de que la niebla comenzara, deliberó de cambiar el rumbo y volver al vehículo, pues ya no podía soportar el frío. Tras más de 30 minutos buscando la ruta de vuelta, no daba con ella. El pesimismo se apoderó poco a poco de él, pasó de un estado de ansia por cazar, a un deseo por volver y poder calentarse.

La desesperación había tomado el control de sus actos, estaba con un frío que le llegaba a los huesos, la ropa de abrigo no era suficiente y la niebla era muy espesa, no se veía nada, lo cubría todo, continuo caminando, tratando de encontrar algún refugio o algo donde poder resguardarse y no estar tan expuesto al frío. Llevaría más de tres horas caminando cuando pudo ver una casa tipo refugio en un claro del bosque, se dirigió a toda prisa a ella, tropezó poco antes de llegar dándose un fuerte golpe en la cabeza que le dejó medio mareado, pero aun así, se levantó y se dirigió al refugio. Vio la puerta y la abrió entrando como una exhalación, una vez dentro cerró la puerta y quedó todo a oscuras, trató de buscar algo con que alumbrar. Con su mechero encendido, pudo observar una lámpara de aceite que había sobre una mesa vieja que estaba en mitad de la estancia, la cogió y la encendió, fue cuando pudo ver esos tres cuadros con esos animales tan perturbadores que había en las paredes, eran grandes, uno en cada pared, eran cuadros llenos de rostros de animales y estaban mirando directamente a él, a uno de ellos le faltaba el rostro como si se lo hubieran arrancado, otros estaban con los ojos vacíos, algunos estaban heridos, francamente eran muy sobrecogedores, se acurrucó sobre el suelo cerca de la mesa y se durmió.

Un golpe fuerte le sobresaltó y despertó repentinamente, levantó la mirada y pudo ver que había luz de la calle que entraba por las ventanas, si, las mismas que vio al entrar pensando que eran cuadros, él, hubiera jurado que eran pinturas. Al girarse los pudo ver a todos los animales de los cuadros dentro, junto a él, se escuchaban sonrisas, lo último que vio fue al corzo que él, disparó, correteando por el salón, mientras recibía un tremendo golpe sobre su cabeza.

Carlos Nieto

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