Capítulo I: El orballo de los olvidados
Hay rincones en el norte de España donde la geografía deja de responder a la cartografía de los hombres sanos. Valles encajonados entre montes de pizarra que devoran la luz del sol mucho antes del atardecer, pisados únicamente por un orballo incansable, una llovizna fina y fría que gotea sobre los helechales como el sudor de un agonizante. Allí, en la cuenca oculta del río Sombras, el tiempo no transcurre: se pudre.
Yo llegué a aquel paraje desolado al filo de la medianoche, arrastrando las botas por un sendero infestados de ortigas y calaveras de ganado vacuno. Mi cuerpo no era más que un armazón exhausto. Desde hacía tres meses, una sombra se me había instalado detrás de las cuencas oculares. No era una ceguera física, sino una pesadez abisal, una vibración negra que me impedía conciliar el sueño y que ponzoñaba todo lo que tocaba. Los médicos de Madrid habían diagnosticado neurastenia, luego tumor, y finalmente locura; me atiborraron de laudano y bromuro hasta dejarme los labios morados. Pero ninguno pudo explicar por qué la piel de mi cara se estaba volviendo del color de la ceniza húmeda, ni por qué, cada vez que miraba a un espejo, mi reflejo sonreía milisegundos después que yo, con una boca repleta de dientes agudos como agujas de coser.
Un viejo anticuario de Cangas de Onís, a quien vendí mi último reloj de oro para pagar el viaje, me había susurrado un nombre entre temblores: Don Anselmo, el de la Ferrería Muerta. Dijo que solo él conocía los remedios anteriores al Dios cristiano, los saberes que las xanas y los hombres de la fragua guardaron bajo la tierra antes de que el carbón industrial secara las tripas de las montañas.
La ferrería apareció entre la niebla como el esqueleto fosilizado de un Leviatán. Era una enorme construcción de piedra oscura, con el tejado hundido y las vigas de castaño rotas como costillas fracturadas. En su día, el río impulsaba allí los mazos de hierro; ahora, el agua fluía por un canal de piedra negra con un murmullo denso, casi viscoso. No había luz en las aberturas que antaño fueron ventanas, solo una columna de humo espeso, con olor a cuerno quemado y azufre, que ascendía lentamente hacia el cielo de plomo.
Capítulo II: La yacija de la escoria
Crucé el umbral de madera podrida. La humedad adentro era aplastante, mezclada con el tufo a hulla añeja y grasa de cerdo marchita. En el centro de la nave, iluminada por el fulgor agónico de unas ascuas, se alzaba una fragua monumental. Y junto a ella, de pie sobre un suelo regado de escoria de hierro, me esperaba la criatura.
No puedo llamar anciano a Don Anselmo sin traicionar la verdad. Su figura parecía tallada en la misma limonita que se extrae de las minas profundas. Tenía el torso desnudo, cubierto por un cuero curtido por las chispas de cien años, y los brazos eran sarmientos de músculo atrofiado y cicatrices purulentas. Su cara era una máscara de arrugas donde los ojos, dos orbes blancuzcos y nublados por las cataratas, no poseían pupilas visibles. Sin embargo, cuando me adentré en el recinto, sus cuencas ciegas se fijaron exactamente en el centro de mi pecho.
—Te ha mirado —dijo. Su voz no salía de la garganta, sino de los pulmones, ronca como el crujido de un fuelle podrido—. Te ha mirado algo que estaba hambriento al otro lado del abismo, rapaz.
—No sé qué es, señor —articulé, con la lengua trabada por el frío y el miedo—. Siento que me devoran por dentro. Siento rabia, siento frío… y veo cosas en la oscuridad que me piden que me corte la garganta.
Don Anselmo dio un paso hacia mí. Apestaba a metal mohoso y a agua estancada. Con una mano dura como una prensa de tornillo, me agarró el mentón y me obligó a levantar la cabeza hacia la tenue luz de las ascuas. Sus dedos fríos buscaron la vena pulsátil de mi cuello.
—Es el Aojamiento Profundo —murmuró, y una sonrisa amarga le entreabrió los labios, mostrando unos pocos muñones dentales obscenos—. No es el mal de ojo de una meiga común, ni la envidia de una vecina. Es la mirada de la Hondonada. Algo te vio cuando caminabas por el monte de noche, o cuando miraste donde no debías en una noche sin luna. Te colocó su simiente en la sangre. Si no te la saco esta noche, mañana a estas horas no serás más que un pellejo lleno de gusanos hambrientos que matará a su propia madre.
El curandero me empujó hacia un banco de piedra desgastada, situado junto a una gran pila de granito vaciada a mano. De la pared salía un caño de hierro por el que brotaba, en un chorro fino y continuo, un agua tan transparente que resultaba invisible si no fuera por el chasquido que producía al caer. Ese era el manantial encantado, brotado de las grutas subterráneas donde nunca ha entrado la luz del sol ni la bendición de la iglesia.
