¿QUIÉN CONTABA MIS LATIDOS? 💀 #shortsdeterror #shortsterror #shorts

17/01/2026 0:29 161 vistas

El Eco Sordo de un Latido Perdido

La aguja del tocadiscos, un insecto metálico atrapado en una espiral de polvo y silencio, arañaba el vinilo. No era música lo que buscaba, sino el vacío entre las notas, el susurro de lo que no se decía. Y entonces lo escuché. No con los oídos, sino en la cavidad torácica, un latido ajeno, lento, pesado, como el golpe de una campana sumergida. El título del short, grabado a fuego en mi memoria: ¿Quién contaba mis latidos? Una pregunta que, ahora, resonaba con una amenaza visceral.

La Anatomía de la Inquietud

El video, breve y brutal, no mostraba monstruos con garras ni casas embrujadas. Era algo mucho más insidioso. Un montaje de imágenes cotidianas – una calle vacía bajo la lluvia, un espejo empañado, una mano sosteniendo una taza de café – intercaladas con fragmentos de sonido: el tic-tac implacable de un reloj, el crujido de una puerta, y, por supuesto, ese latido. Un latido que no era el tuyo. La genialidad, y el horror, residían en la ambigüedad. ¿Era una alucinación? ¿Una intrusión? ¿O la revelación de una verdad aterradora: que nuestra propia fisiología, la maquinaria íntima que nos define, puede ser usurpada, controlada por algo… externo?

El miedo a la pérdida de control es tan antiguo como la conciencia misma. Desde los primeros homínidos temiendo a los depredadores, hasta el hombre moderno paralizado por la ansiedad, la idea de que nuestra autonomía puede ser violada es una herida abierta en el psiquismo humano. Este short explota esa vulnerabilidad con una precisión quirúrgica. No nos asusta lo que vemos, sino lo que sentimos. La disonancia entre nuestro ritmo cardíaco y el que se nos impone, la sensación de ser un mero huésped en nuestro propio cuerpo, es una experiencia profundamente perturbadora.

El Sabor del Silencio Roto

Recuerdo el olor a ozono después de una tormenta eléctrica, el tacto frío del metal oxidado, el sabor amargo del café quemado. Esos detalles sensoriales, evocados por el video, se adherían a mi piel como una segunda epidermis. La lluvia en la calle, no era solo agua cayendo, sino el llanto de algo perdido. El espejo empañado, no era una superficie opaca, sino una ventana a un mundo distorsionado, donde las identidades se desdibujan y los reflejos mienten. Y el latido… el latido era el eco sordo de una presencia invisible, acechando en los márgenes de la percepción.

El video no ofrece respuestas, y ahí reside su mayor fuerza. No explica quién o qué está contando los latidos, ni por qué. Deja que la imaginación del espectador llene los vacíos, construyendo su propia pesadilla personal. Es un ejercicio de terror psicológico puro, una invitación a confrontar nuestros miedos más profundos y a cuestionar la naturaleza misma de la realidad.

Puntos de Inquietud

  • La Disonancia Corporal: La sensación de un latido ajeno es una violación de la integridad física y mental.
  • La Ambivalencia de lo Cotidiano: El uso de imágenes comunes transforma lo familiar en algo amenazante.
  • La Ausencia de Explicación: La falta de respuestas alimenta la paranoia y la especulación.
  • El Poder del Sonido: El latido, como un metrónomo macabro, marca el ritmo de la angustia.
  • La Pérdida de Identidad: La idea de ser controlado por una fuerza externa cuestiona nuestra propia existencia.

El Latido Persistente

Apagué la pantalla, pero el latido persistió. No en mis oídos, sino en el hueco del esternón, un recordatorio constante de que, quizás, nunca estamos realmente solos. Quizás, hay algo más allá de nuestra comprensión, algo que se alimenta de nuestra energía vital, que se regocija en nuestra vulnerabilidad. Y quizás, la pregunta no es quién cuenta nuestros latidos, sino qué sucederá cuando deje de hacerlo. La oscuridad, ahora, parece más densa, más palpable. Y en el silencio, escucho, con una claridad aterradora, el eco sordo de un latido perdido… el mío.

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