NUNCA pares en el OXXO de la carretera a las 3 AM

13/01/2026 15:18 203 vistas

Nunca pares en el OXXO de la carretera a las 3 AM

La carretera se extendía como una cicatriz bajo la luna menguante, un asfalto negro y viscoso que absorbía la poca luz que quedaba. El café, rancio y frío, no hacía más que acentuar el cansancio que me carcomía los huesos. Llevaba horas conduciendo, huyendo de un recuerdo que me perseguía como una sombra. Y entonces, lo vi. Un faro de neón parpadeante en la distancia, la promesa de cafeína y un respiro. Un OXXO. Pero no era un OXXO cualquiera. Era el OXXO de la carretera a las 3 AM.

El OXXO en el Vacío

La leyenda, susurrada entre camioneros y viajeros nocturnos, hablaba de un OXXO que aparecía y desaparecía a voluntad, un espejismo en el desierto de la noche. Un lugar donde el tiempo se distorsionaba, donde las sonrisas de los empleados eran demasiado amplias, demasiado fijas. Un lugar donde, si te detenías, algo te detenía a ti.

Necesitaba gasolina, y más que nada, necesitaba un momento para recomponerme. Ignoré la punzada de inquietud, la voz en mi cabeza que gritaba que siguiera adelante. Aparqué el coche, el silencio de la noche se cerró sobre mí como una mortaja. El aire olía a gasolina, a fritura barata y a algo más… algo metálico, casi como sangre seca.

El interior del OXXO era inquietantemente limpio, demasiado limpio para una tienda de carretera a esas horas. Las luces fluorescentes zumbaban con un tono agudo que me taladraba los oídos. Detrás del mostrador, una mujer con el pelo negro azabache y una sonrisa que no alcanzaba sus ojos me observaba. Sus movimientos eran lentos, casi robóticos.

La Mirada Vacía

Pedí un café y un paquete de galletas. Mientras la cajera pasaba los productos, noté que no parpadeaba. Sus ojos, oscuros y profundos, parecían pozos sin fondo. Intenté entablar conversación, preguntar por la carretera, por el clima, pero solo recibí respuestas monosilábicas, pronunciadas con una voz que sonaba hueca, desprovista de emoción.

Otros clientes entraban y salían, figuras sombrías que se movían con una lentitud antinatural. Nadie hablaba, nadie se miraba. Era como si estuvieran atrapados en un bucle, repitiendo los mismos movimientos una y otra vez. Empecé a sentir una opresión en el pecho, una sensación de pánico que me dificultaba respirar.

Cuando finalmente salí del OXXO, el aire se sentía más frío, más pesado. Miré hacia atrás y vi que la tienda parecía más oscura, más amenazante. La sonrisa de la cajera, grabada en mi memoria, me heló la sangre. Me subí al coche y arranqué, pisando el acelerador a fondo. No miré atrás.

El Miedo a la Desconexión

El miedo que evoca esta leyenda no es el miedo a un monstruo tangible, sino el miedo a la desconexión, a la pérdida de la identidad. El OXXO de la carretera a las 3 AM representa un lugar liminal, un espacio entre mundos donde las reglas de la realidad se desdibujan. Es un reflejo de nuestra propia soledad, de nuestra propia alienación en un mundo cada vez más impersonal.

La figura de la cajera, con su mirada vacía y su sonrisa forzada, simboliza la deshumanización, la pérdida de la empatía. Es el miedo a encontrarnos con una versión distorsionada de nosotros mismos, una versión que ha perdido su alma.

Puntos de Inquietud

  • La hora: Las 3 AM son tradicionalmente consideradas una hora de actividad paranormal.
  • El aislamiento: La carretera solitaria y la falta de otros viajeros amplifican la sensación de vulnerabilidad.
  • La repetición: Los movimientos robóticos de los clientes y la cajera sugieren una existencia atrapada en un bucle.
  • La falta de conexión: La imposibilidad de entablar una conversación significativa con la cajera genera una sensación de alienación.
  • La sonrisa forzada: La sonrisa de la cajera, que no alcanza sus ojos, es una señal de peligro, una máscara que oculta algo siniestro.

Ahora, cada vez que conduzco por una carretera solitaria a altas horas de la noche, siento una punzada de miedo al ver las luces de un OXXO en la distancia. Me pregunto si es el mismo OXXO, si la cajera sigue allí, esperando a su próxima víctima. Y me pregunto si, en algún lugar, en la oscuridad de la noche, hay otros como yo, atormentados por el recuerdo de una sonrisa que no alcanzaba los ojos.

La carretera sigue siendo una cicatriz, y yo, un viajero perpetuo, condenado a buscar un refugio que quizás nunca encuentre. Porque a veces, el verdadero horror no está en lo que vemos, sino en lo que no vemos. En el vacío que nos acecha en la oscuridad, esperando a que bajemos la guardia.

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