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A la playa con la familia

A la playa con la familia

¡Hoy he decidido ir a la playa con unos familiares!, no estoy plenamente convencido de ir. Tanta insistencia por parte de ellos en ir todos juntos a la playa a pasar el día, que al final he cedido. Lo pasaremos muy bien, comiendo arena, con el cuerpo lleno de sal reseca y los labios y pelo acartonados, estoy deseando que llegue ese precioso momento en el que nos juntaremos en la calle buscando ese aparcamiento, que se me hace imposible que llegue a conseguir, luego más tarde, recoger todos los utensilios; la silla, la mesa, la sombrilla, la nevera que no falte, con hielo para mantener las cervezas bien fresquitas, en fin, una delicia de día.

Ya estamos todos reunidos en la calle, los niños están gritando, no sé muy bien el motivo, aunque los padres parecen ignorar semejantes gritos y chillidos. Pregunto a mi cuñada si es normal o si les pasa algo malo. Me mira con indiferencia y me hace saber que son niños, (muy elocuente, no me había percatado de ello, pensaba que eran señores bajitos cabreados).

Tras la confusión producida por el, (follón) malentendido inicial, conseguimos ponernos de acuerdo y dirigirnos a la playa. Eso sí, parecía un sherpa porteador, no sé cómo lo hicieron, cuál fue la forma de repartir las tareas, pero a mí me tocó el llevar todos los utensilios más voluminosos. Tras un paseo de unos 15 minutos, sudando, con todo el sol dando de lleno en mi cabeza, y las gotas de sudor rozándome los ojos, conseguimos llegar con más pena que gloria a la arena.

¡Oooh si!, ese maravilloso suelo que tienen las playas, un tipo de tierra seca, muy seca, y caliente, si, ¡ardiendo!, es una delicia llegar a la arena y caminar con las chanclas, que es como caminar con una trampa en los pies. Pues te crees que te va a proteger del cálido y ardoroso suelo, ¡pero la arena es muy lista, y es capaz de saltar la barrera que impide que la pises! Y se introduce entre el pie y la suela, como si de una plantilla se tratara, consiguiendo que saborees en la planta de tus pies, ese calor que ha acumulado desde que salió el sol. Ahí me ves, cargado hasta los dientes, y dando saltos sobre la arena para no quemarme, dando un espectáculo, que parezco un mono de feria que se ha escapado de la última atracción. Tras una quemazón en la planta del pie, que ya veremos si no me tienen que amputar una parte, conseguimos hacernos un hueco en la preciada arena, ¡eso si!, sin antes discutir con los vecinos para fomentar la convivencia entre los más cercanos a nosotros. Mi cuñado que para esto es un experto lo tiene todo muy bien calculado, una vez elegida la zona, le da igual si está rodeada de gente, él, planta una silla en la mitad de la zona elegida. Manda a los niños a que tomen el terreno, realicen una conquista sin violencia, pero arrasando por donde pasan, “como Atila”. Los que allí se encuentran tras discusiones y enfados, van cediendo terreno, cosa que aprovecha muy hábilmente, y va colocando más sillas y sombrillas, apoderándose y colonizando los terrenos expropiados. Una vez tiene la conquista de los territorios, no se concluye como terminada la operación, ¡no!, continua la segunda táctica, “despeje del camino en dirección a la orilla del mar”. Ahí, sí que se recrudece la batalla de los niños, comenzando con el ataque de arena, embadurnando de tan pegajoso elemento a todo el que se interpone en dicho camino, continua con ataques de lanzamientos de cubos de agua y tiro de bolas húmedas de arena, consiguiendo su objetivo, el despeje total y absoluto de un camino libre, para no tener que ir sorteando sombrillas y personas para el acceso al litoral. Lo dicho, un verdadero experto en conquistas playeras.

Una vez todos estamos ya abarcando la mesa con una cervecita en la mano, no sé por qué será, pero mi cerveza está caliente, observo a mi cuñada y veo que tiene escarcha la suya, me quedo atónito y le pregunto como es posible, si he revisado todas las neveras y ya están calientes. Su respuesta sí que me deja helado, dice:

– ¡Yo sí que sé!, tengo unas latas congeladas y las traigo en una bolsa especial, ahora bien, solo me queda esta.

