# La Dama de Blanco del Palacio de Linares

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> **Publicado:** 2026-09-01T11:04:04+02:00
> **Categorías:** Folclore de España e Internacional

## Resumen Ejecutado

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## Relato / Contenido Completo

Capítulo I: La carcoma de CibelesMadrid agonizaba bajo una llovizna helada y pertinaz que desfiguraba la silueta broncínea de los leones de Cibeles. Era noviembre, y a la una de la madrugada, el Palacio de Linares no parecía un monumento arquitectónico del eclecticismo decimonónico, sino un mausoleo levantado para sofocar una aberración. Dentro del gran edificio, el aire olía a moho pretérito, a barniz rancio, a cera de abejas consumida y al aliento agrio del tiempo encerrado.Julián Prado, restaurador de bienes culturales con más de tres décadas de oficio a sus espaldas, ajustó la potencia del foco halógeno orientado hacia el techo del Salón de Baile. Sus viejos huesos crujieron con la misma fatiga que el andamio de tubo de acero sobre el que llevaba encaramado desde las ocho de la tarde. La Fundación le había encargado la consolidación de la yesería policromada y la limpieza del pan de oro de la cornisa superior, una obra de filigrana delicada que representaba guirnaldas de flores, querubines risueños y medallones con motivos mitológicos.Había algo profundamente malsano en la geometría de aquel salón. A pesar de los espejos venecianos tallados que cubrían las paredes, diseñados para multiplicar la luz de las arañas de cristal, el espacio parecía absorber la claridad, devolviendo únicamente sombras distorsionadas y densas. Julián conocía la leyenda, por supuesto; en la capital nadie ignoraba los rumores sobre Raimundo de Linares y su hermana y esposa, Raimunda de Averly, marqueses sobre cuyas espaldas pesaba la bula papal del silencio y el estigma de la consanguinidad. Se hablaba de una hija no deseada, Raimundita, cuyo nacimiento fruto del incesto se intentó borrar con la rapidez con la que se empalidece una mancha en la seda.—Historias para guías turísticos y espiritistas de pacotilla —murmuró Julián en voz alta, intentando que el eco de su propia voz enuyara la soledad opresiva del palacio.Sin embargo, el silencio del Palacio de Linares no era neutro. Tenía peso. Era una masa física que ejercía presión sobre los tímpanos, salpicada ocasionalmente por los crujidos mecánicos de la madera noble al asentarse con el frío nocturno.Capítulo II: El gemido tras la marqueteríaA la una y media, Julián limpiaba con un pincel de pelo de marta la superficie de una florón de yeso que decoraba la esquina noreste, justo donde el techo se encontraba con los paneles de caoba y arce que revestían la pared. Sopló con suavidad para retirar el polvo acumulado durante décadas.Fue en ese preciso instante cuando lo oyó.No fue el chasquido habitual de una viga secándose, ni la vibración distante del tráfico subterráneo de la red de metro. Fue un sonido orgánico, blando y sofocado. Un sollozo. Un gemido húmedo, interrumpido por una aspiración convulsa, como el de una muchacha que intenta amortiguar su propio llanto presionando la cara contra una almohada de lana gruesa.Julián congeló el movimiento de su mano. El pincel quedó suspendido a milímetros del pan de oro.—¿Hay alguien ahí abajo? —preguntó, volviéndose sobre el andamio. La voz del artesano sonó quebradiza, destilando una extrañeza que él mismo detestó.El foco halógeno iluminaba la majestuosidad vacía de la estancia. El parqué taraceado estaba cubierto en parte por plásticos protectores que brillaban bajo la luz fría. No había nadie. El vigilante de seguridad, un muchacho joven y aburrido llamado Marcos, se encontraba a cientos de metros, en la guarnición de la entrada principal, abstraído con su teléfono móvil.El sollozo se repitió. Esta vez no procedía del suelo, ni del pasillo exterior. Venía de detrás del panel de caoba a la altura de su rostro. Un sollozo menudo, entrecortado por un ahogo gimoteante, impregnado de una pena tan antigua y abrumadora que a Julián se le erizó el vello del cuello y los antebrazos.