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Esto ocurrió en un pueblo, hoy en día abandonado, de la España vacía, que encontramos a día de hoy.

Tras llegar allí de excursión por los pueblos de España, encontramos este pueblito; tenía muy pocas casas, y una de ellas era una granja con animales, se podía apreciar el establo, y la zona del ganado.

Tras unos paseos por todo el perímetro de la granja, nos decidimos a entrar dentro de la propiedad, pues no estaba cerrada. Se encontraba abierta la puerta, por lo que decidimos echar un vistazo a su interior.

La casa era enorme, tenía una cocina muy grande, todo muy en ruinas, una mesa imponente de madera en el centro de la cocina, que hacía las veces de comedor. Pudimos observar que en la mesa había un papel muy envejecido y amarillento por el transcurrir del tiempo, lleno de polvo y casi desecho, pero lo cogimos con cuidado y estaba escrito por las dos caras, nos llamó la atención; que es lo que podía contarnos ese papel de otro tiempo.

Decidimos limpiarlo con cuidado y comenzamos a leerlo, fue cuando la sorpresa nos invadió a los cuatro que estábamos allí, era una carta, contando lo sucedido, y lo que le había pasado al anterior propietario de la granja, lo explicaba bastante bien, por lo que les voy a relatar lo que le sucedió a esta persona.

Este hombre no dice la edad, pero debía de ser mayor por los utensilios que se podían ver en la casa, y sus ropajes que todavía se encontraban allí, la faena de cuidar el ganado y los animales hace años era muy laboriosa y costosa, según narra en su escrito, debía de levantarse de madrugada para limpiar a los animales, y preparar el alimento para que estuvieran bien alimentados, él tenía un campo de trigo y heno, que utilizaba para alimentar a sus animales, se encargaba de hacer fardos de heno y paja, llevarlos al establo y almacenarlos en orden para así poder disponer de ellos en el momento que necesite. Un día al dirigirse al establo como de costumbre, pudo ver que todos los fardos que él, muy costosamente los tenía ordenados en el interior del establo estaban todos fuera, distribuidos a unos diez metros el uno del otro, dirigiéndose hacia el interior del campo, cuando se percató de la faena que tenía que realizar para volver a dejarlos en su lugar, comenzó a maldecir a todos, le entro una rabia interior, pensando que debían de haber sido los niños a modo de broma, si los pillaba lo iban a pagar caro.

Recogió todos los fardos y los colocó de nuevo en su establo. Tras la jornada que le había causado más trabajo del deseado, volvió a casa y descansó. A la mañana siguiente se asomó lo primero a la ventana, tratando de ver la puerta del establo. ¡Sorpresa! Estaba abierta y los fardos nuevamente esparcidos por el campo, esta vez más lejos, bajó a toda prisa y trató de buscar quien podía haber hecho eso, pero sin dar con nadie, rodeo la casa, el establo y nada no había nadie por los alrededores. Entrando en el establo pudo ver que varios animales una vaca y una oveja habían sido partidas por la mitad, se comenzó a preocupar, miró en todos los rincones del establo sin hallar nada, volvió para observar bien que había ocurrido, y se dio cuenta de que estaban seccionadas como si con un cuchillo gigante les hubieran partido en dos, limpiamente, el suelo del establo con la paja y la sangre era dantesco, trabajó todo el día limpiando el establo retirando los animales y recogiendo los malditos fardos desperdigados por todo el campo. Una vez en casa maldijo que si pillaba a quien hubiese hecho semejante barbaridad lo mataría, eso no podía pasarlo por alto.

La pérdida de animales en aquella época era un asunto serio, podía arruinarse fácilmente, era su sustento de vida.

Esa noche no pensaba dormir y se quedó con su escopeta en el porche de la casa, observando el establo, no se veía mucho, solo la iluminación que proporcionaba la luna, para él, era suficiente, era un hombre de campo que estaba acostumbrado a ver de madrugada con poca luz. Se hicieron las dos, las tres, las cuatro de la mañana, y nada, no se veía nada sospechoso, cuando el reloj marcaba las 5 de la mañana pudo observar que a lo lejos se movían los arbustos de la carretera que accedía a su casa, se levantó y lo encañonó con su escopeta tratando de ver que era lo que se estaba acercando, al poco, pudo verlo. Era una criatura del averno, según escribió en su carta, era extremadamente delgada, muy alta y tenía aspecto de insecto, gigante, muy grande, por lo menos media cuatro metros de altura, pudo ver que tenía unas pinzas enormes a modo de manos, que parecían cuchillos. El miedo le hizo retroceder y guarecerse en el interior de la casa. Con los nervios y el susto, al cerrar la puerta, dio un portazo muy fuerte y pensó, que le había escuchado la criatura, y vendría a por él. Se quedó apostado en la ventana observando como se acercaba, pudo ver que no venía sola, traía compañía, eran varias las que se acercaban. Una vez llegaron, se introdujeron nuevamente en el establo, algunas subieron por las paredes y se situaron en el techo, pudo escuchar como gritaban los animales, por el miedo, también escucho ruidos fuertes dentro del establo, no se retiró de la ventana en ningún momento, esperaba que se dirigieran a la casa a por él, ¡pero no!, ¡se marcharon por donde vinieron!.

