NO PARES EN ESA GASOLINERA | Mi Hermano Vendió Mi Alma al Cobrador | Terror Trailero

CarlosNieto 31/05/2026 27:22 58 vistas Leyendas Urbanas México

El Comienzo

Paré para repostar.

Las luces estaban encendidas. Los surtidores funcionaban. Un chico joven, con uniforme azul, me cobró ciento ochenta litros de gasoil con tarjeta. Me dio un ticket. Me dijo buenas noches. Salí de allí a las dos y cuarto de la madrugada y seguí ruta hacia Burgos.

Tres días después, un sargento de la Guardia Civil me preguntó, muy despacio, si yo estaba seguro de haber repostado en esa gasolinera. Le dije que sí. Que tenía el ticket. Que tenía el cargo en el banco. Que tenía las manos manchadas de gasoil esa noche.

La Gasolinera Fantasma

Él me puso delante una foto. Era la misma gasolinera. La misma marquesina. Los mismos surtidores. Pero en la foto los surtidores estaban arrancados, la tienda tenía los cristales rotos y había una cinta policial cruzando la entrada.

—La foto es de hace dos semanas —me dijo—. Esa estación lleva seis meses clausurada. Nadie ha entrado ahí desde mayo.

Y entonces me preguntó si había visto la cara del chico que me había cobrado.

Le dije que sí. Que la había visto perfectamente.

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Por la forma en que el sargento se quedó mirándome, supe que aquello no se iba a quedar ahí. Y no se quedó.

Me llamo Andrés. Tengo cuarenta y siete años. Llevo desde los veintidós conduciendo camiones de noche por media España. Lo cuento porque dos años después de aquello sigo sin dormir del todo bien, y porque sé que ahora mismo, mientras alguien escucha esto, hay otro conductor entrando en un sitio parecido. Sin saberlo.

Aquella noche salí de Albacete sobre las once. Llevaba piezas industriales hacia un polígono cerca de Burgos. Miércoles. Cogí, como siempre, un desvío secundario, una nacional vieja por la que no te cruzas con un coche en veinte minutos pero que te ahorra peajes y tiempo. La conozco como la palma de la mano. En esa carretera hay, o había, tres gasolineras abiertas de noche.

A la una y media empezó a parpadearme el aviso de combustible. No me preocupé. Sabía que a treinta kilómetros estaba la mía de siempre, una de bandera blanca, llevada por un matrimonio mayor al que saludaba con la mano desde hacía años. Llegué. Estaba a oscuras. Cinta de plástico cruzando la entrada. Un cartel pegado con celo en el cristal que no me paré a leer.

El Desvío en la Noche

Calculé. Con lo que me quedaba podía llegar a la siguiente, a unos cuarenta kilómetros. Justo. Seguí.

La carretera estaba vacía. La radio se iba cortando, esa estática típica de las zonas sin cobertura. La apagué. Bajé la ventanilla un dedo. Olía a tierra mojada.

Y entonces, en una curva larga, vi las luces.

Una gasolinera pequeña. Dos surtidores. Marquesina con tubos blancos de neón. Una tienda iluminada. Un cartel sin marca, solo la palabra \»Combustible\» en letras grandes. Había un coche aparcado a un lado, un turismo gris, viejo, de los años noventa.

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Yo no recordaba esa gasolinera. Pero llevaba un mes sin pasar por allí, y a veces uno no se fija en todo. Pensé que la habrían reabierto.

Frené, puse el intermitente y entré.

El asfalto del recinto estaba limpio. Demasiado limpio. Sin manchas de aceite, sin marcas de neumáticos. Como si lo hubieran fregado esa misma tarde. Aparqué junto al surtidor de gasoil profesional, bajé y estiré la espalda. Dentro de la tienda se veía a un chico detrás del mostrador, mirando una pantalla.

Cogí la manguera. El surtidor pitó. La pantalla se encendió. Todo normal. El olor del gasoil. El sonido del depósito llenándose. Ciento ochenta litros. Cuando terminé, fui a la tienda a pagar.

El Chico de los Guantes Blancos

La campanilla de la puerta sonó. Dentro olía a café y a ambientador de pino. El chico levantó la vista. Tendría veintipocos años. Delgado. Pelo corto, muy corto. Uniforme azul sin logotipo, planchado, limpio. Me sonrió.

La sonrisa duró menos de un segundo. Apareció y desapareció. Como si la hubiera ensayado.

