# El Festín de las Sombras Olvidadas

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> **Publicado:** 2026-08-10T11:11:30+02:00
> **Categorías:** Pesadillas Master

## Resumen Ejecutado

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## Relato / Contenido Completo

Hay lugares en la provincia de Jaén donde el sol no parece calentar la tierra, sino secarla hasta convertirla en una costra cenicienta. Lugares donde los olivares no crecen rectos hacia la luz, sino retorcidos sobre sí mismos como condenados en suplicio, hundiendo raíces hambrientas en una piedra de la que brota un vaho rancio a manteca de cerdo y azufre. San Severo de la Peñuela es uno de estos enclaves proscritos. Borrado de los mapas catastrales a finales del siglo XIX tras un brote de locura colectiva que la historiografía oficial prefirió calificar de neumonía maligna, el pueblo yace dormido en las estribaciones más oscuras de la Sierra de Mágina, protegido por un cinturón de tajos graníticos y barrancos infértiles.Yo llegué a San Severo un martes de octubre, empujado por la curiosidad morbosa del anticuario y la imprudencia propia de quienes confunden el folclore con la mera fábula. Llevaba conmigo un cuaderno de tapas de cuero, dos quinqués de carburo y el peso de una leyenda que me había sido relatada en una taberna de Úbeda por un viejo tratante de ganado: la historia de la mesa de la Casa Consistorial y el convite de los incorpóreos.Capítulo I: La villa del silencio mineralEl camino de herradura que conduce a San Severo se pierde entre malezas de esparto y pedregales áridos. A medida que ascendía, acompañado únicamente por el crujido de mis botas sobre la piedra caliza y el graznido distante de las cornejas, el aire comenzaba a espesarse. No era el frío habitual de la montaña jiennense, sino una densidad malsana, un hedor a yeso húmedo, carne curada al humo y vino avinagrado que parecía filtrarse desde las grietas de la tierra.Las casas de la villa se alzaban a ambos lados de la rúa principal como una hilera de dientes podridos. Las fachadas de mampostería, carcomidas por el musgo seco y la intemperie, mostrabran vanos desdentados donde otrora existieron portones de roble y ventanales de rejería. Ni un solo perro ladraba; ni un triste gorrión se atrevía a posarse en los aleros ennegrecidos. La desolación era absoluta, un vacío mineral que aplastaba el tímpano con la fuerza de un martillo de plomo.En el centro de la plaza mayor, frente a una fuente de piedra con el vaso seco y repleto de restos óseos de pequeños roedores, se erigía la Casa Consistorial. Era un edificio sobrio del siglo XVII, con fachada de sillería y un escudo heráldico cuyos cuarteles aparecían sistemáticamente picados a cincel, como si alguna generación posterior hubiera intentado borrar la huella de la linajuda familia que allí gobernó. El dintel de la entrada lucía una inscripción en latín borrosa pero aún legible: «Non nobis, sed umbris» —No para nosotros, sino para las sombras.Ajusté la correa de mi mochila y empujé la pesada puerta de cuarterones. El gozne emitió un gemido metálico que resonó por las calles muertas como el alarido de una bestia herida. Al cruzar el umbral, el tiempo pareció detenerse por completo. Aquella noche, según mis cálculos astronómicos, la luna se ocultaría tras la cumbre del monte Almadén, dejando la serranía sumida en la negrura más estricta: la luna nueva, la noche señalada para el banquetazo de los olvidados.Capítulo II: La mesa del catafalcoEl interior del consistorio olió de inmediato a cera rancia, pergamino roído y a un matiz metálico imperceptible que me recordó instintivamente al sabor de la sangre fresca en la lengua. La planta baja albergaba las antiguas mazmorras y el depósito del pósito municipal, pero una escalera de caracol de piedra caliza conducía directamente al salón de plenos, en la planta noble.Subí los escalones con cautela, sosteniendo en alto mi linterna de carburo. La luz amarillenta proyectaba sombras deformes que bailaban sobre las paredes desconchadas. Al alcanzar el descansillo, la estancia principal se abrió ante mí en toda su pavorosa majestad. Era un salón amplio, de techos altos cruzados por enormes vigas de pino de la sierra, negras por el hollín. Pero no fueron los cuadros barrocos de retratos anónimos ni las arañas de hierro forjado lo que congeló el aliento en mi garganta, sino el mueble que ocupaba el centro exacto de la estancia.Allí reposaba una mesa