Mi hijo de 6 años me habló con la voz de un anciano

13/11/2025 4:40 4 vistas

La Voz en el Hueso

La lluvia golpeaba el cristal como dedos huesudos, cada gota un diminuto epitafio. Había algo en el silencio entre las tormentas, un vacío que se tragaba el sonido y lo devolvía distorsionado, como un eco de otra dimensión. Esa noche, mi hijo, Leo, de seis años, me habló con la voz de un hombre que había visto demasiados inviernos. No una imitación, no un juego. Era la voz de un anciano, áspera, cansada, cargada con el peso de siglos. Y venía de la garganta de mi pequeño.

El Primer Susurro

Recuerdo el olor a plastilina y a leche tibia que impregnaba la habitación. Leo estaba construyendo una torre con bloques de colores, concentrado, ajeno a la tormenta que rugía afuera. Le pregunté qué estaba haciendo, una pregunta rutinaria, un intento de conectar. Y entonces, la voz. No la voz aguda y alegre de mi hijo, sino un gruñido gutural, lento, como si las palabras tuvieran que ser arrancadas de una tierra reseca. “Estoy… construyendo… un monumento… a lo olvidado,” dijo. La plastilina cayó de sus manos, manchando la alfombra con un arcoíris de colores que, de repente, me parecieron grotescos.

Al principio, pensé que era un truco, una imitación aprendida de algún programa de televisión. Pero sus ojos… sus ojos no eran los de Leo. Eran opacos, sin brillo, como ventanas empañadas por el tiempo. Y en ellos, vislumbré una tristeza ancestral, una fatiga que no correspondía a un niño de seis años. Intenté reír, restarle importancia, pero el sonido se atascó en mi garganta, reemplazado por un escalofrío que me recorrió la espina dorsal.

La Escalada de la Anomalía

Los días siguientes fueron una pesadilla en cámara lenta. La voz regresaba, intermitentemente, como una señal de radio intermitente. A veces, durante el juego, otras, mientras dormía. Sus conversaciones se volvieron extrañas, llenas de referencias a lugares que nunca había visitado, a eventos que nunca había presenciado. Hablaba de guerras olvidadas, de ciudades sumergidas, de dioses antiguos que dormían bajo la tierra. Y siempre, siempre, con esa voz ajena, esa voz que no le pertenecía.

Empecé a documentarlo, a grabar las conversaciones, a buscar respuestas en libros antiguos, en leyendas olvidadas. La biblioteca se convirtió en mi refugio, el polvo de los tomos antiguos en un sudario que me envolvía. Descubrí historias de posesiones, de entidades que se aferran a los cuerpos de los inocentes, de almas perdidas que buscan un nuevo hogar. Pero ninguna explicación parecía encajar del todo. Esto no era una posesión demoníaca, no era una enfermedad mental. Era algo… diferente. Algo más profundo, más inquietante.

El Miedo a la Despersonalización

El miedo que evoca esta historia no reside en lo sobrenatural en sí, sino en la despersonalización, en la pérdida de control sobre la propia identidad. Todos tememos que algo nos invada, que nos robe nuestra esencia, que nos convierta en algo que no somos. La imagen de un niño, un símbolo de inocencia y pureza, poseído por la voz de un anciano, es una violación de ese orden natural, una distorsión de lo que consideramos fundamentalmente humano. Nos confronta con la fragilidad de nuestra propia identidad, con la posibilidad de que, en realidad, no seamos tan únicos como creemos.

Puntos de Inquietud

  • La Voz Discontinua: La intermitencia de la voz sugiere una presencia que no tiene control total, una lucha interna por la dominación.
  • El Conocimiento Anacrónico: Las referencias a eventos y lugares desconocidos para un niño de seis años implican una fuente de información externa, una memoria que no es suya.
  • La Mirada Vacía: La falta de brillo en los ojos de Leo indica una desconexión con su propia conciencia, una ausencia que es profundamente perturbadora.
  • El Olor a Decaimiento: Aunque no se menciona explícitamente, la atmósfera descrita sugiere un olor sutil a humedad y a algo antiguo, a algo que se está desintegrando.
  • La Torre de Bloques: El “monumento a lo olvidado” es una metáfora poderosa de la memoria, del pasado que regresa para atormentarnos.

El Silencio Final

Ahora, Leo duerme. La lluvia ha cesado, pero el silencio es aún más opresivo. Me siento a su lado, observando su respiración, esperando… esperando a que la voz regrese. No sé qué está pasando, no sé qué le está sucediendo a mi hijo. Solo sé que algo se ha roto, algo se ha perdido. Y que, en la oscuridad de esta noche, el eco de esa voz anciana resuena en mi alma, recordándome que hay cosas en este mundo que son mejores dejarlas olvidadas. Porque a veces, lo olvidado no quiere permanecer en silencio.

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