# La Llamada del Número 666

> **Sitio:** Relatando.com (https://relatando.com)
> **URL:** https://relatando.com/la-llamada-del-numero-666/
> **Publicado:** 2026-09-15T00:55:50+02:00
> **Categorías:** Leyendas Urbanas

## Resumen Ejecutado

Tres estudiantes en Madrid marcan un número prohibido hallado en una vieja imprenta. ¿Qué hay al otro lado de la línea? Lee este relato de terror.

## Relato / Contenido Completo

El zumbido del tubo fluorescente desprendía un olor a ozono quemado y polvo viejo, adherido al paladar como una costra metálica. Afuera, la llovizna fina de Madrid empañaba los cristales del piso francamente inhabitable que Mateo había alquilado a espaldas de sus padres; adentro, el calor de la estufa de gas parecía incapaz de disolver el vaho denso que exhalaban los tres estudiantes. Sobre la mesa formica, gastada por el uso y las quemaduras de cigarro, reposaba el aparato: un teléfono inalámbrico de los noventa, con la carcasa amarillenta por la nicotina y las teclas borradas por el roce constante.Nadie hablaba. El único sonido era la respiración acompasada y gregaria de Tomás, que tamborileaba los dedos sobre el plástico con una urgencia febril, y el parpadeo letárgico de la pantalla del móvil de Clara, cuya luz azulada proyectaba sombras alargadas bajo sus cuencas oculares. Habían encontrado el folleto doblado en el fondo de una caja de cartón, en el desván de una vieja imprenta clausurada tras un incendio en el año ochenta y nueve. Un panfleto publicitario de tarificación especial, de aquellos que prometían predicciones del porvenir o secretos ocultos al otro lado de la línea. Solo que el número impreso con tipografía pesada y tinta roja, casi indescifrable, constaba de tres cifras idénticas, precedidas por el prefijo maldito que ningún operador aceptaba ya.—Es una gilipollez —murmuró Mateo, aunque su voz sonó hueca, desprovista de convicción, mientras se alisaba el vaho frío que le erizaba la nuca—. Los circuitos están muertos. Ese bloque de pisos lleva deshabitado desde que explotó la caldera del sótano. No hay centralita que soporte esa marcación.—Prueba de una vez —espetó Clara, con un temblor casi imperceptible en la comisura de los labios—. O te estás acobardando, arquitecto.Tomás no replicó. Sus dedos, rígidos por una tensión impropia de una broma de madrugada, marcaron los tres dígitos con una lentitud ritual. El tecleo resonó seco, hueco, como golpes dados contra el fondo de una caja de pino. Al terminar, apretó el botón verde de llamada y acercó el auricular a su oreja derecha.I. El Vacío en la LíneaEl silencio inicial no fue un silencio común. No era la ausencia de ruido, sino una presencia densa, un peso físico que se asentó sobre el pecho de los tres muchachos, comprimiendo el aire de la estancia hasta hacer la respiración dolorosa. Durante largos segundos, los tres pares de ojos permanecieron fijos en el rostro de Tomás, que palideció de forma instantánea, perdiendo el color rosáceo de la piel hasta adquirir el tono grisáceo de la ceniza.—¿Se oye algo? —preguntó Mateo, sintiendo un hilillo de sudor frío descenderle por las vértebras lumbares.Tomás no se movió. Sus pupilas estaban dilatadas hasta ocupar casi la totalidad del iris. Del auricular no emanaba la habitual señal de ocupado, ni el tono de marcado intermitente de las compañías telefónicas. Lo que salía de la pequeña membrana de plástico era un sonido sordo, un crujido grave, rítmico y constante, semejante al que produce la madera seca cuando es devorada por una brasa subterránea.El aire olía a lana quemada, a pintura plástica derretida y a carne seca.—Hay... hay estática —consiguió decir Tomás, con un hilo de voz que apenas raspaba la garganta—. Pero huele mal. Huele a desván cerrado, a... a hollín.Mateo dio un paso al frente, arrebatándole el teléfono de la mano con un arrebato de falsa valentía. Se lo llevó a la oreja izquierda. Al principio, creyó que era el sonido del tráfico lejano de la Castellana filtrándose por las rendijas del doble acristalamiento. Pero el timbre era distinto. Era un rumor sordo, un bramido lejano compuesto por miles de capas superpuestas que vibraban a una frecuencia inusualmente baja, retumbando directamente en el hueso temporal.Y entonces, entre el chisporroteo eléctrico, la frecuencia se estabilizó.II. El Coro de la BrasaNo era una voz humana. Eran cientos de ellas, fundidas en un alarido continuo, uniforme, que no expresaba dolor físico individual, sino el terror absoluto de la materia al ser consumida. El sonido no procedía de un altavoz; parecía formarse dentro del cráneo de Mateo, recorriendo sus conductos auditivos como un fluido viscoso y caliente.Al fondo de la línea, amortiguado por lo que parecía el rugido voraz de un tiro de chimenea gigantesco, se escuchaban golpes secos contra una superficie metálica. Pam. Pam. Pam. Como puños desesperados golpeando una puerta de chapa soldada desde el interior de una cámara frigorífica.—Cuelga —susurró Clara, agazapada en el sofá, con las piernas encogidas contra el pecho y los brazos rodeándole las rodillas—. Cuelga esa mierda ahora mismo, Mateo.Pero Mateo no podía moverse. Sus dedos parecían soldados al plástico amarillento del auricular. El frío de la estancia había desaparecido, reemplazado por una ola de calor seco, sofocante, que le secó la saliva en cuestión de segundos. El olor a humedad rancia del piso se había trocado de golpe en una fetidez insoportable a pelo chamuscado y brea hirviendo.Por el auricular, superpuesto al estridente crepitar de las llamas, una voz infantil, delgada y quebrada como un cristal al límite de su tensión, pronunció una frase perfectamente nítida, a pesar del eco metálico:—No abráis la trampilla... el rellano ya no tiene suelo.El teléfono emitió un pitido seco, agudo, y la línea se cortó de golpe, dejando paso a un tono de marcado rápido y monótono que sonaba completamente artificial, casi irrisorio tras lo que acababan de presenciar.III. El Desenlace en la PenumbraLos tres permanecieron en silencio durante varios minutos. Nadie se atrevía a mirar hacia el pasillo oscuro que conducía a la puerta de entrada del piso. La luz del fluorescente parpadeó una última vez antes de apagarse por completo, sumergiéndoles en una penumbra sucia, apenas rota por el resplandor naranja de las farolas de la calle que se filtraba a través de las persianas mal bajadas.Tomás se frotó la oreja derecha con desesperación, rascándose la piel hasta hacerse sangre, convencido de que aún sentía el tacto viscoso de la ceniza caliente adherida al lóbulo. Clara lloraba en silencio, con la cara enterrada entre las manos, temblando con espasmos secos mientras el olor a madera quemada seguía intensificándose en el ambiente, ganando densidad por segundos.Mateo dejó caer el aparato sobre la mesa con un golpe seco. Miró hacia sus manos; la palma de su mano derecha estaba negruzca, manchada de un hollín fino y grasiento que parecía brotar directamente de sus propios poros, como si el humo del otro lado de la línea hubiera atravesado los circuitos para impregnar su propia piel.Se acercó despacio a la ventana y descorrió el pestillo para que entrara aire fresco. Al abrir el cristal, el aire de la calle no olía a lluvia ni a asfalto mojado. Olvidando la tormenta, Madrid entera parecía oler a humo denso, a vigas desplomadas y a una madera muy vieja que llevaba ardiendo desde antes de que ellos nacieran.Y en el silencio de la habitación, cuando creían que todo había terminado, el teléfono inalámbrico sobre la mesa volvió a encenderse por sí solo, marcando de nuevo, con un leve zumbido mecánico, el número tres veces maldito.