majestuosa, de al menos seis metros de longitud, labrada en nogal macizo con patas en forma de garras de león que se clavaban en las losas de piedra. Sobre ella, contrariando toda lógica y toda ley natural en un pueblo donde no habitaba un alma desde hacía décadas, se extendía un mantel de lino impoluto, tan blanco que parecía emitir una fosforescencia propia en la penumbra.Distribuidos a distancias milimétricas a lo largo del tablero, descansaban doce servicios completos. Doce platos de peltre brillante, doce cálices de plata repujada, doce juegos de cubiertos de pesado metal con los mangos tallados en forma de espinas y doce servilletas de tela dobladas en elegantes pirámides. En el centro de la mesa, un enorme candelabro de doce brazos sostenía gruesos cirios de cera negra, cuya mecha permanecía intacta, a la espera del fuego.Me aproximé con el corazón martilleando contra mis costillas. Alargué la mano temblorosa hacia uno de los platos. No había una sola mota de polvo sobre el lino. La loza estaba fría como el hielo de un pozo, pero el aire que flotaba a pocos centímetros por encima del mantel irradiaba un calor tenue, similar al de un horno que empieza a encenderse en una cocina distante.Capítulo III: El pacto del Año del HambreSaqué de mi gabán el cuaderno donde había transcrito los fragmentos del legajo conservado en el Archivo Histórico Diocesano de Jaén, fechado en 1693, el ominoso «Año del Hambre Atroz». En aquel invierno inclemente, las cosechas de oliva se congelaron, las epidemias devoraron la ganadería y el aislamiento convirtió a San Severo en un pozo de desesperación. Las crónicas hablaban de que el Corregidor, Don Baltasar de Zúñiga, junto a los once regidores del cabildo, se encerraron en la Casa Consistorial mientras el pueblo perecía en los aceras, suplicando por un puñado de harina o una corteza de tocino.Los murmullos de la época aseguraban que los doce notables no murieron de inanición. Que cerraron las puertas a cal y canto y celebraron una cata secreta, sacrificando la poca sangre juvenil que quedaba en la villa para sellar un pacto con las potencias que moran en las entrañas de la tierra. Un acuerdo que les garantizaba viandas eternas y la exención del juicio divino a cambio de un tributo perpetuo de memoria y carne en cada ciclo de luna negra.De pronto, un viento helado cruzó el salón, a pesar de que todas las maderas de las ventanas permanecían firmemente atrancadas. Las mechas de los doce cirios negros del candelabro central se encendieron simultáneamente con un chisporroteo seco. La llama no era amarilla ni naranja; era de un azul espectral, cianótico, que proyectaba hacia el techo una luz fría e implacable.El reloj de la torre, cuyo mecanismo llevaba más de un siglo oxidado y roto, dejó oír un chasquido metálico en las tripas de la pared. La campana de bronce de la villa tronó doce veces. Un sonido sordo, ahogado, como si vibrara debajo de una masa de tierra húmeda.—Ha comenzado —susurré, y la voz se me quebró en la garganta.Capítulo IV: El banquete de las tinieblasMe refugié tras un pesado bargueño de caoba que se alzaba en un rincón de la sala, ocultándome entre las sombras más densas mientras apagaba mi lámpara de carburo. La única luz procedía ahora del candelabro azulino que presidía la mesa.El aire del salón mutó vertiginosamente. El hedor a encierro desapareció, sustituido por una marejada de aromas gastronómicos tan densa que producía náuseas: la grasa de un lechón asado en su jugo, el tuétano cocido con romero, morcillas destilando comino y sangre, vino rancio macerado en especias de Oriente y pan recién horneado con corteza dorada. Mis tripas rugieron por un instinto primario y salvaje, a pesar de que el horror me atenazaba las entrañas.Entonces comenzaron los ruidos. No vi cuerpos transparentes ni siluetas definidas entrando por la puerta. El horror de San Severo era mucho más sutil y monstruoso. Escuché el arrastrar metálico de las sillas de cuero al ser desplazadas sobre el pavimento de piedra. Doce sillas se movieron a la vez, acomodándose en la mesa como si doce cuerpos de un peso invisible e inmenso se hubieran sentado bruscamente sobre sus asientos.Las copas de plata resonaron al ser levantadas. El líquido que contenían —un vino espeso, negruzco, que manchaba los bordes con la densidad del mercurio— apareció de la nada, llenando los recipientes hasta el borde. En los platos de peltre surgieron tajadas de carne humeante, vísceras gelatinosas que palpitaban levemente y hogazas de pan negro que crujían al ser partidas por manos que no se veían.El salón se llenó de una sinfonía macabra: el chasquido de mandíbulas invisibles triturando cartílagos, el deglutir goteante de gargantas secas, el chocar implacable de los cubiertos de plata sobre el peltre. Escuché murmullos. Voces guturales, arrastradas, que hablaban un castellano arcaico, espeso, trufado de expresiones eclesiásticas y juramentos olvidados.