—Madre... —pareció articular el suspiro, ahogado entre las vetas de la madera fina—. Madre, la penumbra quema...El restaurador retrocedió un paso en la plataforma metálica. El andamio tembló con un chirrido seco. Pegó el oído a la madera barnizada. Se percibía un calor anómalo emanando del panel; no la calidez de la calefacción, sino un calor febril, animal, acompañado por un leve y rítmico golpeteo interior, como si unos nudillos infantiles y blando rascaran el reverso de la marquetería.Capítulo III: La llaga del yesoRetrocediendo despacio, Julián contuvo la respiración. Su mente lógica, moldeada por la física de los materiales y la química de los pigmentos, buscaba desesperadamente una explicación razonable. ¿Un gato atrapado en el tiro de una chimenea en desuso? ¿Un efecto acústico producido por el viento entrando por alguna grieta de la fachada que da a la calle Alcalá?Pero el viento no llora con la voz de una niña aterrorizada.Fue entonces cuando sintió un impacto tibio en el dorso de la mano izquierda, la que sostenía la paleta de dorador. Un chasquido leve: plop.Julián miró su mano. Una gota de un líquido espeso, de un color rubí tan denso que rozaba el negro, se extendía lentamente sobre su piel, resbalando hacia su muñeca. Llevó la mano cerca de su rostro. El olor le golpeó con la fuerza de un puñetazo en el estómago: un hedor cobrizo, sulfuroso y caliente. Era sangre. Sangre fresca, rebosante de plaquetas y vida, recién extraída de un cuerpo.Alzar la vista hacia la cornisa fue un acto de pura obediencia al horror. Justo encima de su cabeza, en el centro mismo de la representación de un querubín de yeso de rostro sonriente, la superficie blanca se había agrietado. De la grieta no salía polvo de mortero ni fragmentos de cal. De la llaga del yeso brotaba una supuración constante. Una segunda gota cayó, e impactó en la punta de su bota de trabajo.—Por la Virgen del Carmen... —susurró Julián, cayendo de rodillas sobre las maderas del andamio.El techo de la estancia parecía estar cobrando una vida orgánica y corrupta. El yeso policromado, que durante más de un siglo había permanecido inerte, adquirió la porosidad de la piel humana. Las fisuras se multiplicaron como capilares rotos, y de cada una de ellas comenzó a manar el hilo escarlata. La sangre descendía en chorreras por el moho de las moulduras, tiñendo el pan de oro de un tono purpúreo obsceno, goteando en una lluvia rítmica sobre la taracea del suelo.Tap, tap, tap.El llanto tras los paneles de madera dejó de ser un susurro para convertirse en un alarido desesperado. La voz de la muchacha arañaba la caoba desde adentro, y el sonido de las uñas de un ser invisible desgarrando la madera seca resonó en todo el salón con la claridad desgarradora de un cristal al romperse.Capítulo IV: La arquitectura del pecadoIncapaz de descender del andamio debido al pánico que agarrotaba sus músculos, Julián presenció el desgarro de la realidad. El aire del salón descendió varios grados en cuestión de segundos; su aliento se transformó en una condensación blanca y espesa. Las arañas de cristal de la estancia comenzaron a tintinear violentamente sin que hubiese una sola corriente de aire, produciendo una melodía caótica y metálica.El panel de caoba frente al cual se encontraba el artesano empezó a abombarse hacia afuera, cediendo ante una presión enorme desde el trasfondo de la mampostería. Las vetas del arce y el palisandro se quebraron con estallidos secos, como huesos rompiéndose. De las grietas de la madera no brotó polvo, sino mechones de cabello largo, negro, empapado en un limo fétido y sanguinolento.Julián quiso gritar, pedir auxilio a Marcos, correr hacia la salida que daba a la escalera de honor, pero la parálisis del terror abrumador lo tenía amarrado al suelo de metal. El terror verdaderamente ancestral no te hace huir; te convierte en estatua para que contemples tu propia perdición.De la brecha de la madera emergió una mano. Era una mano pequeña, de dedos finos pero deformados por el encierro, con las uñas encarnadas y manchadas de yeso y yesca. La mano se agarró al marco tallado con una fuerza desmedida. Luego, una segunda mano brotó de la penumbra del hueco ciego del muro.