—Buenas noches —dijo.

—Buenas. Surtidor tres, gasoil.

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Mientras tecleaba, eché un vistazo a la tienda. Y aquí empezó a tensarse algo en el estómago, aunque en ese momento no supe ponerle nombre.

Los estantes estaban casi vacíos. Una fila de botellas de agua. Tres paquetes de galletas. Dos chocolatinas en un expositor que tenía sitio para cien. No había revistas. No había periódicos. No había mecheros, ni chicles, ni caramelos en la caja. No había esos chismes que cuelgan al lado del mostrador.

No había nada que no se pudiera meter en una caja y sacar en diez minutos.

El chico me dijo el importe. Le di la tarjeta. La pasó por el datáfono. Tardó más de lo normal en aceptar. Y mientras esperábamos, lo vi.

La Tienda Vacía

Llevaba guantes. Guantes finos, de látex, blancos, como los de los médicos. Le quedaban perfectos. Ajustados. Los uñas debajo se le marcaban.

En una gasolinera eso no es normal. No es normal en ningún sitio donde se cobra con tarjeta. Le miré las manos un poco más de lo educado. Él se dio cuenta.

—Alergia —dijo, sin que yo le hubiera preguntado.

—Vaya —dije yo. Por decir algo.

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Hizo conmigo una cosa rara. Cuando me devolvió la tarjeta, no me la dio en la mano. La dejó encima del mostrador y la empujó hacia mí con dos dedos. Como si no quisiera tocarme. O como si no quisiera que yo le tocara a él.

—¿Lleváis mucho abiertos? —pregunté—. No me sonaba esta gasolinera.

—Unos meses.

—La de antes está cerrada.

Sombras en el Retrovisor

—Sí.

No me miraba a los ojos. Miraba a un punto detrás de mí. A la puerta. O al camión. O a algo más allá del camión.

Cogí el ticket. Le di las gracias. Salí. Mientras me subía a la cabina, miré por el rabillo del ojo hacia la tienda. El chico ya no estaba detrás del mostrador. Se había movido a un lado, junto a una puerta interior, y hablaba por un móvil. Pegado al cristal, no se le veía la cara, solo el uniforme y los guantes.

Arranqué y salí a la carretera.

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A los diez kilómetros me crucé con dos camiones que iban en sentido contrario, hacia la gasolinera. Levanté la mano para saludar, como hacemos siempre. Ninguno me devolvió el saludo. Pensé que tendrían sueño.

Quince kilómetros después, miré por los retrovisores. Detrás, lejos pero claras, dos luces. Un coche. Iba a mi velocidad. Cuando yo aceleraba un poco, aceleraba. Cuando yo bajaba para una curva, bajaba.

Estuvo conmigo treinta y cinco kilómetros. A esas horas, en esa carretera, no había nadie más. Solo yo y esas dos luces.

A la altura de un cruce, las luces desaparecieron. Como si hubieran tomado un desvío. O como si hubieran apagado los faros.

El Ticket Inexistente

Llegué a Burgos a las seis y media. Descargué a las ocho. A las diez estaba durmiendo en una pensión. Y cuando me desperté a las cinco de la tarde, ya no me acordaba del coche. Solo del chico de los guantes.

El problema empezó tres días después, en casa, cuando mi mujer, Carmen, que es la que lleva los papeles porque yo para eso soy un desastre, me preguntó por un cargo del extracto.

—¿Esto qué es?

—El gasoil del miércoles.

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—Pero no pone gasolinera. Pone una empresa que no conozco.

Le eché un vistazo. Era cierto. No figuraba el nombre de ninguna estación de servicio. Figuraba \»Servicios Logísticos\» y una sigla. Ciento noventa y dos euros con sesenta céntimos.

Le dije que no se preocupara. Pero esa noche, cuando ella se acostó, saqué el ticket. Lo miré con calma.

No tenía CIF. No tenía dirección. No tenía número de surtidor. No tenía hora exacta. Solo una fecha, un importe y una referencia numérica larga.

La Verdad de Satélite

Eso no es un ticket de gasolinera. Eso es un trozo de papel térmico con números impresos.

Busqué la estación en internet. Recordaba el punto kilométrico aproximado. Abrí el mapa. Vista de satélite. Amplié.

Donde yo había repostado, en las imágenes, no había nada. Un solar. Una construcción baja medio derruida. Asfalto agrietado.

