La Trajinera Fantasma de Xochimilco: Lo que la niebla esconde en Cuemanco
Todos conocen Xochimilco por sus flores, la música de mariachi y la fiesta de fin de semana. Pero yo, Damián, nacido y criado entre estos canales, conozco la otra cara de la moneda. Sé dónde el agua es profunda y dónde se esconden las cosas que no quieren ser encontradas.
Mi abuelo, un trajinero de la vieja escuela, siempre me dio una regla de oro: «Si la niebla baja y toca el agua, regresa. La niebla no es vapor, es una puerta». Hace un mes, por necesidad, ignoré esa regla.
Era sábado por la noche. Una pareja de turistas extranjeros me ofreció una fortuna por un paseo nocturno lejos de las luces, allá por los canales viejos de Cuemanco. Acepté. Todo iba bien hasta que pasamos la Isla de las Muñecas. El aire se volvió gélido y una niebla espesa, blanca como la leche, nos tragó por completo.
Dejó de oírse la ciudad. Solo se escuchaba mi remo: splash, splash, splash. Y entonces, empezaron los tambores.
No era música de fiesta. Era un ritmo lento y profundo, tum, tum, tum, acompañado de un lamento que parecía brotar del lodo del fondo. La niebla se abrió y la vimos: una trajinera antigua, podrida, llena de personas inmóviles vestidas con mantas blancas.
Pasaron junto a nosotros en silencio absoluto. Uno de ellos levantó la cara; no tenía ojos, solo cuencas llenas de agua negra. Me señaló el fondo del canal, invitándome a bajar.
El terror me hizo remar como nunca antes. Logramos volver, pero la lección quedó grabada en mi memoria. Los canales de Xochimilco son hermosos de día, pero de noche, el agua reclama lo que es suyo. Esa niebla son las almas de los que nunca encontraron el camino de regreso.
Entrada 2: El Pasajero de Otra Época (Metro Línea 7)
Título Sugerido: Terror en el Metro CDMX: El misterio de la Línea 7 y el tren fantasma Palabras Clave: Metro CDMX, Línea 7, Barranca del Muerto, Historias de terror metro, Fantasmas.
[Cuerpo del Artículo]
Llevo 20 años trabajando como técnico de vías en el Metro de la Ciudad de México. Mi turno es cuando la ciudad duerme, de 1:00 a 4:00 de la mañana. He recorrido todos los túneles, pero ninguno se compara con la Línea 7 (Naranja).
Esa línea es la más profunda de todas. Bajar ahí es descender al inframundo; el aire pesa, huele a ozono quemado y a humedad rancia.
Una noche de martes, cerca de la estación Barranca del Muerto (a más de 40 metros bajo tierra), me quedé rezagado de mi equipo ajustando una lámpara. De pronto, el suelo empezó a vibrar.
Era imposible. A esa hora, la energía de las vías está cortada.
Me pegué a la pared de seguridad justo cuando vi dos luces amarillas y débiles acercándose. No era un tren de mantenimiento. Era un convoy de los años 70, de esos cuadrados y naranjas que ya casi no circulan. Pasó frente a mí en silencio total, como deslizándose sobre aceite.
Lo que vi en las ventanas me hiela la sangre hasta hoy.
Los vagones iban llenos. Hombres con trajes antiguos, mujeres con peinados de hace décadas, todos sentados inmóviles, mirando al frente con ojos vacíos bajo una luz sepia y enferma. El tren siguió hacia la vía muerta, hacia donde no hay salida.
Cuando pasó, me golpeó una ráfaga de aire helado con olor a flores podridas. Mis compañeros dijeron que fueron los gases del subsuelo, pero yo sé la verdad. En las horas muertas, circulan otros trenes con pasajeros que llevan décadas esperando llegar a una estación que ya no existe.
