# La Voz del Interfono sin Nombre

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> **Publicado:** 2026-08-23T23:06:15+02:00
> **Categorías:** Horror Psicológico

## Resumen Ejecutado

🎧 Lectura Inmersiva con Melodías de Fondo ⏱️ Tiempo de lectura: 14 min • Mezcla de música misteriosa de piano y violín 🔊 ESCUCHAR LECTURA...

## Relato / Contenido Completo

Capítulo I: La arquitectura del mohoEl Edificio Numancia se levantó en 1974 sobre un solar que olía a cal viva y a hierba podrida. Sus ocho plantas eran un monumento al hormigón visto, al terrazo pardo y a las molduras de escayola que el tiempo había teñido del color de los dientes de un anciano fumador. En el descansillo del cuarto piso, el aire siempre olía a guiso rancio, a cera para muebles y al aliento húmedo de las cañerías que tiritaban tras los muros.Julián habitaba el 4º B desde hacía más de tres décadas. Era un hombre de costumbres pulcras y descoloridas: un catálogo de manías ordenadas con el rigor de un forense. Cada noche, tras cenar una sopa de fideos y apagar el televisor en blanco y negro que arrastraba una estática pertinaz, se sentaba en el sillón de orejas a aguardar. No aguardaba el sueño, pues el sueño lo había abandonado hacía meses, sino el primer crujido del edificio.A las doce menos tres minutos, la estructura de cemento crujía con un gemido sordo, como una enorme caja torácica asentándose en la tierra. Y a las doce en punto, con una puntualidad quirúrgica que le helaba la sangre, el telefonillo situado en la entrada del pasillo —un aparato de baquelita marfil, amarilleado por los decenios y cubierto por una pátina de grasa sepia— emitía su zumbido.No era el timbre jovial de una visita inesperada. Era un chasquido ronco, un chirrido de metal contra metal que vibraba en las paredes de gotelé como el vuelo de un moscón atrapado en una calavera.Julián no quería levantarse. Cada noche se juraba a sí mismo que permanecería inmóvil en su sillón, con las manos apretadas contra los apoyabrazos hasta que los nudillos se le volvieran blancos. Pero sus piernas, poseídas por un mecanismo ajeno a su voluntad, lo arrastraban por el pasillo a oscuras. La baquelita del auricular estaba siempre fría como el lomo de un reptil.—¿Sí? —susurraba Julián, sintiendo que su propio aliento condensaba el vaho sobre el plástico perforado.La respuesta siempre comenzaba con el mismo soplo de estática densa, un sonido semejante al del viento atravesando un cañaveral seco.—¿Se encuentra el señor Valdemar? —preguntaba la voz.Era una voz desprovista de edad y sexo, una reverberación cavernosa que parecía emanar de un pozo cubierto de agua estancada.—Aquí no vive ningún Valdemar —respondía Julián, con el labio inferior temblando—. Nunca ha vivido ningún Valdemar en el cuarto B. Tienen el número equivocado.Entonces, la voz hacía una pausa. Una pausa donde se escuchaba algo parecido al chasquido de unas uñas rascando una superficie dura y porosa. Hormigón, tal vez. O madera de roble barnizada.—Sabemos que no vive allí, Julián —murmuraba la voz, volviéndose más nítida, más íntima—. Pero tú sí estás. Y aún huele a aceite de linaza en tus manos. Aún puedes oír cómo crujían las costillas de Mateo cuando apretaste la almohada, ¿verdad?Capítulo II: La fosa de la memoriaEl nombre de Mateo no figuraba en ningún registro policial. Nunca hubo una denuncia, ni un juicio, ni un ataúd cubierto de flores en el cementerio de la Almudena. En el verano de 1988, Mateo simplemente dejó de acudir al despacho de arquitectura que compartía con Julián en la calle Silva. Los clientes asumieron que se había marchado al extranjero, acuciado por las deudas que la firma había acumulado milagrosamente de la noche a la mañana.Nadie preguntó por qué la solera del trastero del cuarto B se había rehecho por completo aquel mismo agosto. Nadie cuestionó las sacas de cemento de fraguado rápido que Julián subió en el ascensor en mitad de una noche canicular, chorreando sudor y con los ojos desorbitados por una fiebre insomne.Al principio, tras las llamadas de la primera semana, Julián optó por la vía lógica. Descolgó el auricular y cortó el cable trenzado con unas tenazas de electricista. El hilo de cobre, verdoso por la sulfatación, quedó colgando como una víscera inerte sobre el rodapié. Esa misma medianoche, el zumbador volvió a sonar con una fuerza destructiva que hizo vibrar los vasos en el platero de la cocina.Cuando descolgó el plástico cercenado, la voz no provenía del auricular, sino directamente de la cajetilla incrustada en el tabique.