# La Maldición del Reloj de Cera

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> **URL:** https://relatando.com/la-maldicion-del-reloj-de-cera/
> **Publicado:** 2026-08-10T23:03:12+02:00
> **Categorías:** Pesadillas Master

## Resumen Ejecutado

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## Relato / Contenido Completo

Capítulo I: El Salón de los Rastros OlvidadosHay objetos que no pertenecen al mundo de los vivos, sino a las grietas que quedan entre la cordura y el abismo. Don Julián de la Torre, anticuario de oficio y erudito de lo estrambótico por devoción, conocía bien esa frontera. En su lobreguez particular —una tienda angosta del barrio de La Latina, en Madrid, donde el polvo parecía flotar con la densidad del plomo—, las reliquias no descansaban; más bien aguardaban. El aire de la estancia olió siempre a papel marchito, barniz de linaza y el moho añejo de las casonas castellanas derruidas.Fue una tarde de noviembre, cuando el frío cortante de la sierra bajaba por las callejuelas empedradas, cuando cruzó el umbral un individuo de estampa deplorable. El sujeto vestía un capote raído por las polillas y traía consigo un bulto envuelto en un paño de terciopelo raído, atado con cuerdas de esparto. No dijo su nombre. Sus dedos, flacos y amarillentos como espinas de pescado, temblaban al desatar los nudos. Tan solo articuló una frase con voz de cascajo: «Lléveselo antes de que la cera termine de gotear sobre mi tumba». Antes de que Julián pudiera inquirir el origen de semejante exabrupto, el extraño arrojó una puñada de monedas sobre el mostrador y huyó hacia la niebla, dejando tras de sí la pesada silueta del artefacto.Julián retiró el terciopelo. Frente a él se erigía una obra maestra del arte morbo-gótico del siglo XVII. La caja del reloj, tallada en ebanistería de caoba negra, evocaba una catedral en miniatura, repleta de gárgolas sonrientes y capiteles retorcidos. Sin embargo, no fue la talla lo que congeló la sangre del anticuario, sino la esfera. Tras el cristal opaco no había latón ni marfil. La esfera estaba elaborada con una sustancia blancuzca, grasienta, de pátina enfermiza. Y las agujas... las agujas no eran de metal. Eran dos estilizados estiletes esculpidos en cera humana, fina y traslúcida, atravesados por un eje de hierro forjado a fuego.Capítulo II: La Naturaleza del SeboEsa misma noche, tras echar el cierre a la tienda y atrancar la puerta de roble, Julián trasladó la pieza a su taller subterráneo. Al calor de una sola lámpara de quinqués, examinó el artefacto con lupas de aumento. El cronómetro no poseía cuerda visible ni péndulo convencional; no obstante, en el interior del mecanismo resonaba un latido amortiguado, parecido al sonido de un corazón enfundado en terciopelo mojado: tac, tac, tac... Un ritmo denso, perezoso y carente del brillo metálico de la relojería suiza.Al acercar el rostro a la esfera, un hedor inconfundible asaltó sus fosas nasales: la peste acre de la manteca rancia combinada con el tufo dulzón de las flores de camposanto. No había duda alguna para un hombre versado en las artes oscuras de la medicina antigua. Aquella cera provenía de la grasa extraída del pecho de un difunto, refinada mediante alquimia con aceites esenciales y hollín de sepultura.Fue entonces cuando notó la anomalía. La aguja minutera, larga y afilada como un estilete de carnicero, despedía una gota casi imperceptible de grasa líquida. La cera no se consumía por el calor del candil, pues la estancia estaba helada. Se derretía por una combustión invisible e interna. La gota descendió con una lentitud espeluznante hasta caer sobre la base de la esfera, donde yacía una pequeña pila de residuos acumulados. En ese mismo instante, la aguja avanzó un milímetro. La hora que marcaba el reloj era exactamente las dos y cuarenta y tres minutos de la madrugada.Julián buscó en sus tomos de esoterismo y archivos de la Inquisición reunidos durante décadas. Hacia las tres de la mañana, encontró una referencia en el Compendium Maleficarum de un maestro orfebre toledano del siglo XVI, fray Bartolomé de los Ríos. Se decía que Fray Bartolomé había creado un «Horologium Fatum» utilizando la grasa corporal de ajusticiados por la Santa Hermandad. Aquel que poseyera el reloj no mediría el tiempo del mundo, sino la cantidad exacta de vitalidad que le resta a su propia carne. Las agujas de cera no giraban por fuerza mecánica; se consumían derramando el tiempo del dueño, y la hora fija en la que la cera se licuara por completo marcaría el segundo exacto de su óbito.Capítulo III: Los Fantasmas de la EsferaA la noche siguiente, el vendedor que le había entregado la pieza no regresó, pero las noticias locales trajeron la respuesta. El periódico de la mañana recogía una nota breve en la sección de sucesos: un mendigo había sido hallado muerto en un callejón cercano a la Plaza Mayor. El forense determinó que el hombre había perecido por una repentina parálisis cardíaca a las dos y cuarenta y tres minutos de la madrugada. La misma hora en que la gota de cera cayó frente a los ojos horrorizados de Julián.El pánico prendió en el ánimo del anticuario como una mecha en la pólvora. Miró el reloj de caoba, que descansaba sobre su escritorio de nogal. Las agujas habían cambiado de posición. Ya no señalaban la hora de la muerte del desdichado vendedor; ahora se habían reconfigurado de forma autónoma. La aguja horaria apuntaba fijamente a las cuatro, y la minutera