Pensé que las imágenes estarían desactualizadas. Llamé a un compañero, Rafa, que hace la misma ruta. Le pregunté por la gasolinera. Se rió.

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—Andrés, esa estación está cerrada desde mayo. Hay cinta policial y todo. Pasé por delante el viernes.

—Que yo repostó allí el miércoles.

—Mándame foto del ticket.

Se la mandé. Tardó dos minutos en responder. Cuando lo hizo, me llamó.

Retorno al Lugar del Crimen

—Eso no es un ticket. Eso es un papel.

Al día siguiente, en lugar de descansar, cogí el coche particular y me planté en el sitio. Con luz. A las once de la mañana.

Lo que vi era lo que me había dicho Rafa.

Un solar abandonado. La marquesina, oxidada, con dos tubos de neón rotos colgando. Los surtidores arrancados de raíz, con los cables al aire, sin pistola. La tienda tapiada con tablones. Cristales rotos en el suelo. Maleza en las grietas del asfalto. Pintadas en la pared. Una cinta de plástico de la Guardia Civil colgando de una esquina, sucia, desteñida.

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Caminé despacio por el recinto. Olía a meado de gato y a basura vieja. Me acerqué al punto donde tres noches antes había aparcado el camión. El asfalto estaba lleno de grietas, con hierbas creciendo en ellas.

Y, sin embargo, en ese mismo sitio, yo había repostado ciento ochenta litros.

Me agaché. Pasé la mano por el suelo. Había una zona, de unos cuatro metros cuadrados, donde las grietas estaban tapadas. Sin maleza. Con algo oscuro, como brea. Reciente.

Como si alguien hubiera puesto algo encima durante un rato y lo hubiera quitado después.

El Hombre del Perro Flaco

Levanté la vista hacia donde estaba la tienda. Los tablones que tapaban los cristales no estaban clavados en el marco. Estaban apoyados. Sujetos solo por la parte de arriba con un tornillo. Si los empujabas, cedían.

No los empujé. Me dio miedo.

Volví al coche, arranqué y me fui. Por el retrovisor, mientras me alejaba, vi que del lateral de la tienda, de detrás, salía un perro flaco. Y detrás del perro, un hombre. Un hombre que me miró ponerme en marcha. No hizo ningún gesto. Solo me miró.

Esa noche no dormí.

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Al día siguiente abrí un hilo en un foro de camioneros. Pregunté si alguien había repostado alguna vez en una gasolinera que oficialmente no existía. Lo escribí así, medio en broma, para no parecer un loco.

En dos horas tenía once respuestas. En dos días, treinta y cuatro.

Conductores de toda España. Algunos describían exactamente lo mismo. Una estación pequeña, en una carretera secundaria, abierta de noche, atendida por un chico o una chica jóvenes, con la tienda casi vacía, con un ticket sin datos legales y un cargo posterior en la tarjeta con un nombre raro. Otros describían variantes. Uno mencionaba a un señor mayor. Otro hablaba de Extremadura, otro de Lugo, otro de Teruel.

El patrón era idéntico.

La Red de Carreteras Fantasma

Uno de los conductores, un tal Miguel, me escribió por privado. Tenía una lista de doce gasolineras distintas con el mismo perfil. Casi todas en carreteras secundarias, lejos de las autopistas. Casi todas, según él, clausuradas oficialmente.

Quedamos en vernos en un bar de carretera, cerca de Madrid. Miguel era un hombre de cincuenta y muchos, gordito, con barba canosa. Me trajo una carpeta con papeles. Capturas, recortes, fechas, importes.

Mientras me contaba lo que sabía, miró dos veces a la entrada del bar.

—¿Esperas a alguien? —le pregunté.

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—No. Pero desde hace tres semanas, miro mucho las puertas.

Me contó que un compañero suyo, más joven, había empezado a investigar lo mismo. Y que un día, bajando un puerto, le había reventado una rueda. La rueda, según el taller, tenía un corte hecho con cuchillo. Limpio. Hecho a propósito. El chaval no se mató porque iba despacio. El camión quedó para el desguace.

—¿Y por qué sigues tú? —le pregunté.

—Porque yo cargo combustible en mi tarjeta de empresa. Y porque hace seis meses, en uno de estos sitios, me cobraron cuatrocientos euros por un repostaje que jamás hice. Pasé por delante. Vi las luces. Seguí. Esa noche no paré. Y aun así, dos días después, había un cargo en la tarjeta. Con un ticket que ni siquiera tenía. Con un nombre de empresa pantalla.