A la mañana siguiente, pudo observar que todos, absolutamente todos los fardos, estaban lejísimos de casa, estaban en los límites con el bosque, estaban diseminados por todo el perímetro del bosque, bajó rápidamente a ver a sus animales, al dirigirse al establo pudo apercibirse que se movían los arbustos y árboles que se encontraban a la orilla del camino, él, sabía que le estaban observando, aun así se dirigió al interior del establo, pudo ver que los animales estaban bien, menos una vaca, que la habían cortado como a la anterior. En ese momento lo pensó y soltó a todos los animales, que salieron despavoridos por el campo, cada uno por un lado, el trató de hacer lo mismo y escapar. Aprovechando la confusión y esperando que fuesen a por los animales. Conforme se dirigía por el camino de atrás de la casa hacia el pueblo, vio en la orilla del camino que se movían los árboles y arbustos en dirección hacia él. ¡Estaban esperándole!, giro y dio media vuelta tratando de ir por el camino delantero, primero se paró delante de la casa y se dio cuenta de que los animales estaban cada vez más lejos y no les habían atacado, no los querían. Le extrañó, pero continuo, dirección al pueblo, a los pocos metros, otra vez lo mismo, se movían los arbustos en su dirección. La impotencia le hizo retroceder y volver a la casa, una vez dentro se dio cuenta de que a los animales no le hicieron nada, le querían a él, estaban jugando con él.

Pasados tres días y sus noches, él no hacía más que mirar por la ventana. Todas las noches venían y se ponían a golpear las paredes de la casa, habría unas cincuenta criaturas de esas, rodeaban toda la casa las paredes y el techo.

Ponía en la carta lo siguiente y con esto acaba:Están jugando conmigo solo quieren aterrorizarme, no me dejan marchar, están esperando que salga. Mañana tendré que partir, ya no tengo nada que comer, ni beber.

Así termina la carta, de este pobre hombre que vivió aquí, no sabemos si pudo escapar o no.

Nosotros, que estamos de excursión por estos pueblos, solemos dormir donde nos pilla, hoy ya se ha hecho tarde, viendo este pueblito, así que como no está mal del todo esta casa, nos refugiaremos aquí, pasaremos la noche y mañana avanzaremos a otra localización.

La noche se puso muy intensa, con los ruidos. Todo se precipitó cuando decidimos salir y coger nuestros vehículos, para marcharnos de allí, eran las tres de la madrugada, no queríamos estar allí, los ruidos y golpes continuos en las paredes, techo y ventanas de la casa no nos dejaban dormir tranquilos, además, después de la historia del anterior propietario, ya no nos parecía que fuese tan buena idea el habernos quedado allí.

Una vez salimos al exterior, pudimos observar que los vehículos estaban destrozados, como si los hubieran cortado con unas tijeras enormes, estaban a trozos. Los nervios se nos apoderó del raciocinio, echamos a correr por la carretera, tratando de huir del lugar, los dos primeros compañeros que se adelantaron, los partieron de un solo golpe por la mitad. A mi compañera, que venía detrás de mí, la arrastraron y la perdí de vista. Y yo, pude escapar y volver a la casa, estoy solo y muerto de miedo, llevo ya dos días sin agua, ni comida, no sé si aguantaré mucho más.

Llamé a la policía por el móvil, pero al poco de hablar con ellos se cortó la señal, aquí en estos pueblos no suele haber cobertura, y no ha venido nadie. Ahora ya no tengo batería, estoy escribiendo mi historia en un papel que encontré aquí, junto a la mesa, para advertir a los que pudieran llegar por aquí.

Mañana es cuando marcharé de este encierro, pase lo que pase, debo de buscar agua y algo de comer.

Carlos Nieto

Disponible también en Podcast y Spotify

Pisadas de barro. Relato corto RELATANDO.COM

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  2. El circo de los seres sorprendentes
  3. El Cazador
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