El zumbido del tubo fluorescente sobre el mostrador tenía la frecuencia exacta de un cráneo fracturándose a golpes rítmicos. Aquel bajo, aquel zumbido metálico que impregnaba el aire con un persistente regusto a cobre y ozono estancado, gobernaba el local desde mucho antes de que el rótulo exterior perdiera la mitad de sus letras. Las estanterías de aglomerado crujían bajo el peso de miles de cajas de plástico negro, apiladas como lápidas sin nombre en un osario subterráneo. El dueño, un hombre desdentado cuyas manos parecían hechas de pergamino húmedo, no levantó la vista cuando puse la moneda sobre la formica arañada. Solo deslizó hacia mí, con un parsimonioso temblor en las yemas de los dedos, una carcasa VHS completamente lisa. Ni título. Ni contraportada. Ni marcas de distribuidor. Solo una pegatina de papel ajado donde alguien había escrito a mano, con tinta ya violácea por los años: Nº 4. Interior noche.
I. El zumbido tras el rodapié
El aire del rellano siempre olía a coliflor cocida y a tubería vieja, pero al cruzar el umbral del 3ºB esa noche, la temperatura barométrica descendió de golpe. Noté un frío súbito en la nuca, un calambre invisible que me crispó los pequeños vellos de los brazos como si el propio cemento de las paredes exhalara un aliento gélido. Cerré la puerta a cal y canto, pasando las dos vueltas de seguridad con la llave de latón. El chirrido de los goznes resonó con una resonancia excesiva, hueca, como si el piso se hubiera vuelto más grande por dentro mientras yo estaba comprando tabaco. Dejé la bolsa sobre la mesa camilla y me quedé inmóvil, escuchando. No se oía la televisión de la vecina del piso superior. No se oía el tráfico lejano de la circunvalación. Solo el latido sordo de mis propias sienes y, muy por debajo, como un insecto rascando bajo las tablas del suelo, un roce constante contra el rodapié del pasillo.
El silencio no era ausencia de sonido; era una presencia densa, expectante, que pesaba como plomo sobre el pecho.
Encendí la lámpara de pie con su pantalla de tela marrón, buscando ahuyentar una inquietud que no sabía muy bien cómo nombrar. Era la fatiga, me dije. Meses enteros traduciendo manuales técnicos en la penumbra, alimentándome de café amargo y sándwiches resecos. La mente humana juega malas pasadas cuando se la priva de luz solar. Caminé hacia el salón arrastrando las zapatillas, sintiendo el crujido familiar del parquet bajo mis plantas. Introduje la cinta negra en la ranura del reproductor con un movimiento mecánico. La máquina tragó el celuloide con un susurro áspero, un estruendo eléctrico que hizo parpadear la bombilla del techo antes de ceder el paso a una pantalla de estática gris, granulada y sucia, donde la nieve artificial zumbaba con la furia de mil abejas encerradas en un frasco.
II. El ángulo muerto de la cámara
La imagen tardó unos segundos en estabilizarse, emitiendo un gorgoteo sordo antes de que apareciera el primer plano. Lo reconocí al instante, y sin embargo, había algo profundamente erróneo en él. Era mi propio salón. La perspectiva de la cámara era imposible: flotaba exactamente a dos metros y medio de altura, suspendida en la esquina superior donde el techo se une con la pared medianera, justo encima de la estantería de cedro. El encuadre era fijo, implacable, cinematográfico en su absoluta falta de piedad. En la pantalla, las sombras proyectadas por la lámpara de pie no coincidían con la posición actual del mobiliario. O mejor dicho: el mobiliario era idéntico, pero el tiempo que transcurría en la cinta parecía un calco ligeramente desincronizado de mi propia respiración.
Me quedé petrificado frente al televisor, con los dedos todavía crispados sobre el lomo del sofá. En el monitor, la imagen mostraba la habitación en completa penumbra. De repente, una silueta emergió desde el pasillo. Al principio pensé que era un reflejo en el cristal abombado del tubo catódico, una superposición absurda provocada por el cansancio visual. Pero la figura avanzaba con pasos lentos, deliberados, arrastrando los talones con un compás que yo conocía demasiado bien. Era yo. O una versión de mí mismo vestida con la misma bata gris deshilachada que llevaba puesta en ese preciso instante. El ‘yo’ de la pantalla caminaba hacia la mesa camilla, abría el cajón central con gestos mecánicos y extraía un pesado abrelatas de hierro forjado. No había sonido ambiente en la grabación, solo el crepitar de la estática y el ritmo sincopado de mis propios pulmones intentando retener el aire.