—La cal no absorbe los recuerdos, Julián —decía la estática, espesa como el jarabe de brezo—. Se quedan atrapados en las burbujas de aire. Y cuando el mortero se agrieta, los recuerdos respiran.Desesperado, desmontó el aparato entero. Usó un destornillador plano para apalancar la carcasa. Dentro no había circuitos integrados ni colecciones de cables modernos; solo un muelle oxidado, una membrana de papel alquitranado y una araña muerta, disecada por el tiempo. No había conexión alguna con el exterior. La pared tras el cajetín no era más que un hueco ciego de ladrillo hueco.A pesar de estar el hueco vacío, a las doce de la noche el aire del pasillo se volvió tan denso que Julián apenas podía dar un sorbo de oxígeno sin sentir un sabor metálico en la garganta, similar a chupar una moneda antigua.—¿Qué quieres? —gritó la octava noche, pegando la boca al orificio desnudo del tabique, donde el polvo de yeso le manchaba los labios de blanco—. ¡Mateo está muerto! ¡Se pudrió hace treinta años! ¡No queda nada de él!—Nadie ha dicho que yo sea Mateo —respondió la vibración, con una cadencia horrorosamente festiva—. Mateo es solo el peso de la primera piedra. Preguntamos por Valdemar. Él estaba aquí antes de que alzaran este bloque. Estaba aquí cuando el solar era solo un barranco donde los perros venían a morir.Capítulo III: El registro de la porteríaLa locura de Julián adoptó una forma metódica. Durante el día, cuando el sol de otoño iluminaba tenuemente las vidrieras emplomadas del portal, bajaba a la portería. El portero, un viejo tullido llamado Don Bartolomé que olía a tabaco de picadura y a vino peleón, lo miraba de reojo desde su caseta de madera de fusta.—Don Bartolomé —dijo Julián una tarde, mostrando unas manos que no dejaban de frotarse entre sí, como si intentase quitarse una mancha invisible—: Necesito consultar el libro de la comunidad. El de los primeros propietarios. Los de 1974.El viejo escupió en un pañuelo grasiento antes de arrastrar un tomo con tapas de hule negro de debajo del mostrador.—Aquí no hay nada raro, Don Julián. En el 4º B estuvo usted desde el principio. Compró sobre plano. Antes de eso... bueno, antes esto era el descampado de las Yeseras. Nadie vivía aquí.—Tiene que haber un Valdemar —insistió Julián, pasando los dedos temblorosos por las hojas amarillentas, sobre las que las firmas en tinta estilográfica parecían patas de insectos amontonados—. Un inquilino. Un arrendatario. Un vagabundo que encontraran durante la excavación de los cimientos.El portero clavó sus ojos nublados por las cataratas en la faz demacrada del arquitecto.—Solo hubo un incidente —dijo el viejo en un murmullo, acercándose tanto que Julián pudo oír el crujido de sus pulmones enfermos—. Cuando los albañiles vaciaban el terreno para la estructura del garaje, tropezaron con una galería. Una cueva de agua subterránea o un refugio de la guerra. Encontraron un pozo ciego cegado con losas de pizarra. El aparejador de entonces... ¿cómo se llamaba? Ah, sí, usted lo recordará bien: su socio, el señor Mateo. Él dijo que no se dijera nada a la inspección de obras para no parar la construcción. Echaron diez camiones de hormigón sobre el agujero. Tparon la boca del pozo con la persona que estaba dentro.Julián sintió que el suelo de terrazo oscilaba bajo sus zapatos.—¿Alguien... dentro?—Un viejo que vivía en una chabola al borde del descampado —continuó Bartolomé—. Lo llamaban el francés, o el maestro Valdemar. Decían que sacaba agua de la tierra con varas de avellano. Cuando las máquinas entraron, el hombre no quiso salir de su choza. Mateo ordenó meter la excavadora. Dijeron que había caído al pozo por accidente antes del vertido. Nadie reclamó. Pero el telefonillo de la portería... —el viejo señaló el cuadro central de botones de bronce situado junto a la puerta de entrada— nunca ha dejado de marcar esa línea.Capítulo IV: La llamada del hormigónAquella noche, la noche del 31 de octubre, el frío en el cuarto B no era una cuestión de temperatura, sino de densidad. El agua del congelador se había solidificado con un tinte negruzco y las plantas del balcón presentaban las hojas turgentes, endurecidas por una escarcha rancia.A las doce menos un minuto, Julián no esperó en el sillón. Se apostó en el pasillo, frente al hueco desnudo de la pared donde una vez estuvo la baquelita. Llevaba en la mano una linterna pesada de petaca y un cincel de acero.El crujido del edificio fue esta vez diferente. No fue el asentamiento de la estructura, sino el sonido de una garganta triturando piedras. El telefonillo, aunque destruido y sin cables, empezó a emitir una luz violeta y débil desde el fondo del ladrillo ciego.Zzzzzzzz. Zzzzzzzz.