# El Túnel de las Luces Parpadeantes

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> **Publicado:** 2026-08-20T11:03:55+02:00
> **Categorías:** Terror en la Carretera

## Resumen Ejecutado

🎧 Lectura Inmersiva con Melodías de Fondo ⏱️ Tiempo de lectura: 12 min • Mezcla de música misteriosa de piano y violín 🔊 ESCUCHAR LECTURA...

## Relato / Contenido Completo

Capítulo I: El umbral de hormigón y penumbra
La lluvia torrencial que azotaba la cordillera Cantábrica había transformado la antigua carretera comarcal en una cinta de asfalto negro y resbaladizo, flanqueada por laderas colmadas de eucaliptos mugrientos y rocas erosionadas. Julián mantenía ambas manos firmes sobre el volante de su viejo berlina, un vehículo cuya suspensión gemía a cada curva del puerto. Eran cerca de las tres de la madrugada. El salpicadero emitía una tenue luz anaranjada que iluminaba su rostro fatigado, marcando las profundas ojeras esculpidas por doce horas ininterrumpidas de viaje desde el litoral.
La radio llevaba cuarenta minutos escupiendo únicamente un chasquido estático, un siseo blanco que parecía acompasarse con el azote de los limpiaparabrisas sobre el cristal. Fue entonces cuando emergió de la bruma la mole de hormigón: la boca del Túnel de San Amado. Una cavidad rectangular, cavernosa y lúgubre, horadada en las tripas de la montaña a mediados del siglo pasado para conectar dos valles olvidados por la mano de Dios.
Un cartel oxidado, parcialmente cubierto por el musgo y los impactos de perdigones de cazadores furtivos, advertía de la longitud de la galería: 2.000 metros. Ninguna luz exterior señalaba la entrada; solo el resplandor amarillento de los faros del coche penetraba apenas un par de metros en la negrura interior. Julián redujo la marcha. Un escalofrío repentino, seco y helado, le recorrió la espina dorsal. Sentado en la soledad del habitáculo, el tiempo pareció dilatarse mientras el morro del automóvil cruzaba la línea divisoria entre la tormenta lejana y el silencio mineral de la cueva.
Al principio, el trayecto parecía rutinario. En el techo abovedado del túnel, alineadas en una geometría enfermiza, las viejas lámparas de vapor de sodio parpadeaban con un pulso agonizante. Un luz, sombra, luz, sombra hipnótico que proyectaba sombras alargadas y deformes sobre el asfalto húmedo. Cada parpadeo iba acompañado de un zumbido eléctrico grave, similar al zumbido de un enjambre de insectos mecánicos atrapados tras las paredes de hormigón.

Capítulo II: La anatomía del silencio
A medida que el coche avanzaba hacia el centro del túnel, el calor del motor pareció volverse inútil. La temperatura dentro del habitáculo descendió de forma drástica, tanto que el aliento de Julián comenzó a cristalizar en breves vahos blancos que empañaban el espejo retrovisor. El olor a ozono, humedad rancia y algo más—algo semejante a la carne en salazón o a la tierra removida de una fosa común—filtraba violentamente por las rejillas de la ventilación.
Julián echó un vistazo al cuentakilómetros parcial: ochocientos metros recorridos. Aún quedaba más de la mitad de la penumbra por cruzar. Miró por el retrovisor. La entrada del túnel no era más que un alfiler de luz borrosa que languidecía a sus espaldas, devorada rápidamente por la bruma subterránea. Delante de él, el pasadizo parecía contraerse, como si la piedra misma estuviera masticando el espacio.
Y entonces ocurrió el colapso.
No fue un fallo gradual. A la altura del kilómetro uno, la totalidad de los plafones de sodio del techo se apagaron de golpe con un chasquido seco que resonó como el disparo de un fusil en la bóveda de piedra. En el mismo milisegundo, la aguja de las revoluciones del coche cayó a cero. Los faros halógenos, que hasta entonces cortaban la bruma con su haz amarillento, parpadearon dos veces de forma agónica y se extinguieron por completo, dejando el tablero de instrumentos absolutamente muerto.
El automóvil perdió toda tracción. Movido únicamente por la inercia del impulso previo, el berlina siguió deslizándose a oscuras sobre el pavimento invisible. Julián pisó el pedal del freno con desesperación, pero el servofreno no respondió; el pedal estaba duro como un bloque de plomo. El vehículo rodó unos metros más antes de detenerse del todo en mitad de la absoluta, espesa y asfixiante oscuridad del corazón del túnel.
El silencio que siguió fue insoportable. Un silencio denso, pesado, casi orgánico, que taponó los oídos de Julián con la presión de una fosa submarina. El motor ya no rugía. La radio había enmudecido. Solo se escuchaba el latido frenético de su propio corazón retumbando contra sus costillas.