Me quedo asombrado sin poder probarla, con el gaznate reseco, bebiendo meado de burra, que es lo que parece la que tengo en la mano.

La hora de comer ha llegado, sacan el bocadillo de cada uno, yo el mío lo tengo controlado en la bolsa que preparé para la ocasión, es de lomo con queso y una pata de pulpo en el salpicón, que preparé el día anterior, con mucho esmero para acompañar el momento. Lo coloco en la mesa, junto con la tortilla de mi cuñada, y unos pimientos.

¡Aquí comienza la odisea de comer en la playa!, si vas es mejor evitar rodearte de niños, yo no tenía posibilidad, estaba rodeado, al ser soltero todos me los azuzaban, vete con el tío, vete con el tío que tiene de todo. Empiezan los niños, esos bajitos locos, poco a poco, por, déjame probar tu bocadillo un poco tío, y claro te los ves hambrientos, con esas ganas de probar y (estoy rodeado de mis familiares, y no puedo mandarlos a …) cedo, les dejo mi bocadillo que con tanto esmero me había preparado. Los ojos se me abrieron como las puertas de un centro comercial en rebajas, lo cogen con las manos llenas de arena, dejando mi obra de arte echa una pena, rebozada en arena, aunque no satisfechos con semejante tragedia, se lo van pasando entre todos los sobrinos, amiguitos y un señor con bigote que pasaba por allí. Cuando me lo devuelven, era un trozo rebozado en arena pues se le había caído al suelo antes de dármelo, eso si, el niño lo sacudió muy bien, saliendo el trocito que quedaba de lomo en su interior. Las lágrimas que me salieron en ese momento, no las pude contener, tuve que decir que era arena en los ojos, por vergüenza de una persona mayor llorando por un bocadillo, pensé por un momento asesinar a alguien allí mismo. Me ves pidiendo como un mendigo a mi hermana y cuñada, un poco de comida, para un pobre indigente. A lo que saltan sin pensárselo,

— Pon el salpicón aquí en medio, para que lo probemos todos

Ya no podía dejar de llorar, la catástrofe se avecinaba, era lo único que me quedaba para comer. Yo que soy antiviolencia si no es absolutamente necesario, lo puse en el centro, con cierto recelo, a lo que mi cuñado sin pensárselo, ni agradecer nada, lo coge con sus manos y se pone ciego, con dos cucharadas soperas bien colmadas, se las introduce en la boca. Acto seguido le pasa el recipiente a mi hermana, que hace lo propio y así se lo van pasando, yo no daba crédito de lo que estaba sucediendo, veía que se terminaba mi exquisitez de salpicón con pulpo, que tanto me había costado preparar, en esto suelta la cuñada por esa boquita,

— Pues esto estaba muy rico ¿cómo lo has preparado?.

No pude contestar, tenía un nudo en la garganta, estaba a punto de llorar, solo les pedí algo de comer ya por segunda vez, a lo que me acercan la tortilla, y un trozo de pan. Ponte lo que quieras, dijo acercándome el plato. Cojo el pan, por el aspecto creía que era integral, claro hasta que me lo meto en la boca, es aquí cuando uno saborea el verdadero sabor de la playa, con toda su plenitud. Eso que tenía el pan no eran semillas de integral, ¡no!, era arena de la playa, el rebozado estaba muy conseguido, repartido por todo el pan a modo de sazón. Como el calor, el sudor, el hambre hacen estragos, decido seguir comiendo los escombros que me habían dejado. Saco otra cerveza de mi nevera y pregunto si tiene alguna que esté más fría, pues las mías ya eran pipi. Me dicen que están igual que las mías. Tras un rato bebiendo, veo que mi cuñada está bebiendo una cerveza como la de antes, congelada, no pregunto, ¿para qué?, si me va a decir que no tiene más. (Ella es una verdadera profesional de los asuntos playeros).

