Icono del sitio RELTANDO : Relatos de Carlos

Bosque del aullido

Él es un espectro, según se cuenta, era el joven que mató a su padre y fue ajusticiado cruelmente frente a todos los vecinos en la plaza del pueblo, muchos años atrás. Él, al no poder reposar en paz, deambulaba por los fértiles campos de los Llanos. A veces, la gente lo veía por la carretera, en silencio, caminando. Sin embargo, cuando alguien lo abordaba, comenzaba a silbar y a correr hacia el campo. Al igual que un perro, deambulaba de un lado para otro.

Él, en su búsqueda de un lugar tranquilo y añorando el amor que nunca tuvo de sus seres queridos, terminaba por acercarse a casas habitadas. Se oía decir que, era un malhechor acosador, cuando la gente lo veía, pensaba que era un hombre de carne y hueso. Sin embargo, cuando intentaban capturarlo, siempre lograba desvanecerse en la oscuridad y escapar de ellos.

Una noche, la esposa de un campesino oyó la silbatina del fantasma, en el patio. El hombre, al escuchar los gritos de su mujer, agarró su escopeta y salió. Él, al verlo, se alejó. Sin embargo, el hombre no lo dejó escapar, y lo persiguió. El espectro, al darse cuenta de que estaba siendo acosado, se escondió en la maleza. El hombre, tras comprobar que no podía encontrarlo él solo, decidió llamar a sus perros y enviarlos en su búsqueda, aunque no lograban localizarlo, pasados unos minutos comenzaron a ladrar y a aullar, simulando el silbido del espectro, en plena oscuridad. Su silbido era algo diferente a la silbatina del fantasma.

El hombre, lleno de curiosidad, y con sed de cazador, siguió el sonido. Al llegar a un grupo de árboles, oyó una silbatina. El hombre, sin pensarlo. Dos veces disparó.

— ¡No dispare!, que los perros están cerca. Grito el fugitivo.

El hombre, al escuchar sus palabras, no pudo más que decirle:

«¡No te me escaparás, estoy hastiado de tus acechos a las casas del pueblo! ¡No huiras porque te perseguiré hasta el fin de mis días!»

El fantasma, sin poder hacer nada más, corrió hacia la densa protección que le podía dar el bosque. En ese momento, los perros comenzaron a ladrar y a aullar de nuevo. El espectro, al ver que no podía escapar, gritó:

¡Lo tengo bien merecido, pero no podrás matarme!

Gritando con un sonido desgarrador, que hizo que incluso los perros se detuviesen y dejasen de ladrar.

— ¡Morirás si me coges! La muerte me persigue y todo aquel que me atormente le espera una muerte dolorosa.

Haciendo oídos sordos, continuo acercándose al fugitivo. Los perros aullaban sin control, algunos salieron huyendo del lugar, el hombre, con su escopeta apuntando directamente a él, no temía nada. Y apretó el gatillo nuevamente de su arma.

El disparo resonó en el bosque como una explosión, los pájaros que dormitaban placidamente en los árboles levantaron el vuelo buscando refugio en otro paraje.

Él no se explicaba como podía haberle sucedido. Un diestro y experto cazador, aun así, él salió herido de gravedad con un agujero en mitad del pecho.

Entre sollozos y lamentos no podía comprender como pudo haberse disparado el mismo en el pecho. Finalmente, murió tras unas largas dos horas de agonía.

Tras encontrarlo al día siguiente en el bosque, la partida de vecinos que salieron en su busca, pudieron comprobar que la escopeta había explotado por la parte de atrás, saliendo el gatillo en dirección opuesta, a la bala del pecho del hombre a gran velocidad, causándole la muerte.

El espectro continuo bagando por los bosques del pueblo y acechando a las casas de los vecinos. Ya nadie se le ocurre salir en busca del espectro, hacen oídos sordos o miran para otro lado cuando lo ven o lo escuchan.

Carlos Nieto

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