El Espejo de las Ausencias: Crónica de una Expiación en la Mansión Valdemar

Capítulo I: El Marco de Ébano

La mansión Valdemar no estaba muerta, solo contenía el aliento. Sus pasillos olían a polvo antiguo y a esa humedad rancia que solo el abandono absoluto puede gestar. Yo había llegado allí buscando silencio, pero lo que encontré fue un susurro constante que parecía emanar de las mismas paredes. En el centro del salón principal, cubierto por una sábana que el tiempo había vuelto de color hueso, se alzaba el objeto. Un espejo de casi tres metros de altura, enmarcado en un ébano tan oscuro que parecía absorber la luz de mi linterna.

Cuando retiré la tela, el aire se volvió pesado, como si el vacío del espejo tuviera masa propia. No vi mi rostro. No vi la linterna temblando en mi mano. Lo que vi fue una habitación que no era la de la mansión. Era la habitación de mi infancia. El papel tapiz desconchado, el olor a alcanfor y, en el rincón, la silla donde ella solía sentarse. El espejo no reflejaba lo que estaba frente a él, sino lo que estaba dentro de mí, en ese sótano de la memoria donde guardamos los errores que nos definen.

El Eco de los Pasos

El silencio de la mansión fue roto por un sonido que no pertenecía al presente. Eran pasos ligeros, el roce de una falda de seda sobre el parqué seco. Me giré, pero el salón estaba vacío. Al volver la vista al espejo, ella estaba ahí. No era un fantasma, no era una aparición borrosa. Era Clara, con la misma mirada cargada de una tristeza infinita que me dedicó la última noche que nos vimos. Sus labios se movían, pero no salía sonido alguno. Me acerqué al cristal, y mi mano, en lugar de chocar con una superficie fría y dura, se hundió en un fluido viscoso, una neblina de azogue que me invitaba a pasar al otro lado.

Capítulo II: La Geometría del Remordimiento

Atravesar el espejo fue como sumergirse en agua helada que no moja. De repente, el salón de los Valdemar desapareció. Ya no estaba en una mansión abandonada, sino en el pasillo de mi antigua casa. Pero la geometría estaba mal. El pasillo era interminable, las puertas estaban a una altura que me obligaba a estirarme, y las sombras tenían garras que rozaban mi espalda cada vez que parpadeaba. Sentí ese terror visceral, el que nace cuando comprendes que las leyes de la física han sido sustituidas por las leyes del subconsciente.

Cada puerta que encontraba tenía una fecha inscrita en el dintel. Eran los días que yo había intentado olvidar. Al abrir la puerta marcada con el 14 de marzo, me encontré de nuevo en aquel hospital. El pitido de las máquinas era atronador, rítmico, como el latido de un corazón de metal. Vi mi propio rostro, más joven, más cobarde, dándose la vuelta y saliendo de la habitación mientras ella exhalaba por última vez. En este reino de ausencias, el castigo no es el dolor, sino la repetición infinita de nuestra propia cobardía.

La Presencia en la Penumbra

No estaba solo en ese laberinto de cristal y culpa. Algo se movía en las periferias de mi visión. Algo que no tenía forma, una amalgama de arrepentimientos que se arrastraba por las paredes. Lo llamé «El Archivista». Cada vez que intentaba huir, él me cerraba el paso, mostrándome un nuevo fragmento de cristal, una nueva escena de mi vida que yo había editado para poder dormir por las noches. «Aquí no hay mentiras», parecía decir el crujido de la madera bajo sus pies invisibles. «Aquí eres quien realmente eres».

Capítulo III: El Juicio Final del Reflejo

Finalmente, llegué al final del pasillo. Había una última puerta, sin fecha, sin nombre. Solo un pequeño espejo circular incrustado en la madera. Al mirar, no vi pecados, no vi pasados. Vi un vacío blanco. Entendí que esa era la puerta de la salida, pero el precio no era el olvido, sino la aceptación. Clara apareció de nuevo a mi lado. Su mano fría se posó sobre la mía. Ya no había tristeza en sus ojos, sino una espera paciente.

—¿Por qué no te quedas? —me susurró, y su voz sonaba como el cristal rompiéndose bajo la nieve—. Aquí nadie te juzga, porque tú eres el juez. Podemos vivir en este eterno reflejo, donde nada cambia, donde el tiempo es una ilusión de azogue.

Fue en ese momento cuando comprendí el verdadero horror de la Mansión Valdemar. No era un lugar de castigo divino, sino un refugio para los que no pueden perdonarse a sí mismos. Un bucle infinito de autoconmiseración decorado con marcos de ébano. Di un paso atrás, cerrando los ojos con una fuerza que me dolía. Grité su nombre, no como un ruego, sino como una despedida definitiva. El cristal estalló.

El Despertar en las Ruinas

Me desperté en el suelo del salón principal. La linterna se había quedado sin baterías y la luna filtraba una luz plateada a través del techo roto. El espejo estaba ahí, pero el marco de ébano estaba vacío. No había cristal, solo la pared de ladrillo desnudo y húmedo. Las sábanas blancas que lo cubrían se habían convertido en ceniza al tacto. Salí de la mansión mientras el sol comenzaba a teñir las nubes de un rojo herrumbre. Por primera vez en años, al mirar mi reflejo en un charco de lluvia, me reconocí. No era un hombre limpio, pero era un hombre que ya no necesitaba espejos para saber quién era.

Puntos de Inquietud:

  • La Mansión Valdemar: Un espacio físico que actúa como interfaz del subconsciente.
  • El Archivista: La personificación de la culpa que impide el olvido.
  • El Azogue: El elemento de transición entre la realidad y el reino de los lamentos.

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