—¿Está el señor Valdemar? —la pregunta no venía de arriba ni de fuera. Salía de entre las junturas de los azulejos de la cocina, del desagüe de la bañera, del espacio que quedaba entre la pared y el cabecero de su cama.—¡No está! —aulló Julián, hincando el cincel en el yeso del pasillo, arrancando costras de pintura y gotelé que cayeron al suelo como escamas de piel muerta—. ¡Aquí solo estoy yo! ¡Yo y el cadáver de Mateo que puse bajo la terraza!—Sabemos lo de Mateo —dijo la voz, que ahora eran muchas voces superpuestas, un coro de gargantas obstruidas por la tierra húmeda—. Mateo fue una buena adición. Aportó solidez a la solera. Pero el señor Valdemar necesita un sustituto. El pozo bajo el edificio se está secando, Julián. El hormigón absorbe la humedad de los cuerpos. Mateo ya es solo polvo blanco. Se deshace entre los hierros del forjado.Julián golpeó la pared con el martillo y el cincel hasta abrir un brecha del tamaño de una cabeza humana. La linterna reveló algo que no debería haber estado allí: detrás de la pared divisoria entre su piso y el 4º A no había otra vivienda. Había una cavidad vertical, un hueco de escalera olvidado en los planos, un pozo negro cuyo fondo la luz de la petaca no alcanzaba a rozar.Un olor indescriptible brotó de la hendidura. Olía a pantano primitivo, a la grasa de animales extinguidos y al aliento estancado de hombres que habían muerto gritando en la oscuridad sin que nadie los oyera.En la pared interna de aquella cavidad secreta, incrustados en el cemento como fósiles en una roca esquistosa, vio los restos de Mateo. Sus dedos pulidos hasta el hueso aún estaban fijos en la postura de quien intenta arañar la salida. Y más abajo, sumergido hasta la cintura en una masa grisácea que continuaba blanda y palpitante tras cuarenta años, había otro cuerpo. Un cuerpo extremadamente largo, con miembros desproporcionados que se retorcían lentamente en el mortero fresco.—El señor Valdemar ha terminado su turno —dijo el zumbador desguazado desde el suelo, donde la carcasa rota balbuceaba entre los escombros—. Le toca al cuarto B.Capítulo V: La solera perfectaAl día siguiente, los vecinos del Edificio Numancia comentaron en la panadería que el 4º B parecía extrañamente silencioso. No se oía la televisión ni el arrastrar de zapatillas que solía acompañar las mañanas de Don Julián.El portero subió a las doce del mediodía con la llave maestra. La puerta no tenía echada la tranca. Al entrar, encontró el piso perfectamente ordenado, salvo por el pasillo. El hueco del telefonillo había sido tapado de nuevo con un parche de yeso fresco, aplicado con una habilidad manual propia de un maestro albañil. La masa aún estaba húmeda al tacto, desprendiendo un calor tenue y ese olor inconfundible a aceite de linaza y cal viva.Llamaron a la policía, pero no hallaron huellas de violencia ni indicios de marcha forzada. El señor Julián simplemente había recogido sus cosas —o eso dedujeron, al ver que su abrigo favorito no estaba en el perchero— y se había marchado sin liquidar los recibos de la comunidad.Esa misma semana, una pareja joven alquiló el 4º B. El piso era barato y la luz de la tarde entraba con una claridad hermosa por los ventanales de la terraza.En la noche del tres de noviembre, el nuevo inquilino, un muchacho llamado Marcos que estudiaba oposiciones, se despertó a las doce en punto. Sobre el plinto del pasillo, el casero había instalado un telefonillo nuevo, un modelo moderno de plástico blanco con botón de apertura automático.El aparato zumbó.Marcos, encalzoncillos y descalzo sobre el terrazo frío, descolgó el auricular sintiendo una extraña vibración que le recorrió el brazo hasta el hombro.—¿Sí? —dijo, somnoliento.—¿Se encuentra el señor Julián? —preguntó una voz que sonaba como si alguien estuviera hablando con la boca llena de arena húmeda.—No, aquí no vive ningún Julián —respondió el joven, frunciendo el ceño—. Alquilamos el piso hace tres días.Se produjo un silencio largo, espeso, cargado del sonido lejano de algo que se arrastraba con dificultad bajo las baldosas de sus pies.—Sabemos que no vive ahí —murmuró la voz, tornándose tan cercana que Marcos creyó sentir un aliento helado filtrándose por los diminutos orificios del auricular—. Pero tú sí estás, Marcos. Y tu novia duerme en el dormitorio principal... Qué fácil sería apretar esa almohada sobre su rostro cuando el dinero de la fianza se termine, ¿verdad?Marcos intentó soltar el auricular, pero sus dedos, petrificados por un terror repentino y definitivo, se negaron a obedecer.

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