La enfermedad duraba ya demasiados años y por fin, esa noche falleció Amalia, tras una enfermedad que la dejo los últimos 20 días en cama, sin poder moverse y articular palabra. Los médicos de entonces no tenían claro que es lo que le produjo tal desenlace. Un aire, según decían las viejas del lugar.

La familia era conocida en el pueblo por tener terrenos y disponibilidad económica de sobras demostrada. Lo que creó una gran expectación el día del entierro de Amalia.

Se congregó todo el pueblo y vecinos de pueblos cercanos, ya que la familia era bien conocida en la zona. Daba trabajo a más de la mitad de los habitantes, los que no trabajan para ellos dependían en cierta forma sus trabajos.

Enterraron el ataúd, dejando para otro día la lápida, pues la estaban terminando de realizar los maestros canteros de la aldea vecina. Tras la misa obrada allí mismo, terminaron y se recogieron uno a uno en dirección al pueblo. No estaba lejos de la población, pero había que caminar unos 15 minutos, Formándose una fila de gente desfilando en línea a la entrada.

Pedro, el ladrón del pueblo vecino, estaba al tanto de lo ocurrido, de hecho estaba en la comitiva acompañando a la muchedumbre allí concentrada y no dejaba de observar todo. Siempre tratando de agenciarse algo ajeno. No perdió detalle de que la difunta Amalia, llevaba un colgante de enormes dimensiones con un brillante al final de la cadena. Ese hecho le hizo volver al anochecer de vuelta al cementerio, no podía olvidar ese brillante con su enorme cadena colgando del cuello de la difunta.

En la protección que da la noche y la tenue luz de la luna, buscó la tumba de Amalia. Con una linterna y un pico que portaba para la ocasión, comenzó a excavar la tumba, le resulto fácil llegar al ataúd, la tierra todavía no se había apelmazado. Cuando tenía la tapa frente a él, se ayudó del pico a modo de palanca para abrirlo, le costó un poco más de lo esperado, pero consiguió que cediera.

Allí estaba frente a Amalia, buscó el collar iluminando con la linterna sin dar con él, no lo entendía, ¡si había visto como la tapaban y lo tenía puesto! Trató de levantarla y pudo ver que lo tenía detrás de la cabeza, se había desplazado y enrollado con el pelo y el vestido de encaje que le habían puesto a modo de sudario. Sacó un cuchillo que siempre llevaba encima y comenzó a cortar el pelo y el vestido, sin mucho cuidado, ya que en uno de los tirones que dio con el cuchillo le hizo un corte en el cuello cerca del pecho. En ese mismo momento comenzó a brotar sangre sin parar, esto le asusto, no era normal que sangrara si estaba muerta, se incorporó apoyándose sobre el cadáver y dio un tirón al colgante tratando de terminar y marcharse de allí cuanto antes. Una vez de pie sobre el ataúd, con las manos apoyadas en la tierra tratando de salir del hueco, nota que le cogen de las piernas. Le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo y le salió un alarido de lo más profundo de su ser. No miro abajo, no quería saber que era lo que le cogía los pies. Comenzó a dar patadas y tratar de salir del agujero. Una vez estuvo fuera tumbado sobre la tierra, ve asomarse a la Difunta con los pelos por la cara y el sudario de encaje, todo enrollado sobre la cabeza. La visión le perturbó más aún de lo que ya estaba, se incorporó y trató de huir, no sin antes escuchar a la difunta preguntarle quien era y que hacía. El escuchar que además hablaba le hizo correr sin sentido, tratando de alejarse de allí, como si el mismísimo diablo le persiguiera.

En su huida no soltaba el cuchillo que lo tenía aferrado a la mano, como si perteneciese a su cuerpo y el colgante en la otra, sin poder soltarlo, lo tenía clavado en la carne de lo fuerte que lo apretaba.

¡Ayúdame! Le grito desde atrás Amalia, ¿dónde estoy, ayúdame?

En su carrera infernal que llevaba Pedro, tropezó y fue a caer en una tumba que tenían preparada en el cementerio. En la caída se clavó el cuchillo que aferraba entre sus manos en mitad del pecho, trató de pedir auxilio, pero no pudo emitir ningún sonido.

A la mañana siguiente, cuando fueron a colocar la lápida de Amalia, encontraron a Pedro muerto en el hueco de una tumba con una cuerda entre las manos. Revisaron todo el cementerio por ver si había profanado alguna tumba, pero no, lo único que encontraron fue un agujero en una zona muy antigua del cementerio, con un montón de huesos revueltos, donde antiguamente se enterraban a los que se les consideraba locos o repudiados por la sociedad.

Terminaron de colocar la lápida a Amalia, donde rezaba:

Mi querida Amalia,

loca y perturbada,

espero que esta tumba

te mantenga encerrada.

Carlos Nieto
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Por Carlos y Luz

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Un comentario en «Tenue luz de luna»

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