Capítulo I: La Sombra sobre el Guadalaviar
Hay un silencio particular en Albarracín que no pertenece a este mundo. Es un mutismo antiguo, petrificado en la arcilla rojiza de sus murallas y en el entramado laberíntico de sus callejuelas medievales. Quien haya contemplado el pueblo al atardecer, cuando las sombras se alargan sobre el tajo del río Guadalaviar como dedos famélicos, sabrá que las rocas parecen custodiar un secreto implacable. Pero existe un lugar donde ese silencio se quiebra con una cadencia atroz: el barranco del Infierno, allí donde se alzan las ruinas decrépitas del Molino del Diablo.
Llegué a la villa a mediados de noviembre, impulsado por una fascinación enfermiza hacia los folclores extintos de la provincia de Teruel. Como historiador y anticuario, había leído menciones veladas en manuscritos del siglo XVII sobre una estructura hidroeléctrica y harinera anterior a la repoblación cristiana; un edificio erigido sobre basamentos romanos o quizás más antiguos, de cuya muela jamás brotó trigo limpio. Los lugareños de edad avanzada, aposentados en las sombrías tabernas de la Plaza Mayor, evitaban pronunciar el nombre del barranco. Solamente Don Eusebio, un anciano de piel curtida y ojos nublados por las cataratas, se atrevió a hablar tras consumir tres copas de aguardiente.
—No acerque sus pasos a la corriente cuando el cierzo aúlle, señorito —me advirtió, aferrando mi muñeca con garras temblorosas—. Ese molino no muele el grano de la tierra. La piedra fue tallada en una noche sin luna por manos que no tenían coyunturas humanas. Cuando el cielo se rompe en tormenta, el agua del Guadalaviar huye hacia atrás y la muela gira a contranatura. De entre sus junturas no sale harina blanca, sino la ceniza del Infierno. Quien la toca, no vuelve a ver la luz del sol sin desear arrancarse los ojos.
Aquellas palabras, lejos de amedrentarme, actuaron como un veneno en mi razón. La lógica del hombre moderno es una coraza débil frente al abismo de la curiosidad. Esa misma noche, el cielo sobre la sierra de Albarracín se tiñó de un violeta enfermizo, presagio de una tempestad de proporciones dantescas.
Capítulo II: La Noche del Cierzo Desatado
A medianoche, la tormenta descargó su furia sobre los tejados de entramado de madera y yeso. Los truenos retumbaban contra las rocas del meandro con el estruendo de cañones celestiales. El viento soplaba con una violencia tal que parecía querer arrancar las casas colgadas de sus cimientos pétreos. Envuelto en mi capote de lana gruesa y pertrechado con un farol de aceite de latón, abandoné la posada sin ser visto y me adentré en la noche vertiginosa.
El camino hacia la garganta del río era una senda angosta, embarrada y flanqueada por carrascas retorcidas que se agitaban como espectros agónicos. El agua de la lluvia me cegaba, helada como el aliento de un cadáver. A medida que descendía hacia las honduras del desfiladero, el rugido del río se volvía más ensordecedor, pero pronto un sonido diferente, maquinal y bronco, comenzó a abrirse paso a través del fragor del trueno.
Era un crujido metálico y pétreo. Un metálico clac-clac-clac combinado con la fricción pesada de dos moles de granito rozándose. El corazón me dio un vuelco en el pecho. Las ruinas del molino llevaban abandonadas más de dos siglos; las vigas estaban podridas y la mecanicidad del azud yacía sepultada bajo metros de lodo y maleza. Era imposible que algo estuviera funcionando allí abajo.
Llegué a la explanada del barranco. El farol proyectaba una luz amarillenta y vacilante que apenas lograba perforar la negrura líquida de la tempestad. Allí, recortado contra el cortado de la roca roja, se alzaba el molino. La estructura de piedra caliza parecía beberse las sombras. Y entonces lo vi: la enorme rueda hidráulica de madera de roble negro no estaba parada. Giraba. Pero no lo hacía impulsada por el cauce embravecido del Guadalaviar. Giraba en sentido contrario a la corriente, levantando borbotones de agua espumosa y negra como la pez, desafiando las leyes más elementales de la física.
Capítulo III: El Engranaje de lo Imposible
Un escalofrío cósmico recorrió mi espina dorsal, una certeza absoluta de estar en presencia de una blasfemia geométrica. El impulso de huir me paralizó los músculos, pero una fuerza magnética, hipnótica y perversa me empujó hacia la portada de arco de medio punto de la edificación.
Crucé el umbral. El interior del molino olía a humedad ancestral, a humedad de tumba abierta mezclada con un tufo metálico parecido al de la sangre estancada y al ozono. El ruido dentro era ensordecedor. Las vigas del techo, carcomidas por los siglos, gemían bajo una tensión invisible. En el centro de la estancia, la gigantesca muela superior —la piedra volandera— giraba desenfrenadamente en sentido antihorario sobre la muela solera.
No había grano en la tolva. La madera de la tolva estaba seca, carcomida, repleta de telarañas fosilizadas. Y sin embargo, entre el intersticio de las dos muelas infernales, comenzaba a manar un polvo denso, de una negrura tan absoluta que parecía absorber la humilde luz de mi farol. No era hollín, ni carbón. Era una sustancia de una finura extrema, una harina de sombra pura que caía en el harinal acumulándose en una pirámide perfecta.
