# La Mortaja del Cruceiro de Carnota: El Portador de la Cruz

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> **Publicado:** 2026-09-23T16:51:50+02:00
> **Categorías:** Folclore de España e Internacional

## Resumen Ejecutado

Una presencia espectral acecha en las nieblas de Carnota. Acompaña a Xoel en este relato de terror gallego donde la muerte tiene peso de madera.

## Relato / Contenido Completo

El sabor a salitre rancio y alquitrán se pegaba al paladar como una costra de pus. El aire de las corredoiras de Carnota no se respiraba; se tragaba con la repugnancia de un grumo de grasa fría. Xoel arrastró las botas de jebe sobre la piedra mojada por el rocío atlántico, buscando el desvío hacia su casa, donde el puchero de berzas debilucho esperaba en el fogón. La niebla no venía del mar; parecía exhalada por las entrañas mismas del humus, una masa espesa y grisácea que borraba los muretes de piedra y convertía los toxos en siluetas de ahorcados. Las farolas de aceite quedaban lejos, apagadas por la humedad. Solo existía el sonido sordo de la suela contra el musgo y el golpeteo rítmico del aceite de tiburón goteando desde el capote de lona sobre sus muslos. Fue entonces, al doblar el recodo donde el camino se estrangula entre dos muros ciclópeos de granito húmedo, cuando la sombra dejó de ser sombra. No hubo crujido de ramas. La figura simplemente coaguló en medio de la neblina, alta, escuálida, enfundada en un sayal negro que olía a sotana vieja guardada en un arcón de roble podrido durante siglos. No tenía rostro, solo un hueco de sombra profunda donde los ojos debieron ser brasas muertas. Sin emitir un soplo de aire, la cosa adelantó los brazos descarnados y depositó sobre los hombros de Xoel una viga de madera de tejo. El impacto le dobló las rodillas. La madera estaba helada, pesaba como un sarcófago de plomo y desprendía un hedor acre a sudor seco y tierra de fosa recién cavada. Xoel intentó gritar, pero la garganta le sabía a bilis y arena. La figura se desvaneció en el vaho, dejándole un frío metálico incrustado en la clavícula.I. El Olor a Humus y ÓxidoDurante tres días, el peso no abandonó la carne de Xoel. La viga invisible, o tal vez muy real, abolló su hombro izquierdo hasta teñirle la piel de un verde amoratado que su madre observó con el mutismo de las plañideras gallegas. El joven ya no salía a faenar. Se quedaba sentado en la cocina baja, mirando la pared encalada donde las manchas de humedad dibujaban mapas de vísceras. Intentó arrojar un trozo de leña al fuego, pero los dedos se le negaban a obedecer; los tendones crujían como sarmientos secos cada vez que intentaba cerrar los puños. El olor a mar había desaparecido de su ropa, reemplazado por una pestilencia dulzona, a carne que empieza a desatarse de los huesos en la oscuridad de una cripta húmeda. Por las noches, la fiebre le martillaba las sienes con un ritmo mecánico. Oía el mar golpear contra los acantilados de Lira, pero el sonido llegaba distante, ahogado por un zumbido metálico que se parecía al de las moscas zumbando sobre una res reventada en el prado. Su madre le acercaba la cuchara con caldo de pescado, pero Xoel apartaba la cara; el simple contacto del líquido tibio con sus labios le provocaba arcadas sanguinolentas. Sus uñas se tornaron de un tono grisáceo, quebradizas como escamas de lubina vieja. Se miraba al espejo del aparador y apenas reconocía los pómulos hundidos, la piel cetrina estirada sobre el cráneo como pergamino mal curtido. La madera seguía allí, invisible para los demás, hundiéndose milímetro a milímetro en su clavícula, buscando el tuétano.La madera no pesa por lo que mide, Xoel. Pesa por los muertos que aún no han terminado de morir.Las palabras de su abuela, sepultada en el camposanto de San Pelayo hacía ya una década, le resonaban en el cráneo con la nitidez de un cuchillo rebanando pan duro. Intentó incorporarse del jergón pasada la medianoche, pero las piernas le temblaron con una violencia espástica. La piel de las plantas de los pies se sentía extrañamente acartonada, insensible al frío del suelo de piedra. Algo en su interior se había roto, un engranaje fino que separaba al hombre de la bestia de carga. La casa olía a cera quemada, aunque no había velas encendidas en ninguna parte. El tic-tac del reloj de pared se había detenido exactamente a las tres y cuarto, la hora en que los perros de la aldea dejaban de ladrar para empezar a rascar la tierra de los quicios con desesperación. Xoel sintió que las rodillas se le doblaban hacia atrás, obligándole a adoptar una postura