Mis piernas se negaron a sostener mi peso y caí de rodillas sobre la alfombra, con las palmas apoyadas en las fibras ásperas. La lógica se había desmoronado por completo; ya no cabía hablar de coincidencias ni de bromas macabras de vecindario. El ‘yo’ del televisor se giró lentamente hacia la esquina donde supuestamente estaba situada la cámara, miró directamente al objetivo con unos ojos vacíos, desprovistos de cualquier atisbo de conciencia, y sonrió con una mueca que estiraba la comisura de los labios de forma monstruosa. En ese mismo segundo, un sonido seco, metálico y definitivo estalló a mis espaldas, exactamente en el rincón oscuro del salón donde la perspectiva de la cinta convergía con la realidad.
III. La persistencia del reflejo
El aire se volvió irrespirable, espeso como el alquitrán frío. No quise girar la cabeza, pero los músculos de mi cuello se movieron de manera independiente, obedeciendo a una ley física inexorable que me obligaba a comprobar el grado exacto de mi propia ruina. En la esquina superior del salón, donde la pared presentaba una mancha de humedad con forma de mapa antiguo, no había nada físico. Solo una distorsión en el aire, un temblor óptico semejante al calor que desprende el asfalto en agosto, pero gélido, capaz de adormecer la piel de la cara con una estela de escarcha invisible. Y sin embargo, la certeza me golpeó en el estómago con la fuerza de un puñetazo: el operador de la cámara nunca se había marchado.
Miré de nuevo hacia el televisor. La cinta seguía corriendo en un bucle infinito de fotogramas marchitos. En el monitor, el ‘yo’ de la bata gris ya no estaba en la mesa camilla; caminaba hacia el suelo, directo hacia el punto donde yo me hallaba arrodillado, con el pesado objeto de hierro brillando bajo la luz mortecina del tubo catódico. Escuché el crujir de las tablas del parquet justo detrás de mi oreja derecha, un sonido tan cercano que podía distinguir el roce de la tela contra la madera y el compás acompasado de una respiración ajena que se superponía a la mía. Cerré los ojos con fuerza, apretando los párpados hasta ver estallidos de luz violeta, esperando el impacto inevitable, el golpe seco que abriría de par en par el envés de la realidad.
El golpe nunca llegó. Lo único que rozó mi nuca fue una mano extraordinariamente fría, con los dedos largos y rígidos como estacas de hielo, que se apoyó con infinita suavidad sobre mi cabello mientras la voz, saliendo al mismo tiempo de los altavoces del aparato y de mi propio cráneo, susurraba que aún faltaban tres minutos para que terminara la bobina.
📜Investigación • Preguntas Frecuentes
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¿Qué simboliza el zumbido metálico y la estética decadente del videoclub en el imaginario del relato de Carlos Nieto?
El zumbido del tubo fluorescente y las estanterías de aglomerado actúan como un umbral sensorial que transporta al protagonista desde la alienación urbana moderna hacia un limbo analógico. Este entorno decadente, dominado por el olor a cobre y ozono, funciona como una materialización del desgaste psíquico del traductor, estableciendo una sintonía perturbadora entre la descomposición de la materia física y la erosión de la propia cordura.
¿De qué manera el motivo literario del VHS sin marcar (Nº 4. Interior noche) subvierte los arquetipos del folclore urbano contemporáneo?
A diferencia de las leyendas urbanas tradicionales sobre 'cintas malditas' de consumo masivo, este objeto carece por completo de marcas de distribuidor o parafernalia comercial. La etiqueta manuscrita en tinta violácea transforma el VHS en una suerte de manuscrito esotérico o expediente clandestino, sugiriendo que la grabación no pertenece al ámbito del entretenimiento, sino a un registro forense o cinematográfico de carácter estrictamente privado y prohibido.
¿Cómo influye la transición espacial desde el exterior claustrofóbico hasta el interior del 3ºB en la tensión psicológica de la narración?
El paso del videoclub al rellano y finalmente al piso opera como una constricción gradual del espacio vital. La alteración barométrica y la supresión de los ruidos cotidianos (la televisión de la vecina, el tráfico) aíslan al protagonista en un microclima de aislamiento absoluto. Este silencio no es pasivo, sino una presencia densa que anticipa la irrupción de lo anómalo desde los propios cimientos del edificio, simbolizados por el roce en el rodapié.
¿Qué papel juega la fatiga crónica y el aislamiento del protagonista como catalizadores de lo sobrenatural en este fragmento?
La dependencia del café amargo, los sándwiches resecos y las largas jornadas traduciendo manuales técnicos sitúan al narrador en una zona limítrofe de vulnerabilidad perceptiva. El texto sugiere sutilmente la ambigüedad entre el colapso mental por privación de luz solar y la materialización real de una amenaza exterior, un recurso clásico de la literatura de terror psicológico donde el trauma del trabajador alienado se convierte en la puerta de entrada al horror.
Términos y Figuras de esta Historia
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