TERROR EN EL TAXI: El Pasajero de San Jerónimo (Historias de Miedo Reales)

03/11/2025 6:00 16 vistas

El Pasajero de San Jerónimo: Una Noche en la Que la Ciudad Susurró Secretos

La lluvia golpeaba el parabrisas como dedos espectrales, cada gota un diminuto latigazo contra la oscuridad. San Jerónimo, a esas horas, no era una ciudad, sino un laberinto de sombras y neón roto. Yo, Ricardo Morales, llevaba diecisiete años conduciendo taxi por estas calles, y creía haber visto todo. Me equivocaba. Esa noche, el miedo no venía en forma de borrachos violentos o ladrones desesperados, sino en la figura silenciosa que subió a mi taxi en la esquina de la Alameda.

El Silencio que Pesaba

Era un hombre alto, envuelto en un abrigo oscuro que parecía absorber la poca luz que quedaba. No dijo nada al subir, solo se deslizó en el asiento trasero con una lentitud antinatural. El olor… eso es lo que me golpeó primero. No era un olor desagradable, sino uno… antiguo. A polvo, a madera podrida, a algo que llevaba mucho tiempo encerrado. Intenté romper el silencio con un simple “¿A dónde lo llevo, señor?”, pero él no respondió. Solo me entregó una dirección escrita en un trozo de papel amarillento, con una caligrafía temblorosa que parecía sacada de otro siglo. La dirección: Calle Olvido, número 13. Un lugar que, incluso para mí, era sinónimo de mala suerte.

La Ruta de las Sombras

La Calle Olvido no aparecía en muchos mapas, y aquellos que la conocían hablaban de ella en susurros. A medida que me adentraba en sus estrechas calles, la ciudad parecía desvanecerse. Los edificios se alzaban como espectros, las farolas parpadeaban con una luz enfermiza, y el silencio se hacía más denso, casi palpable. El hombre en el asiento trasero permanecía inmóvil, su presencia una carga pesada en el aire. Sentía su mirada fija en la parte posterior de mi cabeza, aunque no podía asegurarlo. La radio comenzó a fallar, emitiendo estática y fragmentos de melodías antiguas, como si intentara advertirme de algo.

El Reflejo en el Espejo Retrovisor

En un semáforo en rojo, me atreví a echar un vistazo rápido por el espejo retrovisor. Lo que vi me heló la sangre. El rostro del pasajero… no era un rostro humano. O, al menos, no del todo. Sus ojos eran cuencas vacías, sin pupilas, y su piel tenía un tono grisáceo, casi translúcido. Su boca, una línea delgada y cruel, parecía esbozar una sonrisa macabra. Cuando volví a mirar al frente, el semáforo estaba en verde y el hombre seguía allí, aparentemente inalterado. ¿Había sido una ilusión? ¿Un truco de la luz y el cansancio?

El Análisis del Miedo: La Fragilidad de la Realidad

Este relato, como tantos otros que circulan en la oscuridad de la noche, explota un miedo fundamental: la pérdida de control y la disolución de la realidad. La figura del pasajero, con su apariencia ambigua y su silencio inquietante, representa lo desconocido, aquello que acecha en los límites de nuestra percepción. La Calle Olvido, con su nombre evocador, simboliza la memoria reprimida, los lugares abandonados por la razón y la luz. El miedo a lo que no podemos comprender, a lo que desafía nuestras leyes naturales, es un instinto primario que nos protege, pero también nos paraliza. La historia funciona porque se basa en la ambigüedad, en la sugerencia, en la capacidad de la mente humana para llenar los vacíos con sus propios terrores.

Puntos de Inquietud

  • El olor antiguo y perturbador que emana del pasajero.
  • La dirección a la Calle Olvido, número 13, un lugar cargado de simbolismo negativo.
  • El silencio absoluto del pasajero, que genera una tensión insoportable.
  • La visión distorsionada del rostro del pasajero en el espejo retrovisor.
  • La falla de la radio y las melodías antiguas, como presagios de un destino funesto.

El Eco de la Noche

Llegué a la Calle Olvido, número 13. Era una casa abandonada, con las ventanas tapiadas y la fachada cubierta de hiedra. El pasajero, sin decir una palabra, me extendió un billete arrugado y se bajó del taxi. Mientras se alejaba por la calle oscura, sentí una corriente fría recorrer mi espina dorsal. Nunca volví a ver a ese hombre. Y nunca más volví a tomar un pasajero en la Alameda después de la medianoche. A veces, cuando la lluvia golpea el parabrisas de la misma manera, juro oír su silencio en el eco de la noche. Y me pregunto, con un escalofrío, si realmente fue solo una pesadilla, o si San Jerónimo, en su infinita oscuridad, me mostró un fragmento de un mundo que preferiría no conocer.

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