El Pacto Secreto de mis Tías de Luto (Madrid, 1979) #shorts #relatosdeterror #miedo
El Pacto Secreto de las Tías de Luto (Madrid, 1979)
La lluvia en Madrid, en 1979, no limpiaba, sino que diluía la mugre, la tristeza, los secretos. Era una lluvia que olía a óxido y a promesas rotas, y yo, un niño asomado a la ventana empañada, la veía caer sobre el luto perpetuo que envolvía a mis tías. No un luto por un difunto reciente, no. Un luto antiguo, arraigado, que parecía haber brotado de la tierra misma con la que estaban hechas.
El Peso del Encaje Negro
Vivíamos en un piso alto, con vistas a una plaza donde las farolas proyectaban halos amarillentos sobre el asfalto mojado. Mis tías, Doña Elena y Doña Sofía, eran gemelas. Idénticas en rostro, en gesto, en la forma en que sus manos huesudas se aferraban a los rosarios. Siempre vestidas de negro, un negro que absorbía la luz, que parecía tener su propia gravedad. El encaje de sus mantillas, meticuloso y frío al tacto, era como una telaraña que atrapaba los susurros del pasado.
Nunca hablaban de él. De “él”. Solo se referían a “la pérdida”, a “el vacío”. Mi madre, una mujer consumida por la melancolía, me advertía que no les hiciera preguntas. “Son mujeres de fe, hijo. Sufren en silencio.” Pero el silencio de mis tías no era paz, era una contención desesperada, una presa a punto de romperse.
El Aroma a Incienso y Desesperación
El piso olía a incienso rancio, a polvo antiguo y a algo más… algo indefinible, como a tierra removida y a flores marchitas. Un olor que se adhería a la garganta, que te hacía toser sin querer. Las tardes transcurrían en un silencio opresivo, roto solo por el tic-tac del reloj de pared y el rezo monótono de mis tías. A veces, las encontraba mirando fijamente un viejo retrato enmarcado en plata. Un hombre de rostro severo, con una mirada que parecía perforarte el alma. Nunca me dijeron quién era, pero intuía que era la clave de su luto, el origen de su tormento.
Un Pacto Susurrado en la Oscuridad
Una noche, desperté con un ruido sordo que provenía del salón. Me levanté sigilosamente y me asomé a la puerta. Mis tías estaban de pie frente al retrato, susurrando en voz baja. No entendí las palabras, pero percibí la intensidad de su desesperación, la urgencia de su plegaria. Parecía un pacto, una promesa sellada con sombras y con el peso de los años.
Con el tiempo, descubrí fragmentos de la verdad. El hombre del retrato era un antiguo miembro de una sociedad secreta, dedicada a la práctica de rituales oscuros. Se decía que había invocado a entidades ancestrales, buscando poder y conocimiento. Pero el precio fue demasiado alto. Su muerte, repentina y misteriosa, dejó un vacío que mis tías intentaron llenar con su luto perpetuo, con su devoción fanática.
El Miedo a la Herencia
El miedo no era a un fantasma, ni a una maldición. Era a la posibilidad de que el legado de ese hombre, su sed de lo prohibido, se hubiera transmitido a mis tías, y a mí. Era el miedo a la oscuridad que acechaba en sus ojos, a la sonrisa amarga que se dibujaba en sus labios cuando rezaban. Era el miedo a convertirme en algo que no era, en un instrumento de fuerzas que no comprendía.
La Psicología del Luto Perpetuo
El luto prolongado, como el de mis tías, a menudo esconde algo más que la simple pérdida de un ser querido. Puede ser una forma de aferrarse al pasado, de evitar el dolor de la separación, de mantener viva la memoria del difunto. Pero en este caso, el luto era una prisión, una forma de expiación, un intento desesperado de contener una fuerza oscura que amenazaba con destruirlas. El miedo a lo desconocido, a lo sobrenatural, es una constante en la psique humana. Nos aterra aquello que no podemos comprender, aquello que desafía nuestras creencias y nuestra percepción de la realidad.
Puntos de Inquietud
- El luto perpetuo y su origen desconocido.
- El aroma a incienso rancio y a tierra removida.
- El retrato del hombre de rostro severo.
- Los susurros nocturnos y el pacto secreto.
- La sensación de ser observado y la herencia oscura.
Años después, abandoné Madrid, buscando escapar del peso del pasado. Pero el recuerdo de mis tías, de su luto perpetuo, me persigue hasta el día de hoy. A veces, cuando la lluvia golpea contra la ventana, puedo oler el incienso rancio, sentir el frío del encaje negro en mis manos. Y entonces, sé que el pacto secreto de mis tías de luto sigue vivo, esperando en la oscuridad.
