# El Pasillo Infinito

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> **URL:** https://relatando.com/el-pasillo-infinito/
> **Publicado:** 2026-08-26T23:02:59+02:00
> **Categorías:** Horror Psicológico

## Resumen Ejecutado

🎧 Lectura Inmersiva con Melodías de Fondo ⏱️ Tiempo de lectura: 11 min • Mezcla de música misteriosa de piano y violín 🔊 ESCUCHAR LECTURA...

## Relato / Contenido Completo

Capítulo I: La Penumbra HabitadaHay un instante ambiguo entre el sueño profundo y la vigilia donde la realidad pierde sus aristas más afiladas. Para Clara, ese instante quedó marcado por el latido sordo de su propia vejiga y la aridez de una garganta seca. Eran las tres y catorce de la madrugada cuando sus ojos se abrieron en la penumbra del dormitorio. El silencio de Madrid a esa hora no era una ausencia de ruido, sino una humedecida quietud que se filtraba desde la calle del Barco, atravesando los ventanales de madera vieja de su piso en Malasaña.El piso era una propiedad heredada de su tía abuela: ochenta metros cuadrados de parquet crujiente, techos altos con molduras de yeso desconchado y un pasillo recto que conectaba el dormitorio principal con el cuarto de baño. Era una distancia que Clara conocía de memoria. Cuatro metros exactos. Seis pasos si caminaba despacio; cuatro si apresuraba el ritmo sobre las tablas rotas que jamás había conseguido ajustar del todo al suelo.Se despojó de la sábana de lino con la pereza propia de la noche. El frío de octubre le erizó el vello de los antebrazos cuando sus pies descalzos tocaron la madera. Sin molestarse en encender la lámpara de noche para no desvelarse por completo, avanzó a tientas hacia el marco de la puerta. Su mano izquierda buscó el interruptor del pasillo por puro hábito mecánico. El chasquido del conmutador resonó con la claridad de un hueso al fracturarse, pero la luz no acudió a la llamada. La bombilla de filamento, pensó con un leve suspiro de fastidio, había terminado de fundirse.No importaba. Había recorrido aquel pasillo a ciegas un millar de veces. La escasa claridad que entraba por el tragaluz del salón, situado a la izquierda, dibujaba una franja grisácea sobre la pared empapelada con ese diseño victoriano de tallos y hojas ramificadas que su tía abuela nunca quiso arrancar. Clara dio el primer paso fuera del dormitorio. El parquet gimió bajo su peso con su sonido habitual, seco y antiguo. Uno.Capítulo II: La Dilatación del MetrónomoDijo dos en el silencio de su mente, arrastrando el pie derecho sobre la alfombra pasillera que recorría la mitad del trayecto. El tacto de la lana áspera bajo las plantas de sus pies era reconfortante, un ancla familiar en medio de la oscuridad nocturna. Sin embargo, al dar el tercer paso, una corriente de aire extrañamente densa y helada le rozó la nuca. No era la brisa filtrada de una ventana mal cerrada; olía a cal apagada, a polvo seco guardado durante siglos en un arcón hermético, a la humedad acre de las galerías subterráneas.Avanzó dos pasos más. Cuatro. Cinco. Ya debería haber sentido bajo el empeine el umbral de mármol frío que separaba el piso de madera del alicatado del cuarto de baño. Extendió el brazo derecho hacia adelante, esperando tocar el picaporte de latón o el marco barnizado. Sus dedos solo hendieron el aire vacío y gélido.Frunció el ceño, detenida en el sitio. Un malestar sutil, un escalofrío de náusea abstracta, comenzó a gestarse en el fondo de su estómago. Apoyó la palma de la mano en la pared lateral para orientarse. Sentía el relieve del papel pintado: las hojas rugosas, las tallos entrelazados. Caminó tres pasos más sin despegar la mano. Nada. La puerta del baño no estaba allí.—Qué demonios... —murmuró. Su voz sonó pequeña, sofocada por una atmósfera que parecía haberse vuelto insólitamente pesada.Miró hacia atrás. La puerta de su dormitorio permanecía abierta, recortada como un rectángulo de sombra ligeramente más clara a pocos metros de distancia. Decidió dar la vuelta. Quizá, aturdida por el sueño, se había desviado hacia el pequeño recoveco donde guardaba los abrigos. Dio cuatro pasos en sentido contrario, pero la puerta de su habitación no se acercó. Continuaba allí, exactamente a la misma distancia, flotando en el fondo de la penumbra como una meta inalcanzable.Un sudor frío y viscoso brotó en las sienes de Clara. Se llevó la mano izquierda a la muñeca. Llevaba puesto su viejo reloj analógico de esfera fosforescente. Las agujas marcaban las tres y veinticinco. Habían pasado más de diez minutos desde que se levantó de la cama. Diez minutos para recorrer un pasillo de cuatro metros.Capítulo III: La Geometría AlteradaEl pánico no irrumpe siempre como una explosión de gritos; a menudo se instala como una certeza fría e implacable que paraliza las articulaciones. Clara se pegó a la pared, apoyando toda la espalda contra el papel pintado. Podía sentir la madera del rodapié apretando contra sus talones. El pasillo, que siempre había sido una simple arteria de tránsito doméstico, se revelaba ahora como una garganta de proporciones atroces e insensatas.Intentó acelerar el paso. Comenzó a trotar, manteniendo la mano pegada a la pared para no perder el equilibrio en la penumbra. Los chasquidos del parquet se sucedieron en una ráfaga frenética: clac, clac, clac, clac. El aire se volvía cada vez más difícil de respirar, tan seco que le abrasaba la garganta. Miró hacia adelante: el corredor se extendía ad infinitum, perdiéndose en una bruma grisácea donde los contornos de las paredes parecían curvarse en ángulos que desafiaban la razón humana.No había puertas a los lados. Las molduras del techo, que solían ser rectas, semejaban ahora las vértebras de una criatura colosal fosilizada en el edificio. Los motivos vegetales del papel de la pared parecían retorcerse a medida que los rozaba con los dedos; los tallos dibujados ya no eran flores, sino garras delgadas que intentaban aferrarse a su bata de estar por casa.