# Hachishakusama: La Mujer de Ocho Pies y el Sonido ‘Po-Po-Po’

> **Sitio:** Relatando.com (https://relatando.com)
> **URL:** https://relatando.com/hachishakusama-la-mujer-de-ocho-pies-y-el-sonido-po-po-po/
> **Publicado:** 2026-10-18T18:00:16+02:00
> **Categorías:** Folclore de Japón

## Resumen Ejecutado

Escucha el escalofriante sonido 'Po-Po-Po'. ¿Te atreves a descubrir el origen de Hachishakusama en este relato de terror rural inolvidable?

## Relato / Contenido Completo

El sudor sabía a cal. Tenía ese gusto áspero, mineral, que se te pega en el paladar cuando el calor del estío aplasta los campos de Castilla hasta despojarles de toda sombra. Tenía diez años y pasaba las semanas muertas en la finca de los abuelos, un páramo de olivos centenarios y tapias de mampostería donde el tiempo parecía haberse desangrado hacía décadas. Ese mediodía, el aire estaba tan quieto que el zumbido de las moscas contra los cristales sonaba como un motor ahogado. Me había agachado junto al seto de cipreses que bordeaba el camino viejo, buscando un escarabajo pelotero entre la tierra seca y las boñigas de vaca endurecidas por el sol. Fue entonces cuando ocurrió. El sonido no vino del cielo ni de la tierra; brotó del aire mismo, a pocos centímetros de mi oreja derecha, grave, rítmico, imposible.—Po... Po... Po... Po...Alcé la vista con la lentitud torpe de quien despierta de una fiebre muy alta. Por encima de los dos metros y medio del seto vivo, recortado contra el azul desvaído del cielo de agosto, flotaba la parte superior de un sombrero de paja de ala ancha, de un blanco sucio y deshilachado. Debajo de él, una silueta desproporcionada, de extremidades inverosímilmente alargadas, se deslizaba con una fluidez que desafiaba la anatomía. No caminaba; flotaba sobre las zarzas como una mancha de aceite sobre el agua estancada. El terror no irrumpió con gritos ni con carreras. Se instaló en mi pecho como una estaca de hielo, paralizándome los párpados, secándome la lengua, obligándome a mirar aquella largura imposible que parecía estirarse aún más cada vez que emitía su reclamo gutural desde lo hondo de una garganta inexistente.I. La Sal y la MaderaLa abuela me arrancó del suelo con una fuerza que me dislocó el hombro. No exclamó ninguna advertencia; su rostro, por lo general surcado por la paciencia de las faenas del campo, se había vuelto de un gris terroso, idéntico al de la piedra caliza antes de la lluvia. Me arrastró por el pasillo empedrado de la casona con las uñas clavadas en mi carne, dejándome medio cojo, mientras la madera crujía bajo sus alpargatas con un sonido seco. Cerró la puerta principal con tres vueltas de llave, echó el cerrojo de hierro forjado y, acto seguido, comenzó a vaciar un saco de arpillera lleno de sal gorda a lo largo del umbral. Sus manos temblaban con una violencia espasmódica, pero no emitía un solo sollozo. Mi abuelo apareció desde la cocina portando un cuenco de cerámica lleno de vinagre y ruda machacada; los ojos se le habían hundido en las órbitas, rodeados de cercos morados de insomnio anticipado.—¿La has visto entera? —preguntó el viejo. Su voz no era suya; sonaba a papel de lija frotado contra una tabla vieja.Negué con la cabeza, incapaz de articular palabra. El sabor a cal seguía en mi boca, mezclado ahora con el amargor de la bilis. Me sentaron en una silla denea en el centro de la cocina, lejos de las ventanas, cuyas contraventanas de roble macizo ya habían sido cerradas y atrancadas con tablones adicionales. En las esquinas de la habitación, la abuela colocó cuencos de sal y encendió velas de sebo que despedían un humo espeso, grasiento, con un tufillo nauseabundo a cordero viejo. Nos encerraron allí, en la penumbra perpetua, mientras el sol del exterior empezaba su lento descenso hacia el horizonte, tiñendo las rendijas de las contraventanas de un rojo de matadero.Si vuelve a llamarte por tu nombre, no respondas. Aunque sea yo quien hable desde el otro lado de la madera. Aunque escuches la voz de tu madre pidiendo auxilio.La advertencia del abuelo quedó suspendida en el aire viciado de la cocina. El tiempo se descompuso. Las horas dejaron de medirse por el tic-tac del reloj de pared —que la abuela había detenido con sus propias manos porque su segundero parecía imitar el compás del ente— y pasaron a depender del crujir de la vieja madera de la casa. A las nueve de la noche, el olor cambió. El aroma habitual a estofado de conejo, ajo frito y humedad de bodega fue desplazado por una peste densa, dulzona y empalagosa, como la de las flores blancas dejadas demasiado tiempo en un