Capítulo I: La Noche del Viento Aullante
La noche se abalanzó sobre Blackwood Manor como una bestia hambrienta. El viento, un látigo invisible, azotaba las ventanas con furia implacable, y la lluvia, una cascada helada, golpeaba el techo con un ritmo frenético. No era una tormenta ordinaria; era una manifestación de la ira de la naturaleza, un presagio de algo inefable. Había heredado Blackwood Manor de un tío abuelo que apenas recordaba, un hombre envuelto en rumores de excentricidad y, susurraban algunos, de locura. Siempre me había sentido atraído por lo macabro, por lo prohibido, y la promesa de una casa llena de secretos antiguos era demasiado tentadora para resistir.
El aislamiento era absoluto. Blackwood Manor se alzaba sobre una colina escarpada, rodeada por un bosque denso y retorcido que parecía respirar con una vida propia. La carretera más cercana estaba a kilómetros de distancia, y la única compañía eran los búhos que ululaban en la noche y el viento que gemía entre las grietas de las paredes. Al principio, la soledad me pareció liberadora, una oportunidad para sumergirme en mis estudios y desentrañar los misterios de la casa. Pero pronto, la tranquilidad se convirtió en inquietud, y la inquietud en un terror palpable.
Los ruidos comenzaron sutilmente: crujidos en el ático, susurros indistinguibles en los pasillos, el sonido de pasos que no podían ser atribuidos a nadie. Los achacaba al viento, a la madera vieja que se asentaba, a mi imaginación sobreexcitada. Pero los ruidos se intensificaron, volviéndose más audibles, más insistentes. Y luego llegaron los aullidos. No eran los aullidos de un lobo, aunque se parecían. Eran más profundos, más guturales, impregnados de una agonía indescriptible. Sonaban como el lamento de almas perdidas, atrapadas en un limbo eterno.
Capítulo II: Los Golpes en la Puerta
La lluvia arreciaba, convirtiendo el jardín en un mar turbulento. Los aullidos se mezclaban con el rugido del viento, creando una cacofonía infernal que me taladraba los nervios. Y entonces, comenzaron los golpes. Al principio, eran débiles, casi imperceptibles, como si alguien estuviera tocando la puerta con los nudillos. Pensé que era el viento, que una rama había golpeado la madera. Pero los golpes se hicieron más fuertes, más rítmicos, más decididos.
Cada golpe resonaba en mis huesos, enviando escalofríos por mi espina dorsal. Intenté ignorarlos, convencerme de que eran producto de mi imaginación, pero era inútil. Los golpes se volvieron implacables, una demanda insistente que no podía ser ignorada. Me levanté de mi sillón, temblando, y me acerqué a la puerta. La madera estaba fría y húmeda bajo mis dedos.
“¿Quién es?”, pregunté, mi voz apenas un susurro. No hubo respuesta, solo el rugido del viento y los aullidos desgarradores. Los golpes continuaron, cada vez más fuertes, más desesperados. La curiosidad, o quizás la locura, me consumió. Tenía que saber quién estaba al otro lado de la puerta. Tenía que enfrentarme a mis miedos.
Respiré hondo, cerré los ojos y giré el pomo. Fue un error. Un error fatal.
Capítulo III: El Vacío Revelado
La puerta se abrió con un chirrido lúgubre, revelando… nada. No había nadie allí. Solo la noche, la lluvia torrencial y el viento aullante. Pero no era una ausencia normal. Era una ausencia… pesada, opresiva, como si algo hubiera estado allí, algo inmenso y terrible, y se hubiera desvanecido justo antes de que yo abriera la puerta.
El aire era frío, tan frío que me quemaba los pulmones. Un olor nauseabundo, a tierra húmeda y descomposición, flotaba en el ambiente. Miré a mi alrededor, buscando alguna señal, alguna pista que pudiera explicar lo que estaba sucediendo. Pero no había nada. Solo la oscuridad implacable y el sonido del viento que gemía como un alma en pena.
De repente, sentí una presencia detrás de mí. Me giré bruscamente, el corazón latiéndome con fuerza en el pecho. No había nadie. Pero la sensación persistía, una sensación de ser observado, de ser acechado por algo invisible. Empecé a retroceder, tropezando con mis propios pies, hasta que mi espalda chocó contra la pared.
Entonces lo vi. En el espejo que colgaba en el pasillo, vi una figura detrás de mí. No era un reflejo mío. Era una figura alta y delgada, envuelta en sombras, con ojos que brillaban con una luz enfermiza. La figura sonrió, una sonrisa retorcida y cruel que me heló la sangre en las venas.
Capítulo IV: La Danza de las Sombras
Intenté gritar, pero mi voz se quedó atrapada en mi garganta. La figura se acercó, moviéndose con una gracia antinatural, como si flotara en lugar de caminar. Sus manos eran largas y huesudas, con dedos que terminaban en garras afiladas. Su rostro era una máscara de horror, con rasgos distorsionados y una boca llena de dientes puntiagudos.
La figura extendió una mano hacia mí, y sentí un frío glacial que me invadió el cuerpo. Mi mente se nubló, mis pensamientos se volvieron confusos. Empecé a ver cosas, visiones horribles de muerte y destrucción. Vi rostros desfigurados, cuerpos mutilados, paisajes infernales.
La figura comenzó a hablar, su voz un susurro gutural que resonaba en mi cabeza. Me hablaba de un mundo más allá de la comprensión humana, un mundo de oscuridad y caos, un mundo habitado por entidades antiguas y malvadas. Me hablaba de un portal, un umbral entre nuestro mundo y el suyo, y de cómo yo, sin saberlo, había abierto ese portal al abrir la puerta.
La figura me reveló que los aullidos que había escuchado no eran los lamentos de almas perdidas, sino las voces de las criaturas que habitaban ese otro mundo, criaturas que ahora estaban entrando en el nuestro. Y que los golpes en la puerta no eran más que una invitación, una señal de que estaban listas para reclamarme.
Capítulo V: El Eco del Silencio
No recuerdo mucho más después de eso. Solo fragmentos de imágenes borrosas, sensaciones de dolor y terror. Recuerdo haber luchado, haber gritado, haber suplicado por mi vida. Pero era inútil. La figura era demasiado poderosa, demasiado antigua.
Desperté aquí, en este psiquiátrico, semanas después. Me dijeron que me encontraron vagando por el bosque, en estado de shock, murmurando incoherencias sobre puertas y sombras y aullidos. Me dijeron que había sufrido un colapso nervioso, que mi mente se había roto bajo el peso de la soledad y el estrés.
Pero yo sé la verdad. Sé lo que vi, lo que sentí, lo que me hicieron. Sé que Blackwood Manor no es una casa ordinaria, sino un portal a un mundo de horror inimaginable. Y sé que la figura que vi en el espejo sigue ahí fuera, esperando, observando, lista para reclamarme cuando menos lo espere.
Ahora, paso mis días aquí, encerrado en estas paredes acolchadas, escribiendo esta historia como una advertencia. No abras la puerta. No importa lo que escuches, no importa lo que sientas, no abras la puerta. Porque al otro lado, te espera la oscuridad. Y una vez que la oscuridad te reclama, no hay vuelta atrás.
A veces, en la noche, todavía escucho los aullidos. Y a veces, cuando me miro en el espejo, creo ver una sombra en mi reflejo, una sonrisa retorcida y cruel que me recuerda mi error. El error de abrir la puerta. El error de cruzar el umbral de las lamentaciones.
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