La Empresa Enterró a sus Propios Obreros (Protocolo 1987) #shorts #terrortestimonial #terrorurbano
La Tierra se Traga a los Hombres: Protocolo 1987
El polvo sabe a óxido y a promesas rotas. Lo sé, porque aún siento su sabor en la parte posterior de la garganta, aunque hayan pasado décadas desde que escuché el informe. Un informe que nunca debió salir de la sala blindada, un susurro ahogado en el eco de la ambición corporativa. Lo llamaron ‘Protocolo 1987’. Nosotros, los que lo leímos, lo llamamos ‘La Empresa Enterró a sus Propios Obreros’.
El Silencio Bajo el Asfalto
No fue un derrumbe, ni un accidente industrial. Fue una desaparición. Una lenta, metódica, y terriblemente silenciosa desaparición. La Corporación Zenith, un gigante de la construcción que se tragaba ciudades enteras, estaba excavando para la base de un nuevo complejo de oficinas en las afueras de Havenwood. Un proyecto faraónico, destinado a ser el símbolo del progreso. Pero bajo la tierra, encontraron algo más que roca y arcilla. Encontraron una veta de mineral inestable, un material que, según los informes geológicos, no debería existir. Y lo ignoraron.
Los primeros síntomas fueron sutiles: mareos, náuseas, pesadillas vívidas. Los obreros, hombres curtidos por el sol y el trabajo duro, comenzaron a hablar de sombras que se movían en los túneles, de susurros que parecían venir de las paredes. Luego, las desapariciones. Primero uno, luego dos, luego un goteo constante de nombres borrados de las listas de pago. La Empresa, con su fría eficiencia, lo atribuyó a renuncias, a accidentes laborales, a la inevitable rotación de personal. Pero nosotros sabíamos la verdad.
El mineral, al ser perturbado, liberaba un gas. Un gas incoloro, inodoro, pero con un efecto devastador en la psique humana. No mataba, no de forma inmediata. Despojaba a sus víctimas de su identidad, de su memoria, de su voluntad. Las convertía en cáscaras vacías, en autómatas que vagaban por los túneles, repitiendo tareas sin sentido, hasta que, finalmente, se perdían en la oscuridad, absorbidas por la tierra misma. El informe describía cómo los supervisores, al principio preocupados, comenzaron a ver a los obreros como ‘recursos defectuosos’, como un problema logístico a resolver. La solución: seguir excavando, ignorar las desapariciones, y enterrar la verdad bajo toneladas de hormigón y acero.
El Miedo a la Desaparición Personal
¿Por qué nos aterra tanto esta historia? No es el miedo a la muerte, sino el miedo a la desaparición. A perdernos a nosotros mismos, a ser despojados de nuestra esencia, a convertirnos en meros objetos, en engranajes de una máquina implacable. La Corporación Zenith no solo enterró a sus obreros, sino que intentó enterrar su humanidad. Y ese es un miedo que resuena profundamente en nosotros, en un mundo cada vez más deshumanizado.
El informe contenía fotografías. Imágenes granuladas, tomadas con cámaras de seguridad defectuosas. Rostros pálidos, ojos vacíos, cuerpos encorvados que se movían con una lentitud antinatural. En una de ellas, un obrero miraba directamente a la cámara, y en sus ojos, no había ni rastro de reconocimiento, ni de dolor, ni de esperanza. Solo un vacío absoluto. Esa imagen me persigue hasta el día de hoy.
Puntos de Inquietud
- El Gas de la Olvido: La idea de una sustancia que roba la identidad y la memoria.
- La Deshumanización Corporativa: La frialdad y la eficiencia con la que la empresa trata a sus empleados como recursos desechables.
- El Silencio Complicidad: La omisión deliberada de información y la supresión de la verdad.
- La Pérdida de la Individualidad: El miedo a convertirse en una mera extensión de una entidad mayor, perdiendo el control de la propia vida.
- La Tierra como Devoradora: La imagen de la tierra tragándose a los hombres, como un monstruo silencioso y paciente.
El complejo de oficinas se construyó. Zenith prosperó. Y el Protocolo 1987 fue archivado, sellado, olvidado. Pero la tierra recuerda. Y a veces, en las noches silenciosas, cuando el viento aúlla entre los rascacielos, puedo jurar que escucho los susurros de los hombres perdidos, llamando desde las profundidades. Un recordatorio escalofriante de que algunos secretos, es mejor dejarlos enterrados. Pero algunos, inevitablemente, resurgen. Y cuando lo hacen, el polvo sabe a óxido y a promesas rotas.