jarrón sin agua dentro de una habitación cerrada.II. Las Cuatro EsquinasEl sonido comenzó de nuevo a la medianoche. Ya no era solo el po-po-po grave que rozaba las tejas del tejado; eran nudillos larguísimos, de falanges interminables, tamborileando contra los cristales exteriores con una precisión metronómica. Tac, tac, tac. Cada golpe iba acompañado del roce de una tela barata de verano contra la piedra de la fachada. Los abuelos se habían arrodillado junto al hogar apagado, murmurando letanías en un dialecto extraño, medio olvidado, que sonaba más a salmo funerario que a rezo católico. Yo estaba acurrucado bajo la mesa camilla, con las manos apretadas firmemente contra mis orejas, pero el sonido se filtraba por el cráneo, resonando directamente en el hueso temporal.—Tomás... —susurró una voz desde el exterior, justo al otro lado de la ventana de la despensa. Era la voz de mi madre. Exactamente la misma. El mismo tono titubeante cuando me reñía por romper un plato, la misma modulación cariñosa y frágil—. Tomás, mi vida, abre la puerta. Tengo frío. Estoy aquí fuera, en el camino.Las lágrimas me resbalaban por las mejillas, calientes y sucias de polvo. Quise gritar que estaba allí, que abrieran, que mi madre me esperaba. Intenté mover las piernas, pero sentía como si me hubieran vertido plomo fundido en las pantorrillas. La abuela, desde su rincón, estiró una mano nudosa y me agarró del tobillo con una fuerza sobrehumana, clavándome las uñas a través de la tela del pantalón. Su piel estaba fría como el fondo de un pozo. No dijo nada, pero sus ojos fijos en la oscuridad me prohibían cualquier parpadeo. El golpeteo en los cristales cesó de golpe, reemplazado por un susurro siseante que parecía raspar el revoque de las paredes desde el interior del desván.III. El Espejo RotoAl amanecer, la luz que se filtraba por las rendijas de los tablones era de un blanco lechoso, fantasmal. Los abuelos yacían en el suelo, agotados, con la cera de las velas solidificada sobre sus ropas como una costra cenicienta. La peste a flores marchitas se había disipado, dejando un vacío helado que obligaba a exhalar vaho. El abuelo se levantó con crujidos articulares, apoyándose en las paredes, y fue retirando los maderos de la puerta principal uno a uno con manos temblorosas. Cuando abrió de par en par, la luz de la mañana ibérica nos golpeó con la violencia de un puñetazo en la retina.El camino de tierra seguía allí, desierto bajo el sol implacable. Sin embargo, sobre las hojas de los olivos más altos, a más de tres metros del suelo, colgaban jirones de paja blanca y hilos de un tejido basto, meciéndose levemente en la brisa matinal. No miré hacia atrás. Salí de la casa con el paso torpe de un animal herido, cruzando el umbral salpicado de sal grisácea. Mis padres me esperaban junto al coche al borde de la carretera principal, tal como habíamos acordado antes de que empezaran las vacaciones. Mi madre me recibió con una sonrisa ancha, corriendo hacia mí con los brazos abiertos para abrazarme con fuerza.—¿Qué te pasa, mi amor? Estás pálido como un difunto. ¿No te lo has pasado bien con los abuelos?Apoyé la cabeza en su hombro, buscando el calor familiar, el olor a jabón y colonia de siempre. Pero mientras me estrechaba contra su pecho, noté que sus brazos me rodeaban con una holgura extraña, antinatural, como si sus manos pudieran unirse por detrás de mi espalda sin esfuerzo alguno. Levanté la vista hacia su rostro. Ella seguía sonriendo, pero en el reflejo de la ventanilla del coche, justo detrás de su cabeza, vi cómo el ala ancha de un sombrero de paja blanco se mecía suavemente sobre el cielo azul, emitiendo un último y bajísimo eco en la profundidad de mis sienes.

      📜Investigación • Preguntas Frecuentes

    Archivo Documental y Análisis de lo Oculto • Relatando.com

      ¿En qué mito o miedo real se basa este relato?
      Se inspira en la leyenda japonesa de Hachishakusama, la mujer de ocho pies, adaptada aquí a la atmósfera seca y opresiva del campo ibérico tradicional.

      ¿Existen casos reales documentados similares a esta historia?
      No existen casos reales; el relato explora fobias humanas universales como la agorafobia, el miedo a lo desconocido y la intrusión en el hogar.

      ¿Qué significa el final de la historia?
      Representa la asimilación del trauma y la duda perpetua sobre la seguridad de la propia familia, sugiriendo que la entidad nunca llegó a marchar realmente.

---
Para más testimonios y audios oficiales, visita: https://relatando.com/hachishakusama-la-mujer-de-ocho-pies-y-el-sonido-po-po-po/