Capítulo III: Cien palmas contra la chapa
Julián permaneció inmóvil, agarrado al volante con los nudillos blancos por la tensión. Sus ojos, dilatados hasta el límite, intentaban perforar una negrura tan densa que producía la ilusión táctil de estar sumergido en hollín líquido. Intentó accionar la llave de contacto. Una, dos, tres veces. El motor de arranque ni siquiera chasqueaba. La batería parecía haber sido drenada de inmediato, vaciada por alguna fuerza invisible que habitaba las paredes de la cueva.
—Vamos, por la Virgen... vamos, arranca —susurró con la voz rota por el pánico.
Fue en ese instante de súplica cuando sonó el primer impacto.
¡PLAJ!
Un golpe seco, rotundo y violento resonó justo en la chapa de la puerta del copiloto. El impacto fue tan fuerte que hizo vibrar todo el chasis del coche. No sonaba como una piedra lanzada desde la penumbra, ni como el impacto de un animal desorientado. Era el sonido inequívoco y espeluznante de una palma de mano desnuda estrellándose a plena fuerza contra la carrocería exterior.
Julián dio un brinco en el asiento, conteniendo un grito en la garganta. Se giró hacia la derecha, pero no vio nada. Solo la oscuridad absoluta pegada al cristal de la ventanilla.
¡TAF! ¡TAF!
Dos manotazos más, esta vez sobre el capó delantero. El metal crujió bajo el peso de la agresión. El aire dentro del habitáculo se volvió insoportablemente denso, impregnándose de un hedor acre, a piel húmeda y grasa rancia. Los golpes no cesaron; comenzaron a multiplicarse a un ritmo frenético y desordenado.
¡PLAJ! ¡TAF! ¡PLAJ! ¡PLAJ!
Decenas de manos invisibles comenzaron a golpear la superficie de la chapa. Sonaban en el maletero, en las aletas laterales, en los montantes del techo, en la parrilla del radiador. Un azote incesante, una lluvia de palmas secas que resonaban en la caja de resonancia metálica del coche como si miles de tambores de piel estuvieran siendo percutidos por lunáticos en mitad de un rito ancestral.
El automóvil comenzó a balancearse suavemente sobre sus amortiguadores bajo la presión de aquella turba invisible. Julián se encogió en el centro del asiento del conductor, llevándose las manos a la cabeza mientras la carrocería retumbaba con la violencia de los impactos. Podía sentir la vibración de cada manotazo atravesando el marco de la puerta y transmitiéndose a través del piso del coche hasta la planta de sus pies.

Capítulo IV: Lo que aguarda en la garganta de piedra
Con las manos temblando de forma incontrolable, Julián recordó la linterna metálica que guardaba en la guantera. Extendió el brazo a tientas en la penumbra, volcando papeles y mapas hasta que sus dedos rozaron el cilindro de aluminio frío. La agarró, la extrajo torpemente y deslizó el interruptor hacia adelante.
Un delgado y pálido haz de luz blanca cortó la oscuridad del habitáculo. Julián dirigió el foco hacia la ventanilla del lado del conductor.
Lo que vio heló la sangre en sus arterias y paralizó sus pulmones.
Pegada directamente contra el cristal de la ventanilla, a escasos centímetros de su rostro, había una palma de mano humana. Pero no era una mano normal. Era inquietantemente larga, con dedos cetrinos que poseían una articulación de más, carentes por completo de uñas, con las yemas desgastadas hasta dejar al descubierto la carne viva y sanguinolenta. La piel era de un blanco cadavérico, amarillenta como el pergamino mojado, pegada a unos huesos delgados que transparentaban bajo la débil luz de la linterna.
Y no estaba sola. A lo largo de todo el ventanal lateral, docenas de esas manos ávidas se amontonaban, resbalando sobre el cristal, dejando rastros de una grasa negruzca y pestilente. Golpeaban el vidrio con una desesperación ciega, impulsadas por brazos famélicos que se extendían desde la negrura más profunda del túnel, emanando de las grietas y fisuras del hormigón antiguo.
Julián enfocó la linterna más allá del cristal. La luz iluminó parcialmente la masa que rodeaba el vehículo. No había rostros visibles, solo una maraña apretada de extremidades pálidas, torsos deformados y desnudos que se retorcían en una masa amorfa y hambrienta. Seres que jamás habían visto la luz del sol, criaturas ciegas y olvidadas que habitaban las entrañas del puerto, atraídas por la vibración y el calor de los incautos que quedaban atrapados en el vientre de la montaña cuando las luces agonizaban.
El cristal de la ventanilla trasera comenzó a ceder. Una red de finas grietas en forma de telaraña se extendió por la superficie del vidrio bajo la presión incesante de diez, veinte, treinta manos que percutían simultáneamente.
¡CRAC!
Un pequeño fragmento de cristal saltó hacia el interior. Un dedo largo y blanquecino se introdujo de inmediato por el agujero, agitándose frenéticamente en el aire como un gusano ciego buscando presas.