Capítulo III: Los clavos de los ahorcados
Anselmo no perdió el tiempo en oraciones ni en persignaciones santas. Aquello no tenía nada que ver con la fe de los hombres; era una ciencia de la materia, del dolor y de los elementos elementales. El viejo caminó hacia un rincón de la fragua y regresó con un trozo de trapo grasiento. Al desplegarlo sobre el yunque, vi tres gigantescos clavos de hierro forjado a mano, de casi un palmo de longitud. Estaban oxidados, retorcidos de forma aberrante, con bordes afilados y una pátina verdosa que recordaba a las algas de mar profundo.
—Estos clavos —dijo el curandero, pasando su pulgar curtido por las aristas— se forjaron con el hierro de la cadena de un suicida y se templaron en la sangre de un buey negro. Cada uno sostiene el peso de una maldición. Van a buscar la cosa que llevas dentro y la van a abrasar.
Agarró un par de tenazas pesadas y sujetó el primer clavo. Lo introdujo directamente en el corazón del brasero. Con la otra mano, tiró de la cadena del fuelle. El mecanismo de madera y piel comenzó a gemir: que-branto… que-branto… que-branto… A cada golpe del fuelle, las brasas resucitaban, pasando del rojo apagado a un naranja cegador, y finalmente a un azul blanco y maligno que proyectaba sombras monstruosas en las paredes de la ferrería.
El aire del recinto se volvió sofocante. La temperatura subió de golpe, pero en mi interior, el frío continuaba hincando sus garras. Detrás de mis ojos, la sombra comenzó a agitarse. Sentí un dolor punzante en la cabeza, como si mil escarabajos estuvieran intentando salir a través de mi frente.
—¡No te muevas! —ordenó Don Anselmo con voz imperiosa—. Si gritas, te tragarás el vapor. Si te tragas el vapor, la criatura se agarrará a tus entrañas y tendré que abrirte el vientre con la hacha de trinchar.
Sacó el primer clavo del fuego. El metal resplandecía como una estrella moribunda, incandescente, soltando chispas que crepitaban al tocar el suelo de piedra. Con una rapidez impropia de su edad, el viejo curandero sumergió la punta al rojo vivo directamente en la pila de agua encantada, justo debajo de mi rostro.
El impacto fue horrendo.
Un siseo ensordecedor rascó el aire, un sonido similar al chillido de una rata atormentada. Una columna de vapor espeso, blanco y denso como la leche, brotó de la pila de agua y me envolvió el rostro. Olía a cieno, a carne rancia, a algo podrido que hubiese permanecido sepultado en una fosa común durante un siglo.
Sentí que una tenaza invisible me apretaba el cráneo. La sombra que llevaba dentro reaccionó al vapor de la piscina sagrada; sentí cómo intentaba retirarse hacia el fondo de mi mente, retorciéndose con rabia. En el agua, que hasta entonces había sido cristalina, comenzaron a formarse filamentos negros, como hilos de tinta o sangre venosa que serpenteaban alrededor del clavo sumergido.
Anselmo retiró el clavo del agua. La punta, antes al rojo blanco, estaba ahora doblada en un ángulo imposible, dura, fría y cubierta por una costra de grasa negra y maloliente.
—Esa es la primera capa de su piel —escupió el viejo sobre la escoria—. Está agarrado a tu alma con tres ganchos. Hay que sacarlos todos.
Capítulo IV: La manifestación en el estanque
El segundo clavo entró en las brasas. El fuelle volvió a cantar su monotonía infernal. Yo temblaba de pies a cabeza, incapaz de articular palabra, con el sudor frío pegándome la camisa al cuerpo. Podía ver, a través de la densa niebla de vapor que flotaba sobre la pila, que el agua del manantial ya no fluía limpia. Ahora brotaba de la pared con un color amarillento, opaco, cargado de sedimentos que olían a azufre y a descomposición.
—Prepárate, rapaz —susurró el curandero—. El segundo clavo va a buscar el corazón de la bestia.
Cuando el segundo metal incandescente tocó la superficie del agua, el suelo bajo nuestros pies vibró. No fue un temblor de tierra común; fue una sacudida orgánica, como si la misma ferrería estuviera sobre el lomo de una abominación dormida. El agua de la pila no solo siseó: hirvió violentamente, proyectando gotas hirvientes que me quemaron las mejillas.
En mitad del vapor espeso, la nube tomó forma. Vi, con la claridad aterradora que solo concede el pánico absoluto, un rostro. No era un rostro humano; era una masa amorfa de ojos múltiples y ciegos, una garganta circular rodeada de tentáculos membranosos que se abría y cerraba intentando respirar el aire de nuestro mundo. La criatura estaba conectada a mí a través de una cordón umbilical de sombra que salía de mi propia boca.
El dolor fue desgarrador. Sentí que me arrancaban los pulmones por la garganta. Caí de rodillas sobre la escoria afilada, clavándome los fragmentos de hierro en las manos, pero no pude apartar la vista de la pila. El clavo al rojo vivo atravesó el centro de aquella manifestación etérea en el agua. La criatura emitió un alarido infrasónico que hizo estallar los pocos cristales que quedaban en los ventanales lejanos.