Amenazas en la Sombra

Me quedé frío.

—¿Cómo me cobraron sin parar?

—Esa es la pregunta que llevo seis meses haciéndome.

Esa misma noche, volviendo de Madrid, me empezaron a pasar cosas.

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La primera fue una llamada. Número oculto. Descolgué. Silencio. Colgaron a los cinco segundos.

Al día siguiente, otra. Esta vez, una voz de hombre, tranquila, casi amable:

—Andrés, no te metas en líos.

Y colgó.

El Intruso Silencioso

Yo no había dado mi nombre a nadie. En el foro escribía con un nick. A Miguel le había dicho mi nombre, sí, pero Miguel no tenía pinta de ser un problema. Sin embargo, alguien lo sabía.

Esa noche revisé el camión por debajo, por los bajos, por las ruedas. No sabía qué buscaba. No encontré nada raro. Pero al día siguiente, cuando subí a la cabina para hacer una ruta corta, noté algo.

La gorra que dejo siempre encima del salpicadero estaba en el asiento del copiloto. La caja de pañuelos, que tengo en el lateral de la puerta, estaba al revés. Y mi cuaderno de rutas, el que llevo en la guantera, estaba abierto. Yo lo dejo cerrado. Siempre. Es una manía.

Alguien había entrado en mi camión. Con cuidado. Sin forzar la puerta. Sin romper nada. Solo para que yo lo supiera.

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Llamé a Miguel. Se lo conté. Se quedó callado mucho rato.

—A mí también me pasó —dijo—. Me movieron las gafas dentro de la guantera. No se llevaron nada. Solo querían que yo lo viera.

—¿Y ahora qué?

—Ahora tienes dos opciones. O lo dejas, y rezas para que paren. O sigues.

La Amenaza se Acerca a Carmen

Decidí no decidir esa noche. Al día siguiente noté un coche aparcado en la esquina de mi calle. Turismo gris. De los noventa. Como el que vi en la gasolinera, tres noches antes. Estuvo allí toda la mañana. Cuando bajé a por el pan, pasé al lado. Vacío. Cuando volví, ya no estaba.

Al día siguiente apareció en otra esquina.

Esa noche, en el móvil, me llegó un mensaje. Número desconocido. Solo decía:

\»Carmen sale del trabajo a las seis y veinte. Lleva chaqueta roja.\»

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Era verdad. Mi mujer salía del trabajo a las seis y veinte. Y llevaba chaqueta roja.

Cogí el coche y fui a buscarla. La metí dentro sin explicarle nada. Cuando llegamos a casa, le conté todo. Despacio. Sin adornos. Carmen no es de las que se asustan fácil. Pero esa noche se asustó.

—Vamos a la Guardia Civil mañana —dijo.

Y a la Guardia Civil fuimos.

El Retrato del Desconocido

Hablé con un sargento al que conocía de vista, Domingo. Llevaba la carpeta de Miguel, mis tickets, mi extracto, las capturas del foro, el mapa con las gasolineras, el mensaje del móvil. Lo conté todo desde el principio.

Domingo me escuchó sin interrumpirme. Tomó notas. Cuando terminé, salió a hablar con alguien. Volvió con un teniente. El teniente se presentó como Eduardo. Tenía cara de no haber dormido.

Y aquí fue cuando puso encima de la mesa la foto. La gasolinera tapiada. La cinta. Los surtidores arrancados.

—Esta estación lleva clausurada seis meses. ¿Está usted seguro de haber repostado ahí?

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Le dije que sí. Y le describí al chico. El uniforme. El pelo corto. Los guantes.

Eduardo y Domingo se miraron.

—¿Los guantes los recuerda usted bien?

—Perfectamente.

El Rostro sin Nombre

Eduardo abrió una carpeta y me puso delante seis fotos. Seis caras de chicos jóvenes. Me pidió que mirara con calma.

El tercero era él. Sin ninguna duda.

—Es ese.

Eduardo asintió. Cerró la carpeta. Y entonces me dijo una cosa que se me quedó clavada.

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—Esa cara la ha reconocido también otra gente. En tres provincias distintas. En estaciones distintas. Aparece y desaparece. No sabemos quién es. No tiene DNI. No tiene domicilio. No tiene huellas en ningún sitio. Por eso lleva guantes. No por alergia.