temblaba peligrosamente sobre el número doce.Las cuatro en punto.Julián intentó deshacerse del monstruoso trasto. Lo envolvió nuevamente y caminó apresuradamente hacia el río Manzanares con la intención de arrojarlo a las aguas oscuras. Pero al llegar a la orilla, al levantar los brazos para lanzar el fardo, el peso del paquete se multiplicó por cien, haciéndolo caer de rodillas sobre el barro. Del interior del paño emanó un calor sofocante, parecido al de un cuerpo atacado por la fiebre. Una voz susurrante, que parecía brotar del engranaje escondido, murmuró en su mente: «Nadie abandona el plazo que ha sido inscrito en la grasa».Aterrorizado, regresó a su vivienda. El reloj ya no estaba en el paquete; había vuelto a su hornacina del taller, imperturbable, latiendo con su macabro tac, tac, tac. La cera de la aguja minutera continuaba su licuefacción incesante. Pequeñas hebras de grasa derretida bajaban por el cristal, dejando surcos amarillentos que semejaban las lágrimas de un cadáver.Capítulo IV: La Licuefacción de la CarnePasaron los días y la cordura de Don Julián de la Torre comenzó a deshilacharse como un tapiz roído por las ratas. Se negó a abrir la tienda. Cubrió los espejos de la casa porque no soportaba ver su propio rostro: la piel de sus mejillas, antes rosada y firme, había tomado un tono cetrino y pastoso, increíblemente similar a la cera vieja del artefacto. Sus dedos se volvieron rígidos y fríos, y sus ojos se hundieron en cuencas oscuras y purulentas.El frío interior que le devoraba era insoportable. Cada gota que la aguja del reloj perdía al derretirse provocaba en el cuerpo de Julián un escalofrío mortal. Sintió que su propia sangre se espesaba en las arterias, volviéndose grasienta, pesada, incapaz de transportar el calor de la vida. El tiempo no era una magnitud física; era una masa de sebo que se escurría hacia el infierno.Instaló un sillón frente al reloj y se dedicó a observarlo sin pestañear. Registró cada goteo en un diario con trazos cada vez más erráticos e incomprensibles:«Día 14 de noviembre: La aguja del minutero ha perdido tres milímetros de su longitud. He notado que no puedo mover la pierna izquierda; está dura como el cebo de una vela apagada. El olor en la habitación es insoportable. No huele a mi casa, huele a mi propia podredumbre anticipada.»«Día 18 de noviembre: Faltan solo quince minutos para las cuatro. La cera cae a borbotones ahora. Puedo oír el silbido de la grasa al derretirse. Cada gota que impacta abajo suena como una palada de tierra sobre mi ataúd. Las gárgolas de la caja de caoba parecen mover los ojos. Se están riendo de mi agonía.»A las tres y cuarenta y cinco de la madrugada de la última noche, la aguja minutera era una farsa reducida a un tocón deforme. La cera acumulada en la base de la esfera había formado una diminuta figura informe, un homúnculo de manteca que imitaba la posición del propio Julián sentado en su sillón.Capítulo V: La Última Gota de la NocheFaltaban cinco minutos para las cuatro. El silencio en el subterráneo era tan denso que el chasquido de la lámpara de aceite sonaba como un trueno. Julián ya no podía articular palabra; sus labios se habían pegado entre sí por una sustancia viscosa y transparente que brotaba de sus encías. Su respiración era un silbido agónico que apenas lograba hinchar sus pulmones petrificados.La aguja de cera, desgastada hasta la extenuación, sostenía en su extremo la última gota. Era una gota gorda, pesada, que oscilaba sobre el abismo del número doce. El péndulo invisible aceleró su latido: TAC, TAC, TAC, TAC... El sonido rebotaba en las paredes de ladrillo visto del taller como el galope de un jinete de la muerte.Julián quiso levantar la mano para romper el cristal, para destrozar las agujas con sus puños, para gritar que aún le quedaban años por vivir, libros que leer, antigüedades que catalogar. Pero sus brazos eran dos columnas de grasa inerte. La voluntad había sido totalmente devorada por la maldición del artefacto.El reloj marcó las tres y cincuenta y nueve.La gota se alargó. La cera humana resplandeció con un destello fosforescente, azulado y diabólico. En la gota reflejada, Julián no vio su taller, sino un abismo infinito poblado por rostros sin boca que se retorcían en una masa de sebo hirviente.Tres, dos, uno...La gota se desprendió. Cayó con la lentitud de una sentencia firme. Al golpear el suelo de la esfera, se escuchó un siseo apagado, semejante al de una vela extinta sumergida en agua bendita. El metal del mecanismo se detuvo al instante. El latido cesó.A las cuatro en punto, la aguja minutera de cera se disolvió completamente, convirtiéndose en un charco informe. En ese mismo segundo, en el sillón de orejas del taller subterráneo, el cuerpo de Don Julián de la Torre se derrumbó hacia adelante. Cuando la policía forzó la puerta tres días después, alertada por el pestilente hedor que emanaba del local, no hallaron un cadáver humano en el sentido estricto. Encontraron una figura blanda, derretida sobre la alfombra, cuyos rasgos faciales se habían desdibujado por completo como los de un muñeco de cera expuesto al fuego violento de un horno.Y sobre el escritorio, resplandeciente, impecable y con sus agujas de cera humana intactas y erguidas de nuevo, el reloj gótico aguardaba. Marcaba las doce en punto, esperando al próximo comprador que se atreviera a medir el valor exacto de su tiempo.

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