El agua de la fuente se volvió completamente negra, de la consistencia del petróleo. El segundo clavo salió destruido, derretido parcialmente como si hubiera sido introducido en un ácido atroz.
—¡Solo queda uno! —gritó Anselmo por encima del estruendo que sacudía las vigas del techo—. ¡Si aguantas este, vivirás! Si fallas, el río Sombras se tragará tu cuerpo antes del amanecer.
El anciano tomó el tercer clavo, el más grande y pesado. Pero no lo puso en la fragua inmediatamente. Se acercó a mí, sacó un navajón del bolsillo y, sin pedir permiso, me hizo un corte profundo en la palma de la mano derecha. Recogió mi sangre tibia en la palma de su mano dura y la untó sobre el metal del último clavo.
—Ahora el hierro tiene tu sabor —dijo con ferocidad ancestral—. La cosa irá a buscarlo creyendo que eres tú… y ahí la atraparemos.
Capítulo V: Lo que habita en la escoria
El último proceso fue una orgía de fuego y sombras. El brasero alcanzó una incandescencia deslumbrante, tanto que el propio aire alrededor del yunque parecía distorsionarse. Anselmo parecía un demonio de la antigüedad, bañado en sudor, con su pecho lacerado brillando bajo la luz roja, bramando palabras en un dialecto arcano, una mezcla de asturiano primigenio y sílabas guturales que hacían sangrar mis oídos.
Tomó el clavo ensangrentado y ardiente. No lo sumergió despacio. Lo clavó con fuerza salvaje en el centro de la pila de granito, como si intentara atravesar la piedra misma.
Un estallido de luz purpúrea iluminó la estancia. El agua salida del caño se cortó de golpe. Durante un segundo que pareció una eternidad, el silencio más absoluto reinó en la ferrería Muerta. No se oía el río, ni la lluvia, ni el fuelle, ni mi propia respiración.
Entonces, desde el fondo del estanque de piedra, algo emergió. Era una mano. Una mano negra, viscosa, formada por miles de gusanos de sombra retorciéndose unos sobre otros. Se agarró al borde de granito de la pila con una fuerza desesperada. La cosa intentaba salir, intentaba arrastrarse fuera de su dimensión para encarnarse en el mundo de la carne.
—¡No en mi fragua, basurero de las estrellas! —bramó Don Anselmo.
El curandero soltó las tenazas, agarró con ambas manos una almadana de hierro de veinte kilos que descansaba junto al yunque y la descargó con furia titánica sobre la pila de piedra. Golpeó el clavo incandescente que sobresalía del agua negra.
El impacto fue monumental. La pila de granito ancestral se fracturó en dos con un chasquido seco como el trueno. El agua corrupta, el clavo deformado y la mano de sombras fueron succionados inmediatamente hacia la grieta del suelo, perdiéndose en las profundidades de la tierra, hacia los acuíferos oscuros que jamás ven la luz.
Caí de bruces sobre la escoria, vomitando un líquido negro y amargo que olía a hierro mohoso. Pero al tocar la piedra fría con la mejilla, me di cuenta de algo: la presión detrás de mis ojos había desaparecido. El frío ártico que me devoraba las entrañas se había evaporado. Podía respirar. El aire, aunque cargado de humo y azufre, me supo a pura vida.
Me levanté con dificultad. Don Anselmo estaba apoyado sobre la almadana, jadeando pesadamente. El esfuerzo parecía haberle arrebatado diez años de golpe; su piel lucía más gris, más pegada a los huesos.
—Se ha ido —susurré, tocándome el rostro. Las lágrimas me limpiaban la ceniza de las mejillas—. Ha desaparecido… Dios mío, se ha ido.
Don Anselmo se giró lentamente hacia mí. Sus ojos ciegos y blancuzcos parecían mirar más allá de mí, hacia el sendero oscuro por el que tendría que regresar.
—Ha vuelto a la profundidad —corrigió el anciano con voz quebrada—. El hierro lo ha expulsado de tu carne, pero el hierro no olvida, rapaz. Ha dejado su marca en el agua del manantial. A partir de hoy, no podrás beber jamás agua de un pozo sin sentir el gusto a la muerte. No podrás mirar el fuego de una fragua sin escuchar los alaridos de lo que vive debajo.
Me arrojó un trozo de trapo para limpiar la sangre de mi mano cortada.
—Márchate antes de que amanezca —dijo, dándome la espalda para regresar junto a las ascuas moribundas de su brasero—. La Ferrería Muerta necesita silencio. Y tú debes aprender a vivir con la parte de tu alma que se ha quedado ahí abajo, retorciéndose en el clavo.
Salí de la nave de piedra sin mirar atrás. El orballo seguía cayendo sobre el valle, lento, frío y eterno. Mientras descendía por el sendero hacia la civilización, escuché a mis espaldas un último sonido que me acompañaría durante el resto de mis días: el golpe sordo y distante de un mazo contra el yunque, marcando el pulso de las cosas impías que duermen bajo las montañas de Asturias.
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