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Las historias del pastor.

Cuento del Pastor que contaba historias.

Hace ya mucho tiempo que vivía en el pueblo, Segismundo, el pastor. Era un personaje peculiar donde los halla. Este particular hombre, rudo, fornido, de campo, acostumbrado a vivir las inclemencias del tiempo, al tener que estar todo el día fuera en el campo con los animales, pastoreándolos. Tenía una sana costumbre al llegar al pueblo de regreso con los animales.

En la plaza se remolineaban los propietarios de los animales, vecinos y niños. Todos expectantes para que les contara las vivencias por esos montes y campos lejanos del pueblo. Pues había veces que marchaba por más de una semana, buscando los mejores pastos para los animales. Segismundo con felicidad y muy complaciente estaba deseando contar algún hecho relevante sucedido en sus viajes. Cuando por fin todos se callaban, esperando que comenzara a contarles lo que había sucedido en este último viaje, entonces él, comenzaba a contarles.

Tras rimbombantes explicaciones de sus andanzas por los montes y campos lejanos del pueblo, comienza a penetrarse en arenas movedizas, que es lo que realmente esperaban los allí congregados. Para los lugareños era un entretenimiento distinto. Contándoles aventuras más bien fantásticas, tal como lo que les contó:

— Continuo mis queridos vecinos, contándoos que en este último viaje tuve que luchar a brazo partido con una manada de lobos feroces, eran como casas, enormes y fieros, los dientes parecían tajaderas muy curvadas, a una de las ovejas le dieron tal mordisco, que dejaron forma de una media luna en el costado, de una forma limpia. Yo con mi palo de ahuyentar a las bestias, que suelo llevar siempre conmigo, le golpee tal impacto en el hocico al más bestia de la manada, que marchó llorando, hecho que causo que se retiraran los demás; no se atrevieron a acercarse después de aquello.

Los paisanos querían más sangre, aventuras, así, que le animaban con cierto alboroto a que contara más sucesos de sus aventuras vividas. Segismundo, que era un pobre infeliz, muy humilde, con estos ratos, pasaba a ser el más importante personaje del pueblo, le aumentaba el orgullo y se venía arriba contando andanzas y desmanes vividos. Continuo contándoles, su tropiezo con un ser horrible, de aspecto demoniaco, que quería comerse a todo el ganado, y que el de forma valerosa e inteligente pudo evitar. Cuenta que conforme se acercaba, el ser del inframundo, él, lo estaba esperando, agazapado en una sima pequeña, con una navaja; que utilizaba para sus quehaceres diarios con la comida, no muy grande, más bien pequeña, pero en ese momento no tenía otra arma para defenderse de dicha bestia, ni tampoco tenía al ganado en una zona protegida. Entonces espero a que estuviera prácticamente encima y salto sobre él, causándole una herida tremenda en el cuello a la bestia, saliendo espantada y despavorida de aquel lugar donde pensaba realizar su cena. Pudo oír los lamentos de dolor durante toda la noche, producidos por ese ser, no pudo dormir de los alaridos y gimoteos hasta el amanecer, cuando entonces se calmaron y dejó de escucharlos. A todo esto se levanta las mangas de la camisa y les muestra a los presentes un corte de enormes dimensiones, aunque superficial, más bien un arañazo que ya estaba cicatrizando en su antebrazo. (Seguramente un corte, producido por algún tropiezo en su caminar por el monte) Les dice, “Esto es lo que me hizo cuando rozaron sus enormes dientes sobre mi brazo. Si no llego a estar hábil en el enfrentamiento, hubiera muerto allí mismo.” Todos los que allí se reunían ponían cara de asombro, admiración, sorpresa, acompañado por un enorme ¡OH DIOS! Lo consideraban un verdadero héroe, el salvador del pueblo y sus animales que eran el sustento de muchas familias.

Gritaban los niños, pero sigue contándonos, ¡sigue! A lo que Segismundo les adelantó.

En el próximo viaje debo de ir con mucho cuidado, pues el último día en el monte de la corona, (un lugar cercano al pueblo, a unos 4 kilómetros) pude ver a un ser de enormes dimensiones, de un color rojo intenso, que aullaba como un lobo, tenía cuernos como un macho cabrio, y cola como un dragón, me causó mucho terror ese ser. Traté de huir del monte y conseguí despistarlo, pero en el monte cercano al pueblo que llamamos, el Pie del diablo, (por la forma tan peculiar que tenía), lo volví a ver. (Ese monte esta a unos dos kilómetros de distancia del pueblo, lo que causó asombro y mucha preocupación a los paisanos que allí se congregaban).

