# El Cuarto Tapizado de Pergamino

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> **Publicado:** 2026-08-11T23:17:36+02:00
> **Categorías:** Pesadillas Master

## Resumen Ejecutado

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## Relato / Contenido Completo

Capítulo I: El Regreso del IndianoLa lluvia en la costa cantábrica no cae; se posa con la tenacidad de un sudario mojado. Mateo Valdés ajustó el cuello de su gabardina mientras observaba la silueta de La Casona de los Tres Arcos, erigida sobre un acantilado áspero cerca de Luarca. El edificio era un prodigio monstruoso de la arquitectura indiana de finales del siglo XIX: torres desiguales, azulejos de un azul cadavérico importados de Portugal y ventanales acristalados que miraban al mar como ojos vacíos sin párpados. Don Melquiades de la Torre había amasado una fortuna inconfesable en las plantaciones de azúcar de Cienfuegos antes de regresar a su Asturias natal para edificar aquel monumento a la soberbia.Como arquitecto conservador, Mateo había recibido el encargo de la junta patrimonial para evaluar la estructura antes de que la finca saliera a subasta pública. Los herederos habían muerto en circunstancias trágicas o se habían disuelto en la locura lejana de los sanatorios. La casa llevaba cuatro décadas cerrada, respirando el moho y el salitre de las galernas.El viejo guardés, un hombre encorvado llamado Braulio cuyas manos parecían raíces de roble seco, le entregó un manojo de llaves de hierro forjado. Su aliento olía a aguardiente y a un miedo añejo.—No se quede cuando caiga el orvallo, señor Valdés —murmuró el anciano, reacio a cruzar el umbral del pórtico—. Esta casa no está vacía. Guarda cosas que no son de piedra ni de madera. Don Melquiades trajó de ultramar algo más que sacos de oro y loros disecados. Trajo una deuda.Mateo, un hombre de ciencia, escuadra y cartabón, sonrió con una condescendencia profesional. Entró en el vestíbulo. El olor a humedad espesa, mezclado con un aroma rancio que recordaba a la grasa animal rancia y la cera vieja, lo envolvió de inmediato. Los suelos de castaño crujían bajo sus botas como huesos desgastados.Capítulo II: La Geometría CiegaDurante los tres primeros días, Mateo se dedicó a trazar los planos de la planta baja y la primera altura. Utilizó la plomada, la cinta métrica y el cinta de acero. Sin embargo, en la tarde del cuarto día, mientras cotejaba las medidas del ala oeste —donde se ubicaban la biblioteca y la capilla privada—, una anomalía matemática comenzó a obsesionarle.El pasillo exterior medía veinticuatro metros de longitud. La biblioteca ocupaba doce metros; la capilla, ocho. Teóricamente, solo quedaban dos metros de muro divisorio. Pero al medir la profundidad de ambas estancias desde sus respectivos interiores, Mateo descubrió un desfase incomprensible: faltaba un volumen de casi cuatro metros de ancho por seis de largo. Un cubo de sombra perfecto entre la fe del indiano y su erudición.—Un espacio ciego —se dijo Mateo en voz alta, escuchando cómo su propia voz rebotaba en las vigas del techo como un eco ahogado. No había puertas, ventanas ni registros en los planos originales de 1888.Armado con un escoplo de acero y una maza de pesado bronce que encontró en el taller del carruaje, el arquitecto regresó al fondo del pasillo del ala oeste. Allí, tras un tapiz descolorido que representaba el sacrificio de Isaac, la pared estaba recubierta por una gruesa capa de yeso y yesería barroca. Al golpear con la maza, el sonido no fue el retumbo sordo del ladrillo o la mampostería asturiana, sino un chasquido hueco, casi blando.Mateo asestó un segundo golpe. El estuco se quebró en grandes lascas, liberando una ráfaga de aire comprimido desde el interior. No olía a polvo de obra. Olía a mar muerto, a hierro oxidado y al pergamino húmedo de un archivo olvidado durante siglos.Capítulo III: Lo que Esconde la PiedraDetrás del enlucido rota no había fábrica de cantería. Apareció una puerta de hierro forjado, tachonada de remaches de latón y sellada con tres cerraduras independientes cuyas bocallaves habían sido rellenadas con plomo fundido. Alrededor del marco, alguien había grabado en el dintel una inscripción en un latín errático y tembloroso: «Ne me aperias, nam cutis clamat» (No me abras, pues la piel clama).El pánico instintivo le sugirió dar media vuelta, regresar a la villa y olvidar aquel encargo. Pero el orgullo del académico y la fascinación por el misterio vencieron al sentido común. Mateo empleó casi tres horas en taladrar las obturaciones de plomo utilizando sus brocas manuales y palancas de hierro. El metal cedió finalmente con un gemido agudo que pareció recorrer toda la estructura del palacete hasta los cimientos de la acantilado.La puerta se entreabrió un par de centímetros. Un aire tibio, inexplicablemente más denso que el de la casa, brotó de la grieta. La linterna de Mateo proyectó un haz de luz blanca sobre la oscuridad absoluta del interior.Al cruzar el umbral, la luz iluminó un recinto circular, desprovisto de muebles, ventanas o lámparas. No había vigas de madera ni ladrillos visibles. Todas las paredes, desde el zócalo hasta la cúpula