La comida en familia estuvo muy bien, si, seguro que tendré que depurarme cuando llegue a casa, para limpiarme toda la grava que he comido hoy. En fin, es la hora del baño, mi cuñado haciendo alarde de sus terrenos conquistados, se desplaza a modo triunfante por el camino proporcionado por sus tropas en dirección a la playa, con esos andares, que más bien parece un muñeco de tentempié, ladeándose de un lado a otro. Una vez en la orilla, se va metiendo en el agua y comienza el ritual de gritos. Ya sé por qué gritaban los niños cuando llegamos. Imitaban a su padre. Comienza a llamarme a gritos desde la orilla

— “Cuñado, acércate al agua que está buenísima, y se ven unas tías cojonudas desde aquí, como las que te gustan a ti”

Repitiéndolo insistentemente, yo quería meterme bajo de la arena, si no fuese porque estaba a una temperatura que se fundía el hierro. Me levanto rápidamente para evitar que siguiera gritando de esa manera, y mientras me dirigía al agua, pude divisar como me observaban, con cierto desprecio, y se cubrían las mujeres que estaban a la orilla del camino, me miraban como si fuese un pervertido. Consigo llegar al agua, ¡SI!, el baño fue el momento más tranquilo del día, me separé todo lo que pude de los niños y del cuñado.

Cuando llegué a la zona donde estaban todos nuestros trastos, busqué, sin encontrar la toalla que había traído, para poder secarme. Pregunto si la han visto, y me dice mi hermana, que la tiene el niño que está tumbado en la arena. Miro y la tiene extendida en el suelo, horror, se ha llenado de arenilla, el niño se levanta y mi hermana la sacude sin compasión, lanzando los granos adheridos en la toalla a modo de proyectiles por todos los lados, llegando a nuestros sufridos vecinos. Sin preocupación ninguna, me la pasa y me dice: toma, ya te puedes secar.

Los arañazos que me produjo el secado con esa toalla, sobre la piel, (no creo que se curen en un mes mínimo), además que ya la tenía perjudicada por el sol, las cicatrices se quedarán para no olvidar. Estaba deseando irme ya a mi casa, a la tranquilidad de mi hogar. Tenía el destino una sorpresa por descubrir, mi familia decide que nos tomamos un helado en el chiringuito de la playa, a lo que yo me niego y sugiero el marcharnos ya. Mis palabras no fueron escuchadas, y nos dirigimos al chiringuito, al ver que éramos solo nosotros, sin los niños me tranquilizo, ellos estaban jugando en la orilla con la arena. Pedimos unos helados y pido yo un cucurucho con dos bolas, pensando que por fin comería algo decente hoy, y en el momento que me está dando la dependienta el helado, comienzo a escuchar los gritos de guerra de los niños, me giro y están todos corriendo en mi dirección. Miro tratando de buscar apoyo con mi familia, pero habían desaparecido, me habían dejado solo, ¿cómo era posible si estaban allí hace un momento? Los niños pidiendo sin parar, cómprame un helado tío, repitiéndose hasta la saciedad, uno de ellos trataba de escalarme y conquistar mi cabeza. Cosa que evité sutilmente dando un movimiento de cadera que hizo que cayera como un saco de patatas. Tuve que comprarles un helado a cada uno y no contento con eso me pidieron probar el mío, cosa a la que accedí, craso error, pues solo lo pude saborear los dos lametazos que le di al principio, luego aquello era un charco de babas y sin bolas, se habían caído al suelo.

El resto de la tarde transcurrió sin más sobresaltos, salvo por los ruidos de mi tripa pidiendo alimentos. Cuando nos recogimos para regresar a casa recuerdo lo feliz que estaban todos, sobre todo los niños, pero lo que no olvidaré, fueron los comentarios, de mi familia.

— Cuñado, que bien lo hemos pasado hoy.

— Tenemos que repetirlo más a menudo, la semana que viene otra vez.

En ese momento me metí en el coche y salí corriendo del lugar sin decir adiós. Hace ya por lo menos dos meses que no he hablado con ellos, no les cojo ni el teléfono. Espero que se olviden por un tiempo de mí.

Carlos Nieto

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