      📜Investigación • Preguntas Frecuentes

    Archivo Documental y Análisis de lo Oculto • Relatando.com

      ¿Qué simboliza el uso del teléfono inalámbrico de los noventa y la estética urbana de Madrid en la atmósfera del relato?
      El aparato noventecientos con la carcasa amarillenta y las teclas borradas actúa como un fetiche tecnológico de transición, evocando la obsolescencia y el aislamiento urbano anterior a la hiperconectividad digital. Este telón de fondo madrileño de pisos francos y llovizna fina refuerza el realismo sucio, contrastando la frialdad de la época con la irrupción de lo anómalo.

      ¿Cómo se manifiesta el folclore urbano de los números malditos y las líneas de tarificación especial en la trama?
      La historia bebe directamente de las leyendas urbanas de los años ochenta y noventa sobre numeraciones ocultas, timos esotéricos y centralitas fantasma. El folleto rescatado de una imprenta clausurada evoca la fascinación por lo prohibido y los resquicios oscuros de las antiguas redes de telecomunicación analógica.

      ¿De qué manera construye Carlos Nieto la tensión psicológica a través de las reacciones físicas de los personajes?
      Nieto elude los efectismos baratos priorizando la somatización del miedo: el olor a ozono, el vaho denso, la dilatación pupilar y la rigidez de los dedos sobre el plástico. La atmósfera opresiva se edifica mediante la alteración sensorial, donde el entorno físico parece confabularse con la llamada.

      ¿Qué implicaciones narrativas tiene el corte abrupto del texto en el clímax de la primera sección?
      La suspensión en el umbral de la escucha —justo cuando el silencio deja de ser ausencia para convertirse en una presencia física densa— funciona como un recurso clásico de la narrativa oral de misterio. Deja al lector en suspenso, atrapado en ese vacío sónico que anticipa lo inevitable al otro lado de la línea.

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