cónica del techo, estaban tapizadas por una sustancia amarillenta, rugosa, cosida con hilo grueso de tripa en franjas verticales. Mateo se aproximó a la superficie más cercana y extendió la mano con el corazón martilleándole el pecho.No era papel. No era tela de telar. Al tacto, el material era suave pero firme, vagamente elástico, salpicado por pequeñas protuberancias alineadas y cicatrices pálidas. Se trataba de pergamino humano. Decenas de metros cuadrados de dermis tratada, curtida con alumbre y salitre, tensada sobre bastidores de avellano para revestir la piedra viva de la habitación.Capítulo IV: La Caligrafía del DolorEl horror absoluto paralizó a Mateo, pero la luz de su linterna reveló algo aún más aberrante. Todo el pergamino que cubría la estancia no estaba limpio: cada centímetro cuadrado estaba cubierto de una caligrafía diminuta, apretada, trazada con una tinta negruzca que destilaba un brillo cobrizo bajo el haz de luz. No eran oraciones ni textos sagrados.Mateo se acercó a leer una de las franjas a la altura de los ojos. La caligrafía pertenecía a varias manos distintas. Algunas sílabas eran elegantes y barrocas; otras eran trazos agónicos, arañados en la piel como con un clavo ardiente.«Día 14 de mayo de 1876. Don Melquiades me prometió la libertad de mi hijo si firmaba este pliego. Mintió. El hierro estaba caliente cuando cortaron mi espalda en la factoría de Cienfuegos. Mi voz se apaga, pero mi carne hablará cuando el indiano intente rezar...»Otra franja, escrita con trazos temblorosos en español antiguo, rezaba:«Nos vendió la tierra y el pan. Prometió traernos el progreso de las Indias y solo trajo la peste y el embargo de nuestras haciendas. Aquí quedamos grabados los diecisiete de la parroquia de San Martín. La casa que ha construido sobre nuestro dolor no se sostendrá sobre yeso, sino sobre nuestro último suspiro.»Mateo comprendió la verdad monstruosa de La Casona de los Tres Arcos. El indiano Melquiades de la Torre no había edificado su santuario con la simple riqueza del azúcar y la carne esclava. Había traído consigo las pieles de aquellos que habían muerto bajo su yugo, convirtiendo su santuario privado en un monumento de penitencia satánica o en una prisión mágica para acallar los fantasmas de sus víctimas. Cada pared era un registro contable de sufrimiento, un libro de contabilidad escrito sobre los restos de los desdichados.De pronto, el ambiente en la habitación cambió. El aire tibio se volvió denso, sofocante. Mateo notó que la superficie amarillenta de las paredes comenzaba a sudar. Gotas diminutas de un líquido viscoso y salado brotaron de los poros microscópicos del pergamino.Capítulo V: El Eco de las ParedesUn sonido bajo empezó a articularse desde los rincones. No venía de fuera; emergía del propio tejido de las paredes. Un murmullo en mil voces superpuestas, un siseo áspero, seco como las hojas en otoño, que repetía nombres, fechas, maldiciones e imprecaciones en lenguas lejanas y en el dialecto asturiano más profundo.El pergamino tensado pareció latir. Las costuras de tripa se hincharon. Mateo vio, aterrado, cómo bajo la capa tensada de la piel aparecían bultos, formas de dedos y rostros que presionaban deseperadamente desde la piedra hacia el interior de la habitación, intentando romper el cuero seco que los aprisionaba.—¡Señor Valdés! —resonó una voz lejana fuera de la estancia. Era Braulio, pero su grito sonaba amortiguado por millas de distancia.Mateo intentó retroceder hacia la puerta de hierro, pero sus pies tropezaron con el marco. Al caer de espaldas, su mano izquierda impactó de lleno contra el panel inferior del tapizado. Sintió un calor sofocante, casi febril, quemándole la palma. El pergamino no estaba muerto; absorbía la humedad de su piel, pegándose a sus dedos con un abrazo de succión sanguijuela.Con un alarido de puro terror, Mateo tiró de su brazo con todas sus fuerzas, dejando un jirón de su propia piel adherido al muro pergaminoso. Tropezó hacia el pasillo, arrastrándose sobre el polvo de la yesería rota mientras la puerta de hierro comenzó a cerrarse sola con un chasquido pesado de sus bisagras de forja.Antes de que la hoja de hierro se sellara por completo en la oscuridad, Mateo vio, bajo la última rendija de luz de su linterna abandonada en el suelo, cómo el jirón de su propia sangre se extendía sobre el pergamino en blanco de la esquina inferior derecha. Y ahí, con una caligrafía limpia y fresca que se dibujaba sola ante sus ojos horrorizados, el cuero comenzó a escribir su nombre:«Mateo Valdés, Arquitecto. Entró para medir la casa. Quedará para completarla.»Mateo corrió a través del pasillo, descendió las escaleras a ciegas y rompió los cristales del ventanal principal para arrojarse a la noche bajo la lluvia implacable de la costa asturiana. Dijeron en el pueblo que el arquitecto fue hallado tres días después en las rocas del acantilado, tiritando de fiebre, ensangrentado y repitiendo palabras incomprensibles sobre una casa que no tenía paredes de piedra, sino un corazón de papel que exigía ser escrito con la vida de quienes osaran medir su culpa.

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