—Nadie debe saberlo... —resonó una voz grave, cavernosa, que no venía del panel, sino del aire mismo, una voz de hombre educado, aristocrático, pero podrecida por el remordimiento y el secreto. Era la voz del Marqués, reverberando a través de los siglos—. Cierra la pared, Raimundo. Cierra la pared antes de que la bula no sirva de nada...El panel terminó de reventar. De la pared vacía, de aquel espacio entre la obra vista y el revestimiento donde nunca debió haber nada más que aire y polvo, comenzó a salir una figura humana encorvada. Estaba envuelta en las jirones de lo que alguna vez fue un vestido de noche de encaje de Bruselas, ahora convertido en un sudario de moho y podredumbre marchita.Capítulo V: La Dama de BlancoLa figura se erguó sobre el andamio, a escasos dos metros de Julián. El sudario de encaje blanco estaba completamente empapado por el líquido escarlata que continuaba lloviendo desde el techo de yeso. El rostro de la aparición era una máscara de dolor absoluto: la piel, de una palidez cadavérica y traslúcida, dejaba ver las venas azuladas; donde debían estar los ojos, solo había dos cuencas profundas y oscuras de las que brotaban lágrimas purpúreas que se mezclaban con la sangre de la cornisa.Era la Dama de Blanco, el espectro de la inocencia sacrificada en el altar del linaje, la criatura a la que la arquitectura del palacio había intentado digerir durante más de cien años sin conseguirlo jamás.—¿Tú eres mi padre? —pregunto el espectro. Su voz no era un sonido físico, sino una vibración violenta que retumbó directamente en el cerebro de Julián, haciendo que le sangraran los oídos—. ¿Has venido a sacarme de la cal? El agua está fría, padre... El mortero me quema la boca cuando intento cantar...La criatura dio un paso hacia él. El hedor a muerte antigua y a flores podridas era insoportable. Julián sintió que el corazón le daba un vuelco salvaje dentro del pecho, amenazando con romperse las costillas. Vio cómo la Dama levantaba un brazo esquelético, con la piel colgando en jirones cubiertos de yeso seco, extendiendo sus dedos ensangrentados hacia el rostro del restaurador.El techo se vino abajo emocionalmente. No cayó el material, sino el horror contenido. Una catarata de sangre descendió del florón central, inundando el andamio, empapando a Julián de la cabeza a los pies con ese fluido caliente y denso que olía al pecado original de la casa de Linares. El artesano cayó de espaldas, resbalando sobre la plataforma de metal anegada en la sustancia escarlata.—¡No! ¡Yo solo venía a restaurar la madera! ¡Yo solo venía a limpiar la piedra! —aulló Julián, perdiendo finalmente la razón en la oscuridad del Salón de Baile.La Dama de Blanco se inclinó sobre él. Su rostro sin ojos se posó a centímetros de la cara del hombre. Julián pudo sentir el frío cósmico de su aliento y ver el reflectar de su propia imagen aterrorizada en las cuencas vacías de la aparición. La niña abrió la boca, una cavidad negra plagada de dientes astillados, y dejó caer un sollozo final, un grito de agonía eterna que congeló la sangre en las arterias del artesano.Epílogo: La pátina del tiempoA las siete de la mañana, el turno de relevo de la seguridad del Palacio de Linares encontró a Marcos en el control de acceso, adormilado. Cuando los dos guardias bajaron al Salón de Baile para avisar al restaurador de que el tiempo de trabajo nocturno había concluido, encontraron la puerta doble de caoba entornada.Al entrar, el silencio del salón era absoluto. La luz del amanecer madrileño se filtraba a través de los altos ventanales, iluminando las motas de polvo que danzaban en el aire.Julián Prado estaba tirado en el suelo, al pie del andamio, ovillado en posición fetal. Tenía el pelo completamente cano —blanco como la cal de los muros— y los ojos abiertos de par en par, fijos en el techo de la estancia, desprovistos de cualquier atisbo de cordura. Sus labios balbuceaban sin descanso una serie de palabras incomprensibles sobre encajes, arcas de yeso y niñas emparedadas.Los guardias llamaron inmediatamente a los servicios de emergencia. Mientras esperaban la llegada de la ambulancia, uno de ellos, llevado por una morbosa curiosidad, miró hacia el techo, en la cornisa noreste donde Julián había estado trabajando horas antes.No había rastro de sangre. La yesería lucía impecable, con sus querubines sonrientes y su pan de oro reluciente bajo la luz matutina. Los paneles de caoba permanecían intactos, perfectamente ensamblados, pulidos con el lustre sobrio de la antigüedad. Sin embargo, si uno se acercaba lo suficiente a la pared de la esquina noreste y pegaba el oído al barniz descolorido, podía jurarse que, bajo la solidez insondable de la madera de la aristocracia, aún se escuchaba el leve, húmedo y eterno rascado de unas uñas infantiles intentando salir a la luz.

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