encorvada, la misma postura que tenía la figura alta bajo la niebla de la encrucijada. Su propia respiración sonaba como un fuelle roto, húmeda, expulsando un vaho espeso que se pegaba a los cristales de la ventana en forma de diminutas gotitas de color parduzco.II. La Marcha de los CiegosLa medianoche del cuarto día no requirió el esfuerzo de abrir la puerta. Los cerrojos cedieron solos, oxidados por un verdín instantáneo que brotó del hierro en cuestión de segundos. El frío de la corredoira le golpeó el rostro como una bofetada de agua salada mezclada con hielo. Xoel salió descalzo. El lodo de la senda estaba duro, helado por una escarcha negra que crujía bajo sus talones con un sonido cristalino. No iba solo. A su derecha, una fila interminable de siluetas enfundadas en sayales idénticos avanzaba con paso uniforme, arrastrando los pies en un rasgar continuo de cuero viejo contra el pedregal. Sostenían cirios de sebo amarillo que no despedían luz, sino una penumbra sucia que devoraba las estrellas. Xoel caminaba a la cabeza de la comitiva. Sus propias manos sostenían ahora la pesada cruz de tejo, clavando los extremos en la carne de sus palmas hasta hacer brotar un hilo negro y espeso que goteaba sobre las piedras. Nadie hablaba. De vez en cuando, el crujido seco de una vértebra rota rompía el silencio, seguido por el susurro de la niebla al chocar contra los muretes. Las casas de la aldea pasaban a los lados con las ventanas cerradas a cal y canto, las contraventanas trancadas con maderas gruesas; la gente sabía qué caminaba por los caminos cuando el aire olía a osamenta mojada. Los pies de Xoel ya no le pertenecían. Estaban desollados, los dedos colgando en jirones sanguinolentos que dejaban una estela oscura sobre la escarcha, pero él no sentía dolor alguno, solo el frío sordo de la madera taladrándole la clavícula hasta rozar el pericardio. La procesión avanzaba sin prisa, guiada por un destino invisible situado más allá del arenal, donde el mar se fundía con la negrura absoluta del horizonte gallego.III. El Fin del Camino en el ArenalEl murmullo de las olas se volvió un rugido sordo cuando la fila de monjes sin rostro alcanzó la línea de pleamar. La arena fina, habitualmente blanca, lucía aquí como un lodazal negro y viscoso donde miles de cangrejos muertos se amontonaban formando una costra crujiente. Xoel se detuvo. Sus piernas, reducidas prácticamente a huesos recubiertos de pellejo gris, se clavaron en la arena húmeda hasta las rodillas. A su alrededor, los acompañantes levantaron los cirios de sebo, cuyas llamas negras empezaron a chisporrotear despidiendo un humo espeso que olía a pelo quemado y grasa de ballena rancia. La cruz de tejo pesaba ahora tanto como el mundo entero; sentía cómo la madera le atravesaba el esternón, buscando salir por la espalda en una orgía silenciosa de astillas y carne desgarrada. Abrió la boca para exhalar un último estertor, pero de su garganta no salió aire, sino una densa nube de moscardones que se dispersó hacia la oscuridad del océano. Las siluetas comenzaron a arrodillarse una a una a su alrededor, hincando las rodillas en la arena con un ruido de huesos secos al quebrarse. Xoel miró hacia abajo y vio que sus propios pies ya no estaban allí; en su lugar, dos raíces nudosas y negruzcas se hundían profundamente en el fango marino, absorbiendo el agua salobre con avidez. La niebla se cerró sobre su cabeza como una mortaja de lana mojada, sellándole los párpados y llenándole los oídos con el rumor eterno de la resaca. Ya no había frío, ni dolor, ni recuerdo de la cocina con el puchero de berzas. Solo quedaba la madera, la noche interminable de Carnota y la certeza absoluta de que, cuando amanezca, otro caminante solitario cruzará la misma encrucijada buscando el calor de su hogar.

      📜Investigación • Preguntas Frecuentes

    Archivo Documental y Análisis de lo Oculto • Relatando.com

      ¿En qué mito o miedo real se basa este relato?
      Se inspira en las leyendas gallegas sobre la Santa Compaña, la procesión de almas en pena que recorren los caminos rurales de madrugada.

      ¿Existen casos reales documentados similares a esta historia?
      No existen casos documentados científicamente, pero el folklore del noroeste ibérico abunda en testimonios de encuentros con caminantes nocturnos fantasmales.

      ¿Qué significa el final de la historia?
      Representa la pérdida de la identidad humana y la asimilación del protagonista en el ciclo eterno del tormento y el purgatorio rural gallego.

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