Me quedé sin saber qué decir.

—Necesitamos que colabore —dijo el teniente—. Pero le aviso. Si colabora, durante un tiempo, tiene que comportarse como si no supiera nada. Si cambia de rutas, si deja de pasar por las mismas zonas, si se esconde, ellos van a darse cuenta. Y si se dan cuenta, lo van a presionar más.

—¿Más que entrarme en el camión?

El Cebo en la Carretera

—Más.

Carmen me apretó la mano por debajo de la mesa.

Acepté. No por valiente. Por agotamiento. Porque ya no podía vivir mirando por encima del hombro.

Durante seis semanas seguí haciendo mis rutas como siempre. Las mismas carreteras. Los mismos horarios. Llevaba un móvil aparte que me dieron ellos, con un botón directo. Llevaba el camión con un par de aparatos pegados en sitios que solo yo conocía. Y tenía que apuntar cualquier cosa rara. Coches, caras, matrículas, gasolineras nuevas, conductores que se acercaran a hablarme en las áreas de servicio.

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En esas seis semanas pasaron tres cosas que recuerdo bien.

La primera. En un área de servicio cerca de Soria, un hombre se sentó en mi mesa mientras yo cenaba. Sin pedir permiso. No me conocía. No yo a él. Tenía unos sesenta años, traje gris, gafas. Se puso a hablar del tiempo. De las obras de la carretera. De los precios. Y de pronto, sin cambiar el tono, dijo:

—Andrés, tu hijo el pequeño estudia en Valencia, ¿no?

Se levantó. Pagó su café. Se fue.

La Red Cae, el Fantasma Escapa

Yo me quedé clavado en la silla. No sé cuánto rato. Cuando salí al aparcamiento, su coche ya no estaba. Llamé al móvil de la Guardia Civil. Me dijeron que no me moviera. Que terminara la ruta. Que estaba todo bajo control.

Esa noche no lo creí.

La segunda. Pinchazo lento en la rueda delantera derecha. A noventa por hora. Conseguí parar en el arcén. Cuando bajé a mirar, en el flanco del neumático había un agujero pequeño, redondo, hecho con algo fino. No era un clavo. No era un trozo de hierro. Era un pinchazo hecho a propósito, calibrado para tardar en hacer efecto.

La tercera. En una gasolinera de marca, normal, oficial, mientras yo pagaba dentro, alguien dejó un sobre debajo del limpiaparabrisas de mi camión. Dentro había una foto. Mía. Comprando el pan. Esa misma mañana. En mi pueblo.

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Al sobre solo le faltaba la firma.

Llamé al teniente. Le mandé la foto. Me dijo, por primera vez con voz de persona y no de uniforme:

—Estamos cerca, Andrés. Aguanta una semana más.

Aguanté.

La Caída de la Red

A los diez días, la operación cayó. Salió en las noticias.

La Guardia Civil había desmantelado una red dedicada al fraude masivo de combustible. Operaban en seis provincias. Cogían estaciones de servicio clausuradas, las reabrían durante dos o tres semanas, las llenaban con combustible robado de oleoductos y combustible adulterado, ponían a alguien en el mostrador con un datáfono manipulado conectado a empresas pantalla, y cobraban a los conductores que paraban. El dinero se movía a través de cuentas en el extranjero.

Diecisiete detenidos. Camiones intervenidos. Una nave industrial llena de bidones. Surtidores portátiles. Tarjetas SIM por cientos. Datáfonos clonados. Más de dos millones de euros en efectivo.

Entre los detenidos estaba Joaquín, el antiguo dueño de la gasolinera donde yo había repostado. Pero el chico de los guantes no. Ese no estaba.

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Pregunté por él al teniente.

—Se nos escapó. Esa misma mañana. Por minutos.

—¿Saben quién es?

—Tenemos una identidad probable. Pero no es de aquí.

El Regreso de la Pesadilla

—¿De dónde?

—No se lo puedo decir, Andrés. Lo siento.

No salió mi nombre en ningún sitio. No me llamaron a declarar al juicio. Las grabaciones que habían hecho con los aparatos del camión bastaron, junto con las de otros conductores que también habían colaborado.

Pensé que con eso se terminaba todo. Pensé que iba a poder dormir.

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Y entonces, tres meses después, pasó esto.

Conducía una noche de enero por una carretera de Cuenca. Hielo en las cunetas. La carretera vacía. Necesitaba repostar. Y en una recta larga, vi las luces.