—«Bendito sea el señor de las grietas que nos da el pan de los difuntos» —susurró una voz pegada a la cabecera de la mesa, con la resonancia de quien habla dentro de un pozo lleno de lodo.—«Toma, fray Jerónimo, la asadura está en su punto. Sangra aún como la de la hija del molinero» —respondió otra voz a la derecha, seguida por una risotada seca, similar al crujido de hojas secas al ser pisoteadas.Ver los tenedores levantarse solos en el aire, pinchar pedazos de carne sanguinolenta y desaparecer en un punto indeterminado del espacio donde resonaba un masticar suculento me produjo un mareo destructivo. Las servilletas de lino se desdoblaban solas, flotaban un segundo en el aire para limpiarse comisuras invisibles y volvían a posarse sobre el mantel, manchadas de una grasa oscura y fluorescente.Capítulo V: El decimosegundo comensalEl espectáculo se prolongó durante lo que me parecieron siglos. Yo permanecía acurrucado tras el mueble, con las manos presionando con fuerza mi boca para evitar que el sonido de mi respiración acelerada me delatara. Pero la mente humana tiene un límite de contención ante la manifestación de lo abominable.Al mirar con más detenimiento el extremo opuesto del salón, me percaté de un detalle que me heló el tuétano: la silla situada en la presidencia de la mesa, la correspondiente al Corregidor Don Baltasar de Zúñiga, estaba ocupada por una masa de penumbra más densa que la noche exterior. Sin embargo, la silla a su izquierda, la última de la hilera lateral... estaba vacía. El plato de peltre frente a ella permanecía limpio; la copa de plata, vacía; la servilleta, inmaculada.De pronto, el chasquido de los cubiertos cesó de golpe. El silencio absoluto volvió a desplomarse sobre la estancia, roto únicamente por el crepitar punzante de los doce cirios de llama azul.Sentí doce presencias invisibles girando sus cabezas incorpóreas hacia mi escondite. No había ojos que me miraran, pero la presión telúrica de sus miradas invisibles cayó sobre mí como una losa de tonelada y media.—«Hermanos...» —resonó la voz cavernosa del Corregidor desde la cabecera, congelando la sangre en mis arterias—. «El festín está incompleto. El servicio está dispuesto, pero falta la sangre nueva para renovar la sal».Un impulso irreprimible, una fuerza magnética e irresistible que emanaba del propio suelo de la Casa Consistorial, me obligó a ponerme en pie. Mis piernas no me obedecían; se movían con la rigidez de las extremidades de un autómata. Salí de la sombra del bargueño y me expuse a la luz fantasmal del candelabro.La silla vacía de la mesa se desplazó lentamente hacia atrás, produciendo un chirrido de madera contra piedra que sonó en mis oídos como el toque de difuntos de mi propia alma. La copa frente a la silla comenzó a llenarse de un líquido caliente que brotaba del aire mismo, mientras que en el plato de peltre se materializó un trozo de carne cruenta, humeante, que despedía un olor que mi instinto reconoció antes de que mi cerebro pudiera procesarlo: el olor de mi propia piel, el aroma de mi propia estirpe.—«Toma tu lugar, cronista» —murmuró una voz al lado de mi oreja, tan cercana que sentí el soplo de un aliento helado rancio a cecina en mi cuello—. «Llevamos un siglo esperando a quien venga a redactar el acta de nuestro aniversario. Come con nosotros. Sella el voto. La sierra es grande y la luna nueva nunca acaba».Traté de gritar, de invocar una oración, un nombre, algo que me anclara al mundo de los vivos, pero mi boca solo dejó salir un estertor ahogado. Mis manos, actuando al margen de mi voluntad terrorífica, se extendieron hacia los cubiertos de espinas. Sentí el contacto del metal helado en los dedos. La carne en el plato latía suavemente, invitándome, exigiéndome. Entendí entonces por qué San Severo de la Peñuela nunca figuraría en los mapas modernos: nadie que presenciara el banquete de las sombras podía regresar para dibujar el camino.

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