—¡Hola! —gritó, y su propia voz regresó a ella rebotada por docenas de ecos lejanos, amortiguados, como si se encontrara en la nave central de una catedral construida bajo tierra—. ¡Alguien! ¡Nuria!Mencionó el nombre de su vecina del piso de abajo, pero la palabra cayó al suelo con el peso de una piedra muerta. Nadie podía oírla. Estaba atrapada en una falla de la arquitectura de su propia vivienda, en una grieta espacial que se había abierto en el corazón del edificio mientras ella dormía.Se detuvo, exhausta, con el corazón martilleándole las costillas como un pájaro enjaulado. El reloj marcaba ahora las tres y cuarenta y dos. Llevaba casi media hora caminando en línea recta dentro de un piso de ochenta metros cuadrados.Capítulo IV: Los Habitantes del LímiteFue entonces cuando escuchó el primer crujido que no provenía de sus propios pies.Se produjo a sus espaldas, a una distancia indefinida dentro de la oscuridad del pasillo que acababa de dejar atrás. Era un sonido húmedo, suave, como el de una esponja saturada de agua que es pisoteada lentamente contra la madera. Clara se giró sobre sí misma con la espalda pegada a la pared rústica, manteniendo los ojos desencajados por el terror.En la lejanía, la puerta de su dormitorio había comenzado a empequeñecerse hasta convertirse en un mero punto de luz moribunda, pero entre esa luz y su posición, algo se movía. No era una figura humana; era una densidad diferente en la sombra, una masa encorvada que reptaba aprovechando los rincones donde la oscuridad era más absoluta. La criatura, si es que poseía alguna forma orgánica reconocible, parecía estar compuesta por la misma materia de los años olvidados, un residuo de tiempo estancado que habitaba los espacios que la geometría común rechaza.Un olor a ozono mezclado con putrefacción vegetal anegó sus fosas nasales. Clara dejó escapar un sollozo ahogado. Comprendió con una claridad espantosa que el pasillo no se había alargado por azar; había sido estirado desde el otro lado, desenrollado como una cinta métrica por algo que aguardaba en la penumbra a que los desprevenidos abandonaran la seguridad de sus camas.—No es real —se dijo a sí misma en un susurro febril, cerrando los ojos con fuerza—. Es un terror nocturno. Es una parálisis del sueño. Despiértate, Clara. Despiértate ya.Apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas. Contó hasta tres y volvió a abrir los ojos. La oscuridad continuaba allí. El aire helado continuaba allí. Y el arrastre húmedo se encontraba ahora notablemente más cerca. Podía oír una respiración sibilante, un silbido asmático y cavernoso que salía de algún lugar situado a apenas un par de metros por encima del suelo.Capítulo V: La Disolución del UmbralLlevada por el pánico ciego de la presa acorralada, Clara echo a correr con todas las fuerzas que le quedaban en las piernas. Ya no le importaba tropezar, ni la sequedad que le desgarraba los pulmones. Corrió a través de la nada lineal, viendo cómo las paredes a sus lados perdían su consistencia fáctica y se transformaban en láminas de sombras fluctuantes. El papel pintado se desprendía en jirones que flotaban en el aire como mariposas muertas.El tiempo perdió toda proporcionalidad. Las agujas de su reloj giraban desbocadas o quizás era su propia percepción la que se había fragmentado. Corrió durante lo que le parecieron horas, días, eras enteras dentro de una galería sin principio ni fin. Sus pies sangraban, cortados por astillas invisibles que sobresalían de las tablas del suelo, pero el dolor era solo un murmullo lejano comparado con la presencia que la perseguía, la cual ganaba terreno con una paciencia milenaria.De pronto, a lo lejos, vio un destello blanco. Un azulejo. Una esquina de porcelana reflectante.El cuarto de baño. La puerta estaba entornada y una luz blanca, casi quirúrgica, emanaba de su interior. Clara emitió un chillido de esperanza y apretó el paso, estirando los brazos hacia la apertura. El olor a jabón y a agua limpia pareció rasgar la atmósfera podrida del corredor.Llegó al umbral. Tropezó con el escalón de mármol y cayó de rodillas sobre el suelo de gres frío. El golpe fue seco y doloroso, pero la sensación de la cerámica bajo sus manos le produjo una dicha casi mística. Lo había logrado. Había salido del abismo.Se giró rápidamente sobre sus nalgas para cerrar la puerta de golpe antes de que aquello que la seguía pudiera alcanzarla. Estiró la mano hacia el picaporte de latón. Sin embargo, al mirar hacia el pasillo desde el interior iluminado del cuarto de baño, su mente terminó de fracturarse.El pasillo ya no estaba. Al otro lado del umbral no había un corredor, ni su dormitorio, ni la casa de su tía abuela. Solo había una vasta e infinita llanura de tablas de parquet oscuras bajo un cielo sin estrellas, atravesada por miles de paredes solitarias que se cruzaban formando un laberinto sin techo. Y en el umbral adyacente, a solo un paso de distancia, vio su propia figura, de espaldas, comenzando a caminar descalza hacia la penumbra de un nuevo corredor que no llevaba a ninguna parte.Clara intentó gritar, pero de su boca solo salió el crujido seco de una tabla de madera al romperse.

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