Una gasolinera pequeña. Dos surtidores. Marquesina con tubos de neón blancos. Una tienda iluminada. Sin marca. Solo la palabra \»Combustible\» en letras grandes.

Frené despacio. No entré. Aparqué a doscientos metros, en el arcén, con las luces apagadas.

Bajo la Lupa de los Prismáticos

Cogí los prismáticos que llevo en la cabina, los de mirar matrículas cuando vamos lentos en caravanas, y enfoqué la tienda.

Detrás del mostrador había alguien. De espaldas. Uniforme azul. Pelo corto. Muy corto. Cuando se giró un momento para coger algo de un estante, le vi las manos.

Llevaba guantes blancos. Finos. De látex.

Era él.

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Estaba a setecientos kilómetros del sitio donde lo había visto la primera vez. Tres meses después de la operación. Y estaba allí. Tranquilo. Detrás de un mostrador. Esperando a que entrara alguien.

No moví el camión. Saqué el móvil. Llamé al número que me había dado el teniente Eduardo. Sonó cinco veces. Saltó el contestador. Era una grabación. Una grabación nueva, no la suya. Decía que el número ya no estaba operativo.

Probé otro número que tenía, el del sargento Domingo. Lo mismo.

Me quedé allí, en el arcén, con el motor apagado, mirando por los prismáticos cómo aquel chico colocaba botellas de agua en un estante. Una a una. Despacio. Con guantes.

La Mirada en la Oscuridad

Llevaba veinte minutos cuando, en la tienda, sonó algo. El móvil que él tenía detrás del mostrador. Lo cogió. Habló diez segundos. Colgó. Levantó la cabeza. Y miró hacia donde estaba mi camión.

No se podía ver desde la tienda. Yo estaba a doscientos metros, sin luces, en una curva. Pero él miró hacia ahí. Exacto. Como si supiera.

Arranqué. Salí de allí como pude. Aguanté hasta una estación de marca a ochenta kilómetros. Pagué con tarjeta. Comprobé en el móvil que el cargo aparecía con el nombre correcto.

Cuando me senté en la cabina, sudaba. En enero.

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Al día siguiente fui al cuartel. Pregunté por Domingo. Me dijeron que se había trasladado. Pregunté por Eduardo. Me dijeron que Eduardo ya no estaba en ese destino y que Domingo había pedido traslado. Nadie quiso darme más explicaciones.

Probé. Me dieron largas. Me dijeron que dejara mis datos, que ya me llamarían.

No me llamaron.

Han pasado dos años desde la primera noche.

El Soborno Invisible

Sigo conduciendo. Sigo haciendo rutas de noche. Pero no paro en gasolineras que no conozco. Llevo siempre un bidón de cinco litros de reserva. Reviso el extracto del banco cada semana, línea por línea.

A los conductores nuevos, les cuento esta historia. No para asustarlos. Para que se fijen. Para que miren los tickets antes de irse. Para que apunten matrículas de coches que no encajan en las áreas de servicio. Para que sepan que el peligro de la noche no siempre es el sueño, ni la velocidad, ni el otro camión que viene de frente.

A veces el peligro es una luz amarilla en medio de la nada, encendida solo para ti.

Hace dos meses, en el buzón de mi casa, sin sello, sin matasellos, sin nada, apareció un sobre. Dentro había una sola cosa.

El Escalofriante Caso del Asesino de la Sonrisa: El Misterio que Aterroriza a Europa en 2025

Un ticket. Papel térmico. Sin CIF. Sin dirección. Sin nombre.

Solo una fecha del mes pasado, un importe de ciento noventa y dos euros con sesenta céntimos, y una referencia numérica larga.

Ese repostaje yo no lo hice.

Lo he guardado en un cajón. No se lo he enseñado a Carmen.

La Espera Eterna

Y a veces, de noche, cuando salgo a la carretera y veo a lo lejos unas luces amarillas en un sitio donde no debería haber nada, aminoro. Aprieto el volante. Y rezo para no ver, detrás del cristal de una tienda iluminada, a un chico joven con guantes blancos colocando botellas de agua, una a una, esperando a que yo entre.

Porque sé que en algún sitio, ahora mismo, está allí. Esperando a otro.

Y que la próxima vez, a lo mejor, no soy yo quien lo ve a él.

Es él quien me ve a mí.

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