Capítulo V: La luz que no disipa la sombra
El pánico supremo, ese que anula el razonamiento y despierta el instinto primario de supervivencia, se apoderó de Julián. Giró violentamente la llave de contacto con la mano izquierda mientras con la derecha golpeaba el salpicadero con la linterna.
—¡ARRANCA, MALDITA SEA! ¡ARRANCA! —gritó con un alarido gutural que rozó la locura.
El motor hizo un intento agónico. Un chispazo escupió en el motor. La aguja del voltímetro dio un tironazo. Julián hundió el pie en el acelerador a fondo. De repente, con un rugido ensordecedor que hizo retumbar los colectores de escape, el motor volvió a la vida. Los faros halógenos se encendieron de golpe, proyectando un haz de luz cegadora hacia el frente.
El resplandor repentino provocó un chillido unánime y agudo, similar al silbato de una locomotora de vapor mezclado con el lamento de un millar de roedores agónicos. Las criaturas, cegadas y quemadas por la luz incandescente, retrocedieron en tropel, liberando la carrocería con un chasquido húmedo.
Sin mirar atrás, sin comprobar el estado de los neumáticos ni importar si aplastaba la masa sanguinolenta que se retorcía ante el parachoques, Julián engranó la primera marcha y aceleró. Las ruedas patinaron sobre el asfalto mojado antes de encontrar tracción, quemando goma en un chirrido histérico.
El coche salió disparado hacia adelante. Durante los ochocientos metros restantes, las manos pálidas intentaron alcanzar los laterales del vehículo desde los márgenes de la sombra, pero la velocidad del berlina las dejó atrás. Los manotazos resonaron de forma esporádica en la parte trasera—¡PLAJ! ¡PLAJ!—como últimos coletazos de una pesadilla que se negaba a soltar a su presa.
Y entonces, con la repentina violencia de un alumbramiento traumático, el coche atravesó la salida del túnel.
La lluvia torrencial de la noche volvió a golpear el parabrisas. El aire fresco y salino del valle exterior inundó el habitáculo a través del orificio del cristal trasero roto. Julián no frenó. Siguió conduciendo a tumba abierta durante más de veinte kilómetros hasta alcanzar la primera gasolinera iluminada al borde de la autovía.
Allí, bajo los tubos fluorescentes de la estación de servicio, se bajó del coche con las piernas temblorosas y la linterna aún encendida en la mano. Cuando rodeó el automóvil para examinar los daños, el gasolinero, que había salido al ver la llegada del vehículo a toda velocidad, dejó caer la manguera al suelo y se llevó las manos a la boca.
La pintura metálica del berlina estaba destrozada. Toda la carrocería, desde el capó hasta el portón del maletero, estaba cubierta por cientos de imprentas grasientas de color grisáceo. Impresiones perfectas de palmas humanas alargadas, cuyos dedos habían rayado el metal hasta alcanzar la chapa desnuda. Y en el centro del techo, marcada en un hollín espeso y pestilente que la lluvia no lograba lavar, se distorsionaba una huella gigantesca, como si algo de proporciones colosales se hubiera apoyado desde la cima de la cueva para ver pasar al sobreviviente.
Julián miró hacia la montaña lejana, donde el puerto de San Amado se erigía bajo la tempestad como un gigante dormido. Sabía, con la certeza brutal de los condenados, que jamás volvería a apagar las luces de su casa, y que cada vez que cruzara una sombra, escucharía de nuevo el eco seco de aquellas manos hambrientas esperando en la oscuridad.

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