Mi parálisis del sueño huele a gasolina: Ayer me tocó
El Aroma de la Parálisis: Cuando la Noche Huele a Gasolina
La primera bocanada te golpea antes de que abras los ojos. No es el aire rancio de la madrugada, ni el polvo acumulado en los rincones. Es algo más… químico. Un hedor acre, metálico, que se adhiere a la parte posterior de la garganta como una advertencia. Gasolina. Y no la gasolina de un motor, sino la de un sueño que se pudre.
El Peso Invisible
Ayer me tocó. A mí. No es algo que se pueda explicar con lógica, con ciencia, ni siquiera con la desesperada necesidad de encontrar una explicación racional. Es una inmovilidad absoluta, un ancla invisible clavada en el pecho que te impide gritar, mover un músculo, incluso parpadear. La conciencia, despierta y lúcida, atrapada en un cuerpo que ya no te pertenece. Y el olor… siempre el olor. La gasolina, penetrante, nauseabunda, como si estuvieras sumergido en un tanque vacío.
Recuerdo la oscuridad. No la oscuridad suave y reconfortante del sueño, sino una negrura densa, opresiva, que parece tener textura. Una oscuridad que se mueve, que respira. Y en esa oscuridad, formas. Sombras danzantes en el borde de la visión, demasiado rápidas para ser definidas, demasiado persistentes para ser ignoradas. No son figuras amenazantes en el sentido tradicional. No hay monstruos con garras ni dientes afilados. Son… presencias. Algo que observa, que espera. Algo que se alimenta de tu terror silencioso.
El Origen del Miedo: Un Eco Ancestral
La parálisis del sueño, dicen los científicos, es una disfunción en el ciclo REM. Una desconexión temporal entre la mente y el cuerpo. Pero eso no explica el olor. Ni las sombras. Ni la sensación visceral de que algo está mal, terriblemente mal. Creo que este miedo es mucho más antiguo, más profundo. Un eco de nuestros ancestros, cuando la noche era un territorio desconocido, lleno de depredadores y peligros invisibles. Cuando la inmovilidad significaba la muerte. La gasolina, quizás, es una metáfora moderna de ese peligro primordial. Un símbolo de la fragilidad, de la combustión, de la destrucción inminente.
El olor podría ser una distorsión neuronal, una interpretación errónea de señales químicas en el cerebro. O quizás… quizás sea algo más. Quizás sea una ventana a otra dimensión, un fugaz contacto con una realidad que no estamos destinados a comprender. Una realidad donde el miedo es una fuerza tangible, donde las sombras tienen voluntad propia, y donde la noche huele a gasolina.
Puntos de Inquietud
- El Olor Inexplicable: La persistencia y especificidad del olor a gasolina, un estímulo sensorial que no tiene una fuente lógica en el entorno del sueño.
- La Presencia Observadora: La sensación de ser vigilado por una entidad invisible, sin forma definida, pero con una intención palpable.
- La Inmovilidad Absoluta: La incapacidad total de moverse o reaccionar, exacerbando la sensación de vulnerabilidad y desesperación.
- La Distorsión de la Realidad: La alteración de la percepción sensorial, donde la oscuridad se vuelve densa y las sombras adquieren vida propia.
- El Miedo Primordial: La conexión con miedos ancestrales relacionados con la supervivencia y la amenaza en la oscuridad.
La Noche Espera
Hoy, el sol brilla. El aire es limpio. Pero sé que la noche volverá. Y con ella, el olor. La parálisis. Las sombras. No sé qué me espera en esa oscuridad, pero sé que no estoy solo. Y sé que, en algún lugar, en el abismo entre la vigilia y el sueño, algo me está observando. Algo que huele a gasolina. Apaga la luz. Cierra los ojos. Y escucha. ¿Puedes olerlo tú también?
