# El Radioaficionado Solitario en la Banda Ciudadana de la N-IV

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> **Publicado:** 2026-10-27T17:00:14+01:00
> **Categorías:** Terror en la Carretera

## Resumen Ejecutado

Un camionero solitario escucha una siniestra respiración en la Banda Ciudadana de la N-IV. ¿Te atreves a sintonizar el canal 19 esta noche?

## Relato / Contenido Completo

El aceite hirviente apestaba a pescado podrido dentro del cárter y el salpicadero crujía como una caja de huesos secos cada vez que las ruedas delanteras mordían las juntas de dilatación del asfalto. Mateo apretaba los dientes hasta notar el sabor metálico de sus propias encías. Llevaba dieciocho horas consecutivas al volante del mastodonte de cuatro ejes, transportando treinta toneladas de ácido fluorhídrico que respiraban en sus cisternas como una bestia dormida. La noche caía sobre los desiertos secos de la Nacional IV como una plancha de plomo fundido, borrando las líneas blancas de la calzada y dejando únicamente el haz tembloroso de los faros halógenos, que apenas cortaban una cortina densa de mosquitos muertos y neblina baja. Para combatir el sopor que le pesaba en los párpados como monedas de cobre, había girado la ruleta de la emisora de banda ciudadana hasta encontrar el canal diecinueve. La estática era un oleaje constante, un crujido de grasa frita y tormenta estática que raspaba el fondo de los oídos, hasta que la estática parió una respiración.I. La Frecuencia del ÓxidoEra un soplo corto, húmedo, pegado al micrófono de mano de la emisora Cobra. Mateo parpadeó, buscando con la mirada el arcén desierto donde solo crecían matas de espartero seco y siluetas de olivos achaparrados que parecían mendigos arrodillados. Pensó en los bromistas habituales de la ruta, los chatarreros nocturnos o los transportistas aburridos que lanzaban improperios al aire para matar el insomnio. Pero el sonido carecía de la estridencia de las gastadas frecuencias de camionero. No había insultos, ni referencias al gasóleo caro, ni comentarios sobre putas de cuneta.—La temperatura del aceite sube tres grados —dijo la voz.Era una niña. Tenía el tono plano, monocorde, como si leyera una cartilla de escuela o recitara los ingredientes de un frasco de jarabe para la tos. Mateo sintió que la nuca se le erizaba, no por un frío cinematográfico, sino por el sudor espeso y rancio que bajaba desde la línea del cabello, mezclándose con la sal de la frente y metiéndosele en el rabillo del ojo derecho con un ardor insoportable. Miró el cuadro de mandos. La aguja del termómetro del aceite oscilaba perezosamente, trepando un milímetro hacia la zona roja.—Venga, a mamarla —murmuró Mateo a la chapa vacía de la cabina, intentando inyectar desprecio en su propia voz para ahuyentar el temblor que ya le sacudía el dedo pulgar sobre el volante.El motor del camión dio una tos seca, un contragolpe de pistones que sacudió la palanca de cambios con la violencia de un latigazo. El cuero sintético del asiento del conductor crujió bajo sus posaderas mientras el chasis entero vibraba con una frecuencia extraña, sincrónica con el zumbido de fondo del aparato de radio.II. La Precisión del DesguaceLos kilómetros se tragaban en silencio, jalonados por mojones kilométricos que aparecían en la penumbra como lápidas ladeadas. El olor a hierro recalentado comenzó a ganar terreno en la cabina, desplazando al aroma familiar del tabaco picado y el café frío del termo. Mateo intentó apagar la emisora, pero la perilla redonda de plástico negro giraba en falso, loca, girando sin fin sobre su propio eje sin lograr cortar la corriente del aparato, que parpadeaba con una luz ámbar, mortecina y sucia.—Dentro de dos kilómetros, la junta de culata soplará —anunció de nuevo la niña. Su voz sonaba ahora más cerca, como si estuviera sentada en el asiento del copiloto, respirando contra el cristal empañado del lado derecho—. Olerá a almendra amarga. Y luego dejará de ver por el retrovisor izquierdo.Mateo clavó los ojos en el espejo exterior. La mole de la cisterna recortaba su silueta plateada contra el cielo negro y cuajado de estrellas indiferentes. Todo parecía en orden, salvo por el temblor constante de la chapa y el chirrido agudo de una correa que patinaba en las entrañas de la biela. El cuentarrevoluciones empezó a bailar, una danza errática que caía en picado cada vez que el motor intentaba tragar aire.—¿Quién eres? —gritó Mateo. Su propia voz le sonó ajena, como si saliera de una tubería rota—. ¡Sal de ahí, cabrona! ¡Dime quién eres!—El agua del radiador tiene sed —continuó la voz infantil, impertérrita, ignorando su grito con la fría paciencia de una máquina registradora—. El manguito principal tiene una cicatriz vieja, justo donde la abrazadera mordió la goma en la feria de Sevilla del noventa y dos. Ahora gotea. Uno, dos, tres segundos para el silbido.Un chorro de vapor denso y blanquecino estalló bajo los pedales, colándose por las rendijas de la calefacción con un siseo furioso que le quemó los tobillos a través de los vaqueros. El calor repentino olía a goma quemada y a podredumbre orgánica, un hedor dulzón que le revolvió las tripas. Mateo tosió, ahogándose en la atmósfera viciada de la cabina, con los ojos llorosos y la garganta reseca por el óxido y el vapor.III. El Abrazo del AcantiladoEl camión perdió potencia de golpe. El morro del vehículo se inclinó ligeramente hacia la derecha, arrastrado por el peso descomunal de los ejes traseros que ya no recibían la retención del motor. Los frenos de aire lanzaron un soplido largo y moribundo, un suspiro de fuelle viejo que no logró detener la inercia de las treinta toneladas de metal rodando cuesta abajo por el kilómetro cuatrocientos doce.—Los tambores están al rojo —susurró la niña, ahora con un timbre de cercanía insoportable, como si el altavoz estuviera dentro de su propio cráneo, retumbando en los huesos del oído interno—. El pedal se irá al fondo en tres, dos...Mateo pisó el freno con toda la fuerza que le quedaban en las piernas, plantando el talón contra la chapa con desesperación, pero el pedal se hundió sin resistencia, blando y frío como un trozo de carne descompuesta. No había presión. Los latiguillos habían reventado. Fuera, la noche de la N-IV se abrió en una curva cerrada sin pretriles, un abismo de sombras donde los olivos desaparecían en la nada.El camión rugió en la oscuridad, flotando un segundo eterno sobre el vacío antes de morder la tierra blanda del desmonte. Mateo no gritó. Con los nudillos blancos de tanto apretar el volante de pasta partida, sintió cómo el parabrisas estallaba en miles de diamantes afilados que le llovieron sobre la cara, mientras la voz infantil, al fondo de la radio rota, tarareaba una nana antigua que hablaba de un niño dormido al fondo de un pozo seco.

      📜Investigación • Preguntas Frecuentes

    Archivo Documental y Análisis de lo Oculto • Relatando.com

      ¿En qué mito o miedo real se basa este relato?
      Se nutre de la claustrofobia de la solitude nocturna en carretera y las leyendas urbanas sobre frecuencias fantasma en la banda ciudadana.

      ¿Existen casos reales documentados similares a esta historia?
      No hay casos documentados, pero las interferencias extrañas y voces en frecuencias de radio son un fenómeno común entre transportistas nocturnos.

      ¿Qué significa el final de la historia?
      Representa el colapso mental absoluto del conductor frente al determinismo y la culpa, donde la voz es una emanación de su propia locura.

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