Con esta última historia, acabó de contarles vivencias del último viaje, y se retiró a dormir a su casa, pues estaba agotado de tantos días fuera caminando.

A la mañana siguiente, el pueblo se levantó con gran agitación, las campanas sonaban de forma inquietante, salieron todos a la plaza donde se encontraba la iglesia, (normalmente era el lugar de reunión del pueblo), con el condenado sonido de las campanas volando por el aire del lugar. Según se pudo saber, unos chavales que habían salido de madrugada a cazar, volvieron despavoridos por la visión de un ser colosal, de color rojo y con astas de inmensas proporciones. El mismísimo diablo, aseguraban algunas viejas que allí se encontraban. Algunos manifestaban que se comió a dos chavales y que estaba en la entrada del pueblo. Todos los que la noche anterior escucharon la historia de Segismundo, comenzaron a relacionarlo con el ser visto por él.

Se dirigieron todos a la casa de Segismundo (el pastor), tratando de buscar respuestas, del ¿por qué, estaba ese ser tan cerca del pueblo?, lo habían visto, según testigos en la montaña de acceso, a escasos 400 metros de la entrada de la población. Alguien comenzó a gritar.

— Él, lo trajo al pueblo, es su culpa.

A lo que la muchedumbre que se agolpaba enfrente de la vivienda del pobre Segismundo, comenzó a pedir que saliera y que se enfrentara a la bestia.

Segismundo, no entendía muy bien que estaba pasando, como podía ser posible que estuviera allí ese ser, si se lo había inventado para dar emoción a sus viajes y ser querido por el pueblo. No acaba de comprender que estaba pasando. Mientras la algarabía incesante, junto con la multitud era cada vez más intensa, se podía ver que traían una cuerda algunos, otros palos con la punta afilada, a modo de lanza, algunos pedían la muerte de Segismundo, para que la bestia no entrara en el pueblo.

Un descerebrado, de los que se encontraban allí, comenzó a gritar.

Debemos de matarlo, la bestia lo quiere a él, o nos matará a todos.

El vocerío comenzó a ser insoportable. No paso más de dos minutos cuando la puerta de la vivienda donde se encontraba Segismundo, la tiraron al suelo, entrando en manada la mayoría de los que se encontraban allí, a poco de entrar en el interior de la vivienda, se escuchaba en la ventana del piso de arriba, a Segismundo, gritando que era mentira, que no existía esa Bestia, que se lo había inventado. La muchedumbre ya no tenía oídos, los perdió al amanecer con el sonido de las campanas, solo estaban sedientos de sangre.

La caída de Segismundo al suelo desde la ventana, no fue lo esperado por la multitud, se lanzaron sobre él, los que se encontraban frente a la casa como animales salvajes, los golpes, tirones y demás atrocidades acabaron con su vida. Se podía ver un reguero de sangre y trozos de Segismundo, por toda la entrada de la vivienda. La locura había embargado el pueblo por completo, absolutamente todos con ansias de más sangre, se miraban con desprecio entre ellos, tratando de encontrar un motivo para continuar con la locura. El sonido de un disparo callo al gentío. Era el alguacil desde la ventana por la que habían tirado a Segismundo, disparando al aire para evitar una matanza entre los que allí se encontraban. Poco a poco se fueron calmando los ánimos, se fue dispersando la concentración de personas en la casa del pobre Segismundo, hasta que quedaron, el alcalde y el aguacil, que fueron los últimos en salir de la casa, observaron algo horrorizados, los restos que en la calle se encontraban, se miraron y marcharon a la plaza, a interrogar y tratar de averiguar los que decían haber visto a semejante bestia en las cercanías del pueblo.

Tras una investigación no muy profesional concluyeron. Eran unos niños, de no más de 12 años, que estaban bromeando con lo que había contado Segismundo la noche anterior, alguien los escucho y esto se fue degenerando, hasta que ocurrió lo inevitable.

Desde entonces nadie habla de lo ocurrido, tampoco se reúnen en la plaza, ni en ningún lugar. Cualquiera que cuenta una historia, lo repudian y acaban por sacar del pueblo.

Nunca más tuvieron pastor que cuidara los animales en dicha aldea.

Carlos Nieto

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