Me acerqué como quien camina en un sueño preñado de pesadillas. El frío que emanaba de aquella harina negra era casi palpable; helaba el aire a su alrededor, condensando mi aliento en una neblina blancuzca. Sentí un murmullo en mi cabeza, un cuchicheo articulado en una lengua abisal, anterior a los hombres, anterior a las estrellas. Las vibraciones del molino no resonaban en mis oídos, sino directamente en la masa gris de mi cerebro.
«Toca el pan de los siglos», parecía insinuar la brisa impía que circulaba por la estancia. «Mira la verdadera carne de la tierra».
Perdí el juicio. La cordura es un velo muy fino que se rasga al menor contacto con lo desconocido. Extendí mi mano diestra, me despojé del guante de cuero y dejé que los yemas de mis dedos tocaran la cumbre de aquella harina tenebrosa.
Capítulo IV: La Visión del Abismo
El mundo físico se disolvió instantáneamente.
No hubo dolor, sino una expansión violenta y pavorosa de mi conciencia. En el preciso segundo en que mi piel entró en contacto con la harina negra, fui arrojado a un océano de visiones macabras e intemporales. Vi la Sierra de Albarracín miles de años atrás, antes de que el ser humano erigiera el primer altar. Vi criaturas titánicas y desproporcionadas, masas de carne informes y ojos múltiples que reptaban por las cavernas subterráneas sobre las que hoy se asienta la ciudad.
Comprendí la verdad del molino: no era una construcción para moler alimento, sino un sello. Un artefacto mecánico concebido para desmenuzar la masa corrupta de una entidad aprisionada en las entrañas de la roca roja, cuya sangre era procesada y purgada en forma de ese polvo negro durante las noches de conjunción tormentosa. Vi los rostros de todos los hombres que, a lo largo de los siglos, habían osado tocar la harina. Vi a un monje del siglo XIV sacándose los ojos con un punzón de hierro mientras reía desquiciado; vi a un pastor del siglo XVIII degollando a su propio rebaño para alimentar la tolva vacía con entrañas sangrientas.
Y me vi a mí mismo. Vi mi propio cuerpo postrado en la penumbra del molino, mientras mi mente era devorada por la inmensidad del abismo. Contemplé la historia entera del universo no como un progreso, sino como una lenta y agónica desintegración hacia la nada. Sentí los gusanos royendo mi carne futura; presencié la muerte del sol y el enfriamiento cósmico de las galaxias. Era un conocimiento demasiado vasto, demasiado vil para ser albergado por un cráneo humano.
Traté de gritar, pero mi garganta estaba llena de esa arena negra y sutil. La harina penetraba por mis poros, se colaba bajo mis uñas, infectaba mi sangre con la negrura de los tiempos olvidados. Las imágenes se agolpaban con una velocidad demente: cuerpos mutilados danzando bajo una luna de color verde podrido, ciudades de piedra negra hundidas en mares de bilis, y en el centro de todo, la rueda del molino girando eternamente, triturando las almas de los condenados.
Capítulo V: Las Secuelas de la Harina Maldita
No sé cómo logré romper el transe. Supongo que el instinto primario de supervivencia del animal que llevamos dentro se sobrepuso al colapso mental. Un rayo cayó de lleno sobre la cubierta del molino, haciendo estallar una de las vigas maestras en una lluvia de chispas y fuego. La explosión me arrojó hacia atrás, haciénadome golpear violentamente contra el suelo de piedra helada.
La linterna se había apagado. Estaba en la más absoluta oscuridad, rodeado por el rugido del agua y el olor a azufre. Me arrastré a ciegas sobre el barro y la ceniza, chillando como un animal degollado, sintiendo que la harina me cubría la cara y las manos. Gateé hacia el umbral, guiado únicamente por los relámpagos que iluminaban intermitentemente el exterior.
Con las fuerzas que me quedaban, me puse en pie y corrí. Corrí por el desfiladero como si las legiones del Infierno pisaran mis talones. Tropecé decenas de veces, me laceré las manos contra los pedregales y las zarzas, pero no me detuve hasta alcanzar las primeras casas de Albarracín. Caí inconsciente junto a la puerta de la iglesia de Santa María.
Me encontraron al alba, empapado, tiritando y balbuceando incoherencias. Han pasado tres meses desde aquella noche y me encuentro recluido en este caserón de Madrid del que no me atrevo a salir. Los médicos dicen que sufrí un episodio severo de fiebre cerebral a causa de la exposición a los elementos. Se equivocan.
Ellos no ven lo que yo veo. La harina negra no se quitó de mi piel con agua ni jabón; permanece incrustada en los poros de mis yemas y bajo mis uñas como un tatuaje de sombra. Y lo peor no es la marca física. Lo peor es que, cada vez que cierro los ojos para intentar dormir, la visión regresa. No hay penumbra en mi habitación que sea limpia; veo las criaturas subterráneas de Albarracín moviéndose entre las esquinas de mi dormitorio. Veo la descomposición en los rostros de los vivos. Veo el fin de todas las cosas.
Y cuando en la distancia escucho el retumbar de un trueno, sé que la tempestad ha vuelto a la sierra de Teruel. Sé que el agua del Guadalaviar ha comenzado a fluir hacia atrás, y que la muela del Molino del Diablo gira nuevamente a contranatura, esperando a que otra alma toque la cosecha del abismo.
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